Opinión
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La banalidad del mal
A

principios de 1999 estuve en París, y como de costumbre me dediqué a ver amigos, ir a museos, a tomar café en los bistrocitos de las avenidas del barrio latino, a caminar, a revivir nostalgias y a contemplar cómo se van aniquilando los sitios más queridos, verificando la sabiduría de la famosa frase de Proust: Las calles, las avenidas, los lugares, son pasajeros, ¡ay! como los años (cito de memoria). Además pude ver una película magnífica muy mal distribuida, llamada Eichmann, un especialista, documental con guión de Rony Brauman, nacido en Jerusalén, disidente, profesor en la Universidad de París, ex presidente de la ONG Médicos sin Fronteras, autor de varios libros sobre cuestiones éticas y políticas de la acción humanitaria, además coproductor de La voz del silencio en France-Culture. Entonces escribí aquí un artículo en abril de ese año.

Aprovecho este espacio para citar un fragmento de mi propio texto, me viene como anillo al dedo: “El director es Eyal Sivan, nacido en Haifa e instalado en Francia desde 1985. Guionista y director trabajaron con los archivos de las películas filmadas durante el proceso de Adolf Eichmann, el teniente coronel de los SS, ex jefe de la oficina IV-B-4 de la Seguridad Interior del Tercer Reich, capturado en Buenos aires por los servicios secretos de Israel en 1960, juzgado en Jerusalén en 1961, y finalmente ahorcado. Se trata del ‘especialista’ de la cuestión judía, encargado de expulsar a los judíos de Alemania entre 1938 y 1941, y, entre 1941 y 1945, organizador de la deportación de los judíos de Europa, así como de los polacos, eslovenos y gitanos hacia los campos de concentración y exterminación. Este burócrata modelo, experto en emigración, cumplió fiel y ejemplarmente su labor como jefe de la llamada ‘solución final del problema judío’. El punto de partida del libro fue el reportaje que la célebre autora de Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt, hizo para el New Yorker, después publicado con el título de Eichmann en Jerusalén, informe sobre la banalidad del mal, texto muy controvertido”.

Y, curiosamente, el mes de abril pasado tuve la ocasión de ver en París la película que Margarethe von Trotta hizo recientemente sobre esta filósofa, justamente reconocida como una de las pensadoras más inteligentes del siglo XX. En el prólogo de su extraordinario Lo que queda de Auschwitz Homo Sacer III, Giorgio Agamben explica: “Una de las lecciones de Auschwitz sería que es infinitamente más difícil comprender el espíritu de un hombre ordinario que el de Spinoza o Dante (en este sentido también debe entenderse la afirmación de Hannah Arendt, tan mal entendida, sobre ‘la banalidad del mal’)”. Y agrega algo que se deduce naturalmente de ese libro, con lo que concuerdo: “Ninguno de los principios éticos que nuestro tiempo ha pretendido validar resiste a la suprema prueba, la de una Ethica more Auschwitz demonstrata”.

A la banalidad del mal se añade la banalidad de un pensamiento estereotipado que juzga a priori, sin entender el significado verdadero de lo que Arendt pretendía decir y que produjo una enorme controversia que aún dura. La prueba, el interés que esta película ha suscitado. En ella hay fallas y grandes momentos, por ejemplo la escena final en que la filósofa defiende su tesis ante sus alumnos y los profesores de su universidad, convertidos en intolerantes inquisidores estadunidenses. Arendt incomprendida en todos los frentes, la de los israelíes, los lectores de New Yorker y sus amigos más íntimos –casi con excepción de su marido y de su gran amiga Mary Mccarthy–, incapaces de comprender ese pensamiento implacable, sin concesiones, ante las ideas más aceptadas: Si todo el mundo es criminal, nadie lo es en realidad, y es eso lo que Eichmann trataba de demostrar, explicaba Arendt.

En escena, Barbara Zukova, la gran actriz que la representa, fuma interminablemente como la propia Hannah, dato que atenta contra la actual political correctness.

Twitter: @margo_glantz