Opinión
Ver día anteriorMartes 2 de julio de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Desafíos brasileiros
E

n mi colaboración anterior presenté en este espacio algunos de los datos duros de la cara bonita de la moneda de las realidades de Brasil, así como algunos de la cara oscura de la misma. El desafío del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff es monumental. Algunos otros datos duros de la economía brasileña los puso en su espacio, muy bien puestos y con su siempre afilada navaja, Alejandro Nadal, un día después.

Hace algo más de una semana, todo era una incógnita en las calles, como editorializaba la Folha de Sao Paolo. Pero el mar de fondo emergió con velocidad inusitada en los días inmediatos, sacado a flote por el propio Movimento Passe Livre (MPL), con toda su heterogeneidad en decenas de ciudades brasileñas. Pésima calidad en educación –desde la escuela elemental hasta los programas de licenciatura (sin duda pueden ponerse aparte por su alta calidad no pocos programas de posgrado)–, en salud, en transporte (hace una década que no hay inversión en este rubro) y otros servicios púbicos. Y Brasil, así, carente de la infraestructura indispensable, se lanza a organizar los dos mayores acontecimientos deportivos del mundo. Un estudio realizado por la Universidad de Sao Paulo estima que el desembolso de Brasil previo a la Copa del Mundo 2014 será de aproximadamente 18 billones de dólares, de los cuales, 14 billones vendrán de los bolsillos de los contribuyentes.

Y esta decisión se toma en el contexto de las carencias apuntadas, y del hartazgo social por la vasta corrupción de los políticos, pese a los esfuerzos de Dilma por limpiar el aparato del Estado.

El PT llegó al poder con Lula a la cabeza con el propósito expreso de sacar el neoliberalismo de la escena nacional. Pero ocurrió una historia peculiar: se fortaleció lo que algunos han llamado desarrollismo conservador; éste, si de una parte se asemeja en sus efectos al neoliberalismo en el hecho de que mantiene una sociedad con tasas muy altas de desigualdad y de dependencia externa, muy ralas instituciones democráticas y de baja calidad, a cambio, no tiene nada que ver con el neoliberalismo respecto del rol del Estado y el peso de la industria en el proyecto nacional, la que se desarrolla vigorosamente, muy ligada a sus programas universitarios de posgrado.

Brasil sí desplazó en algunas de sus políticas al neoliberalismo típico. Pero en el conflicto actual Dilma hubo de dar marcha atrás con la idea de construir a toda prisa una Asamblea Constituyente, cuyo propósito era profundizar en una reforma política, pero hubo de reducirla a solicitar al Congreso un plebiscito. Por ahora –hasta el sábado pasado–, la oposición sólo concedía debatir sobre un referéndum de respuesta o no por los electores y, a lo sumo, revivir una iniciativa de menor envergadura, la enmienda PEC 37. Se trata de un proyecto de enmienda constitucional que quita al Ministerio Público la capacidad de investigar crímenes, de modo que sólo los cuerpos de Policía Civil y Federal podrían llevar a cabo las investigaciones criminales. Dilma y diversas expresiones del MPL sostienen que con esa enmienda se favorece la impunidad de los delincuentes, especialmente de los políticos corruptos.

La sociedad brasileña se rencamina a una situación que conoce hace tiempo: la de una lucha entre dos vías de desarrollo: la vía del desarrollismo conservador y una cierta vía de desarrollo progresista, apoyado por los sectores democrático-populares. En la historia brasileña siempre el desarrollo conservador ha sido predominante, un desarrollo que mantiene las estructuras sociales heredadas del pasado lejano.

En los 10 años de gobierno Lula-Dilma ha habido un juego cruzado que ha conllevado forzosamente alianzas pragmáticas: en algunas cuestiones el gobierno petista se alió con el desarrollismo conservador contra el neoliberalismo, en otras el neoliberalismo se alió con los sectores desarrollistas conservadores contra el gobierno, y en este rejuego la burguesía paulista –de rasgos nacionalistas y desarrollistas, pero altamente concentradora del ingreso–, ha sido decisiva. El camino que adoptó Lula para sacar al neoliberalismo del país trajo como efecto colateral un debilitamiento de la visión estratégica del propio Lula, programática, organizativa. El gran desafío de Dilma-Lula es cómo salir de esa trampa política, a inaugurar una nueva, de veras nueva etapa del desarrollo.

Por supuesto, la situación interna del PT no es tan difícil de explicar porque es el déjà vu de tantas historias de las izquierdas acaso especialmente latinoamericanas: el pragmatismo astuto del propio gobierno petista para lidiar con la globalización neoliberal, y un montón de tribus de signo ideológico distinto en el partido que lo llevó al poder. Dentro de este partido conviven, con mayor o menor belicosidad, una corriente claramente social-liberal que tiene como su principal expresión pública a Antonio Palocci, que fue ministro de Hacienda en el primer gobierno de Lula; una corriente nacional desarrollista –Dilma es su expresión más clara–, cuya alta influencia social parece erosionarse con rapidez; una corriente social-demócrata clásica que entiende que Brasil puede tener un welfare state tropical, y hay una corriente socialista típica que defiende la sustitución del capitalismo por otro modo de producción: son palabras de Valter Pomar, de la dirección nacional del PT y secretario ejecutivo del Foro de Sao Paolo.

En tanto, el MPL no le cree a nadie de la clase política, pero tiene unas demandas monumentales.