Opinión
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66 Festival Internacional de Cine de Cannes
Los imperdonables
Leonardo García Tsao
C

annes 22 de mayo. A estas alturas es evidente que la competencia, aunque ha dejado de llover en Cannes desde el domingo, sigue haciendo agua. Only God Forgives (Sólo Dios perdona) es la prueba de que el danés Nicolas Winding-Refn se ha vuelto un formalista hueco. Situado en Bangkok, con producción de Francia y Dinamarca, este engendro pretende ser un thriller negro de venganza. El protagonista supercool (Ryan Gosling, otra vez inexpresivo como en Drive, su anterior colaboración con el director) debe vengar a su hermano, muerto a golpes porque violó y asesinó a una adolescente, desatando la furia del jefe de policía.

Filtrando casi todas las imágenes con colores rojos, Winding-Refn da un tono amenazante a cada acción, apoyado por las altisonantes percusiones y sintetizadores de la banda sonora. Esa impresión se duplica porque los actores parecen hablar en trance y caminan en cámara lenta antes de hacerse picadillo. Esa mezcla de estatismo y acción violenta es de lo que están hechas las pesadillas. A pesar de durar sólo 90 minutos, Only God Forgives parece interminable. Es sintomático que la película esté dedicada a Alejandro Jodorowsky (aunque uno lo tomaría como insulto).

Los que no tienen perdón son los programadores que seleccionan churros de esa dimensión en un certamen que se supone serio.

Sirvió como paliativo la proyección, dentro de la sección Una Cierta Mirada, de La jaula de oro, coproducción hispano-mexicana, dirigida por Diego Quemada-Diez, español que lleva algunos años viviendo en nuestro país. La película narra el viaje emprendido desde Guatemala por cuatro adolescentes –tres varones y una chica disfrazada de hombre– que, a bordo de La Bestia, tratarán de llegar a los Estados Unidos.

El tema no es nuevo y en años recientes el cine documental, sobre todo, ha enfocado cada paso de ese viacrucis: los peligros de abordar el tren, los abusos de las autoridades mexicanas, el paso por los albergues, la amenaza de los grupos delincuentes y, finalmente, el trato con los coyotes y la persecución de la migra. La jaula de oro transita por ese mismo camino, pero lo hace con honestidad, sin concesiones melodramáticas –no se detiene en la desaparición de algunos de los personajes– mediante un eficiente trabajo formal, beneficiado por la aportación de María Secco, una de las cinefotógrafas sobresalientes de los años recientes. Fuera de un innecesario interludio musical con paisajismo de por medio, la película es una rigurosa observación que culmina con el desencanto final del único muchacho que consigue cumplir el sueño americano.

La segunda concursante del día fue Grigris, coproducción entre Francia y Chad, dirigida por Mahamet-Saleh Haroun (de quien se vio El hombre que grita, en 2010). Su mayor interés reside en provenir de una zona, la africana, con escasa presencia en este y otros festivales de primera línea. El valor de lo exótico es lo que se rescata de esta especie de thriller arrepentido sobre un hombre que, no obstante una pierna deforme, es el rey en la pista de baile de la discoteca local. Por necesidades de dinero, el tal Grigris ejerce el contrabando de gasolina para un mafioso que le tiene aprecio. Las cosas parecen pintarle mal al protagonista, pero Haroun le inventa un destino contradictorio a las reglas del género. No es nada del otro mundo. Sólo de Chad. Pero es de agradecerse su sencillez comparada con las grotescas presunciones de Winding-Refn.

Twitter: @walyder