Opinión
Ver día anteriorJueves 13 de junio de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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n España las cosas parecen ir de mal en peor. La situación económica sigue deteriorándose y el desempleo aumenta. Hace poco se dio a conocer un dato que revela cuán profunda es la crisis económica en España: por primera vez en medio siglo el valor de sus exportaciones superó al de sus importaciones.

Funcionarios del gobierno español se apresuraron a señalar que ese cambio en la balanza comercial demuestra que la economía española gana competitividad. Los críticos del gobierno subrayaron que simplemente la población consumía menos productos importados porque su poder adquisitivo se ha disminuido.

El hecho es que en el último quinquenio el desempleo en España ha llegado a niveles sin precedentes. Y ha afectado más a la población joven. Se calcula que 60 por ciento de las personas que buscan trabajo tienen menos de 25 años. El futuro para los recién egresados universitarios es desalentador.

No sólo hay menos oferta de empleo sino que a muchos de los que contratan lo hacen en condiciones inaceptables en otros países europeos. Eufemísticamente se habla de flexibilizar el mercado laboral cuando en realidad se busca rebajar los salarios y abolir los sueldos mínimos ya acordados.

En pocos años España ha pasado de ser un polo de atracción para inmigrantes de todo el mundo a un país de emigrantes. En la primera década de este siglo llegaron unos cinco millones de inmigrantes; en 2012 la población total española se redujo en 200 mil habitantes. Esto se debió principalmente a que muchos inmigrantes regresaron a su país de origen, pero también hubo españoles que optaron por irse de su país.

Para los españoles las cosas no podían ir peor. Para algunos, el gobierno actual resulta inepto y las economías fuertes de la Unión Europea actúan de forma poco solidaria ante la crisis económica, financiera y bancaria, y el desempleo y la pérdida de sus viviendas. Pero ahora se ha agregado un elemento adicional: el comportamiento de la casa real ha logrado empeorar aún más la situación, aumentando así el pesimismo entre la población. Éramos pocos y parió la abuela.

La actual monarquía española tiene dos defectos principales, uno de fondo y otro de forma. El primero es su pecado de origen franquista y el segundo es la conducta de la familia real.

En 1931 los españoles optaron en un proceso democrático por un régimen republicano y el rey Alfonso XIII abandonó el país. Se instauró lo que sería la segunda República, pero el 18 de julio de 1936 el general Francisco Franco se levantó en armas y se inició una guerra civil que terminaría en 1939. Franco obtuvo el poder por las armas y moriría en 1975 en su cama.

Pese a sus vínculos con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, Franco se mantuvo en el poder después de la derrota de las potencias del Eje en 1945. Con el tiempo sería respaldado por Washington y España ingresaría a las Naciones Unidas. Pero a lo largo de sus casi 40 años de dictadura, Franco arrastró el fantasma de su ilegitimidad.

Franco se apoyó en una alianza clérigo-militar y se ideó la frase caudillo de España por la gracia de Dios. Pero no convenció a nadie y con el tiempo tuvo que encontrar otra fórmula para justificar su existencia. Trató de legitimar su régimen arropándolo en el pasado monárquico del país. En 1943 resucitó a las Cortes y en 1947 decretó la ley de sucesión en la jefatura del Estado. Inventó así a un heredero y lo encontró en el nieto de Alfonso XIII, quien había muerto en 1941. Pero todo fue ilegal.

El dictador propondría a su sucesor pero éste tendría que ser aprobado por las Cortes. La idea no le gustó a Juan de Borbón, el heredero del difunto Alfonso XIII, pero a la postre renunció a su derecho de sucesión y en noviembre de 1975, tras la muerte de Franco, Juan Carlos fue proclamado rey de España, título que le reconoció la constitución de 1978.

Pese a sus orígenes franquistas, el rey tuvo buena aceptación entre los españoles. Recuerdo los elogios que recibía de muchos que en 1931 habían optado por la República. Se fue creando un mito en torno a su persona por su papel, junto con Adolfo Suárez, en la época de transición.

Confieso que nunca logré comprender el entusiasmo que despertó el rey entre los más diversos sectores políticos de la sociedad española. Tampoco entendí los aplausos que recibió en 1982 por su intervención ante el intento de golpe de Estado del teniente coronel Antonio Tejero, el 23 de febrero de ese año. Siempre he pensado que su papel fue más bien titubeante. El supuesto paladín de la democracia en España tardó varias horas en comparecer en la televisión. Sin embargo, una intensa campaña de relaciones públicas logró convencer a los españoles de las bondades de la monarquía. Se habló, incluso, de que el rey merecía el premio Nobel de la paz.

Hoy el monarca español ya no goza de una opinión pública favorable. La casa real no ha sabido comportarse con dignidad y honestidad. El rey ha dado muestras de gran frivolidad. Tras declarar que el desempleo entre los jóvenes españoles le quitaba el sueño, aparece en un safari de lujo cazando elefantes en África.

Además, hace más de un año que la casa real vive bajo la sombra de las acusaciones de corrupción contra el yerno del rey, Iñaki Urdangarin. Es cierto que los sondeos indican que tanto la reina Sofía como el príncipe Felipe aún gozan de cierta popularidad entre los españoles. Pero en muchas manifestaciones en contra de las medidas de austeridad del gobierno aparecen más y más banderas republicanas.

A quienes no les dice nada el título, les sugiero lo platiquen con algún conocido catalán.