Opinión
Ver día anteriorJueves 20 de junio de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Hard Candy
A

ntiguamente, el horrible fenómeno de la pederastia se circunscribía a un entorno familiar, salvo las esporádicas manifestaciones ocasionales que muchas veces terminaban en el asesinato de la víctima. Sin que esto haya desaparecido, en la actualidad los pederastas han ampliado su área de incursión por varias razones. Una sería una mayor libertad de andar por el mundo que tienen niñas, niños y adolescentes. Otra, la más importante, la prevalencia cada vez mayor de las redes de Internet, no sólo al mostrar fotos y videos de pornografía infantil, sino al permitir que menores de edad puedan chatear con cualquiera en términos de anonimato. Los pederastas viven su ignominiosa Jauja con pocas posibilidades de ser atrapados y tienden sus redes en todo momento para atraer inocentes, lo que ocurre con frecuencia. Resulta casi imposible que los padres vigilen todo el tiempo lo que hacen sus hijos con la computadora o, si carecen de ella, en el café Internet cercano. Por supuesto que se trata de chicas y chicos con cierto poder económico, no muy grande quizás, pero suficiente para tener buenos estudios y manejarse en el mundo de la computación.

Hard Candy muestra el reverso de esta situación. El título corresponde al alias que la adolescente de diez y seis años Heyley Gardner utiliza para sus incursiones en la red, que la lleva a querer deshacerse de un pederasta; es una chica decidida y muy inteligente, en el programa de mano se la compara con Lisbeth Salander, la antiheroína de la saga Milenio, lo que no es del todo correcto ya que Lisbeth tiene reconditeces y misterios que resultan muy alejados de Heyley, obsesionada con un solo propósito. Basada en la película de 2005 del mismo nombre –ahora en traducción de Anilú Pardo– y con la adaptación, excelente y fluida, de Luis Mario Moncada al teatro, la obra cuenta la historia –casi todo el tiempo se consume en eso– del tormento psicológico con que Heyley amenaza al pederesta que ha atrapado de emascularlo, tras darle un somnífero y atarlo fuertemente a una silla. Previamente, la adolescente chateó con él, lo citó en un café y se hizo invitar a su casa.

Los productores, Anilú Pardo y Mario Mandujano dirigen la escenificación. Para ello, y con un ojo a la taquilla, han formado su pequeño elenco con dos actores muy conocidos por las telenovelas: Tessa Ia, quien se muestra segura y eficaz en su debut teatral como la adolescente Heyley, y Arap Bethke de buena presencia pero extraña dicción que todavía debe afinar si desea continuar su carrera en los escenarios. Lo dicho anteriormente se inscribe en el terreno del teatro más comercial, pero el montaje desmiente ese aserto, ya que –además de la muy buena adaptación de Moncada– utiliza una gran multitud de recursos, sobre todo el video que superpone a la escenografía real. Ésta consiste en un muy recortado cuadrángulo con un mueble que es mostrador de la cafetería en la que Isha Oropeza encarna, en muy breve y mudo papel, a la barista y vuelto del otro lado se convierte en el cajonero de la casa de Jeff Hill, en donde transcurre la acción con diferentes espacios, particularmente la silla a la que el hombre está atado y el lugar en donde la muchacha puede o no llevar a cabo su amenaza. Se puede deducir que Anilú Pardo se encarga de la dirección de actores y Mario Mandujano de los videos –como se asienta en el programa de mano– realizados por Víctor Velázquez y Víctor Arenas.

Es justamente la utilización de los videos, junto a la excelente iluminación debida al también escenógrafo Jesús Hernández, lo que aleja a la escenificación de lo netamente comercial y lo aproxima a una búsqueda de posibilidades escénicas que sin duda llega a los linderos artísticos y propositivos, por lo que el deslinde plantea muchas cuestiones acerca de lo que es el punto de vista de la taquilla –que aquí tiene al parecer bastante éxito– y lo que resulta de una propuesta meditada para decir cosas importantes. El teatro tiene muchas aristas como lo demuestra este montaje que también cuenta con el vestuario de Adriana Olivera, la decoración escénica y utilería de Katia Lozano, la música original de Xavier Asali de la Mora y los efectos especiales de Alfredo García.