Política
Ver día anteriorLunes 10 de junio de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
Cerco en San Salvador
Gobierno de las pandillas

Soyapango o cómo vivir bajo el terror de la banda Barrio 18

Nadie puede salir a la calle sin el permiso de los palabreros

Marcela Zamora documenta esa vida en su filme El espejo roto

Foto
Integrantes de dos organizaciones hacen señas que los identifican como miembros de un grupo, durante la firma de la tregua para reducir la violenciaFoto Reuters
Foto
Pandilleros de la Mara Salvatrucha y Barrio 18 entregaron armas a las autoridades en un esfuerzo por controlar la violencia entre las dos organizaciones más poderosas de El SalvadorFoto Reuters
Blanche Petrich
Enviada
Periódico La Jornada
Lunes 10 de junio de 2013, p. 4

San Salvador.

Si la infancia es el espejo en el que una sociedad mira su futuro, como dicen, entonces la sociedad salvadoreña se mira en un espejo roto. Ese es el punto de partida de la documentalista Marcela Zamora para acompañar a una docena de niños del barrio de Soyapango en que viven, juegan, iluminan con lápices de colores en sus cuadernos, hacen tareas, brincan y crecen en un mundo controlado por la ley de las pandillas del Barrio 18.

Por eso, su más reciente documental se llama El espejo roto, y por eso cuando la pantalla se apaga, ochenta y tantos minutos después, el público puede sentir en la piel las astillas de ese espejo.

Es el segundo largometraje de Marcela; un documental claustrofóbico porque aunque sus protagonistas son los niños –Wendy y Brayan, principalmente, un par dinámico de primos de nueve años– ni los chicos ni los cineastas tienen permiso de salir a la calle, de caminar por las calles del barrio, de mirar el sol, los árboles, la lluvia, los perros callejeros que abundan, mucho menos de relacionarse espontáneamente con sus habitantes. Sólo interiores, el patio de la escuela y la penumbra de las viviendas paupérrimas, de lámina y sin ventanas, piso de tierra, donde se hacinan en un solo cuarto los hermanos, los tíos, las abuelas, la televisión, la estufa, los trastes, los montones de ropa y sus mochilas escolares.

No hay permiso de filmar las casas y tienditas atrincheradas detrás de sus barrotes, el mercado y las pupuserías (comederos populares) donde se paga renta a las pandillas, los buses que sólo pasan por la periferia, nunca por las rutas interiores, porque para moverse por este pequeño municipio pegado a San Salvador hay que pedir permiso al palabrero de la clica. Y éste, a su vez, pide permiso al palabrero mayor de la pandilla Barrio 18, que despacha con un teléfono celular desde alguna de las saturadas cárceles del país.

Y ahí, el de la voz, el que da las órdenes inapelables desde su celda dice que no, que el equipo de cineastas de la Sala Negra (la sección audiovisual que documenta la violencia de la región para el diario digital El Faro) puede entrar y salir de Soyapango cuantas veces quiera –claro, antes de las cinco de la tarde sería mejor que ya estuvieran circulando lejos de ahí, hacia el centro de la capital, por su seguridad, ya saben–, pero no pueden sacar ni una sola imagen de los barrios que les pertenecen por completo, de sus trasiegos, de los hommies, los muchachos del lugar, de los grafitis que marcan el territorio y cuentan su historia. Y hay que acatar y trabajar bajo esas reglas.

El último documental que se grabó en la zona fue La vida loca, del periodista franco-español Christian Poveda, asesinado en septiembre de 2009 por los mareros con quienes había trabado una relación de confianza para poder realizar su película en la colonia La Campanera, cerca de Soyapango.

Marcela Zamora y su equipo fueron amigos de Poveda. Conocen las reglas.

El hilo narrativo del documental acompaña el trabajo de la actriz Egly Larreynaga (que también fue una niña sola, hija de combatientes del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) que se crió lejos de sus padres).

La historia transcurre durante los ensayos, que duran varios meses, para una puesta en escena con un grupo de niños de entre cuatro y nueve años. Son niños que hablan con naturalidad de su vida cotidiana. Una vio un día un estudiante de secundaria muerto a tiros frente a su escuela. Otra recuerda con vivos detalles el asesinato de su padre, por dónde entró la bala, como cayó con medio cuerpo fuera de la acera, el entierro, las pesadillas que tuvo y sigue teniendo. Es Wendy Cabrera López y se asegura que en esta libreta quede asentado su nombre completo y bien escrito. Que conste.

Niños duros que rara vez lloran

Son niños que un día sí y otro también oyen balaceras, ven pasar a otros niños drogados, escuchan a cada rato historias de chicas violadas. Ven pasar con demasiada frecuencia los tétricos cortejos fúnebres, casi como una rutina. Y conocen a muchos vecinos que hoy están presos. O enterrados. Son niños duros. Rara vez lloran. Y siempre saben cómo decir las cosas, les reconoce Marcela, para quien esta película pretende subrayar que los chicos no son un accesorio en la violenta realidad de estos barrios; no sólo son parte del paisaje, sino víctimas.

Marcela Zamora Chamorro es autora de otro documental de fuerte impacto, María en tierra de nadie (2009), sobre la travesía de los migrantes centroamericanos por la trampa mortal en la que se ha convertido México. Con ella visitamos Soyapango, para entrevistar a los niños actores de su película.

En casa de doña Isabel no hay tema tabú frente a los menores. Sólo se usa un eufemismo; a los pandilleros les dicen muchachos. Las niñas de la familia, hasta las más chiquitas, paran la oreja cuando el tema de la conversación de los adultos alude a lo que les pasa a otras mujeres. Cuentan de una vecina que hace pocos días estaba por parir de noche. Pero en Soyapango hay un toque de queda virtual impuesto por los pandilleros, que están en tregua. Y la vecina no podía salir a la calle a buscar un taxi que la llevara al hospital, fuera del barrio, porque aquí hay cantinas y cíbers, pero no clínicas. Su angustiada madre le suplicaba: Aguántese con el niño adentro hasta el día. La muchacha no podía más y salió a la calle, caminando a duras penas. A las pocas cuadras la interceptaron. Un joven tatuado –¿quien no?– le preguntó a dónde iba y la quiso detener. Voy a parir y si me quieres pegar un tiro, hazlo ya. Y siguió su desesperado camino.

Las niñas y los niños saben mucho, han visto mucho. El que no es huérfano es hijo de algún migrante que se fue y se perdió. O bien, uno o los dos padres están presos. Las madres, viudas o solteras, son mujeres que trabajan –o más bien se matan trabajando– en las maquilas. Como María Isabel, la mamá de Wendy, viuda y con dos niñas más. Mantiene a cinco personas con un salario de 200 dólares al mes, saliendo de su casa a las cinco de la mañana y regresando casi a las nueve de la noche. Su abuela agotó sus fuerzas y su salud en una fábrica de pegamento. Tiene destrozados los pulmones. Pasa en casa, enferma, criando nietos. Su hermana Cecilia vive en la casa vecina, que en realidad es la misma dividida con láminas, con sus hijos y su marido, pandillero también, como casi todos los adultos y los jóvenes de por acá. Le pega. Y a duras penas controla a Brayan, que a veces escapa de la casa para ir a jugar videojuegos al cíber. En casi cada cuadra hay uno, punto de reunión y vagancia. Resguardar a los chicos para que no se sumen a las pandillas es el desafío mayor en cada familia.

¿Dónde quedó la paz?

Aquí, para madres y abuelas es cuestión de vida o muerte criar a los niños con la rienda corta. No deben nunca salir solos, ni siquiera a la esquina. A la escuela van y vuelven acompañados y también a la clase de karate. Wendy le da mucha importancia a esto último. Aprendo a pegar por si alguien me quiere pegar. Como en muchas otras casas, la de Isabel tiene una reja hasta en la acera. Es su mayor lujo. No se permite que los niños traspasen esa frontera.

Durante los años de la guerra civil, Soyapango ya se distinguía en las estadísticas: era el municipio más densamente poblado de América Latina. Lo sigue siendo, con un cuarto de millón de habitantes en sus 28 kilómetros cuadrados. Antes, recuerda la abuela, éramos más pobres pero más libres. Sus hijas Cecilia e Isabel jugaban en la calle de tierra: escondelero, arrancacebolla, juegos infantiles ya olvidados.

Durante la ofensiva guerrillera de 1989 Soyapango se apuntó otro récord mundial: fue la primera zona urbana bombardeada por la fuerza aérea por órdenes de su propio presidente, entonces Alfredo Cristiani, en América Latina. “Bien me acuerdo –dice doña Isabel– todos nos fuimos de aquí. Pero mire cómo son las cosas. Antes teníamos miedo. Ahora tenemos miedo. ¿Y la paz dónde quedó?”.

Ahora Soyapango figura en una película que se estrena, una noche fresca de mayo, en el Teatro Nacional de San Salvador, para conmemorar el 15 aniversario de El Faro, el periódico de la posguerra. Frente a la pantalla, en el escenario del viejo teatro vuelan deslumbrados un par de murciélagos. Los niños asisten a la escena azorados, felices de saberse, por esta noche, las estrellas. La abuela no cabe de orgullo. Le pregunto, sin poder contener la curiosidad.

–¿De qué trata la película?

–De los sufridos, pues.