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Egipto: repulsión, vergüenza, indignación
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Partidarios de la Hermandad Musulmana y del derrocado presidente egipcio Mohamed Mursi gritan consignas contra el Ministerio de Guerra y del Interior, ayer, durante una protesta frente a la mezquita de Al Istkama, en la Plaza de Giza, al sur de El CairoFoto Reuters
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epulsión, vergüenza, indignación. Todas estas palabras se aplican a la desgracia de Egipto en las seis semanas anteriores. Un golpe militar, millones de encolerizados simpatizantes del dictador electo democráticamente y después derrocado, versiones sobre mucho más de mil simpatizantes de la Hermandad Musulmana asesinados por la policía de seguridad ¿y qué nos dicen las autoridades este domingo? Que Egipto es víctima de una maligna conjura terrorista.

El lenguaje habla por sí mismo. No una conjura terrorista cualquiera, sino una tan terrible que es maligna. Naturalmente, el gobierno adquirió este uso de la palabra terrorista de Bush y Blair, otra contribución occidental a la cultura árabe. Pero va más allá: nos informa que el país está a merced de fuerzas extremistas que quieren crear guerra. Uno pensaría al escuchar esto que la mayoría de los muertos en las seis semanas pasadas fueron soldados y policías, cuando en realidad fueron manifestantes inermes.

Y ¿quién tiene la culpa? Obama, desde luego, por alentar el terrorismo con sus plañideras quejas de la semana pasada… o eso dicen las autoridades egipcias. Y nuestros viejos amigos, los medios extranjeros. Son los canales infieles –incluida Al Jazeera– los que han alimentado el odio en la tierra de los faraones, según la prensa egipcia (que ahora es tan plañidera como Obama en su servilismo hacia los nuevos gobernantes).

Fuera de la mezquita de Fath, en El Cairo, el sábado pasado, partidarios de los militares maltrataron a reporteros y camarógrafos, entre ellos algunos alemanes e italianos, e incluso por un rato Al Jazeera se alejó de la escena. The Independent corrió sus riesgos, con Alastair Beach con la Hermandad, dentro de la mezquita sitiada.

Afuera de ella, yo andaba con un gastado sombrero de turista entre los esbirros de seguridad y los partidarios del ejército; un amigo egipcio me ayudó, explicando de modo no muy amable a los de las cachiporras que yo era un anciano turista inglés que había salido de su hotel para ver qué pasaba. Dejé en mi bolsillo mi libreta y mi teléfono móvil. Bienvenido a El Cairo, escuché varias veces mientras los soldados disparaban al aire.

Para ser justo, déjenme recontar un pequeño momento esperanzador entre el drama del sábado. Dos egipcios se me acercaron y dijeron, con mucha sencillez: Es muy injusto tener a esa gente en la mezquita sin agua ni comida; son seres humanos como nosotros. No eran partidarios de Mursi, pero no parecían simpatizar con la policía. Eran sólo egipcios buenos y decentes, humanos, como los que todos esperamos que formen la verdadera mayoría.

Esto me lleva a recordar una mentira al típico estilo de Obama, la semana pasada. Vino cuando el presidente de Estados Unidos decidió hacer una pausa en sus vacaciones de golf para comentar la violencia en Egipcio. Describió a los opositores a Mursi –ahora representados por un general, Abdel Fatah Sisi, también ministro de la defensa y viceprimer ministro– como muchos egipcios, millones de egipcios, tal vez una mayoría de egipcios. De este modo Obama acreditó al golpe un apoyo mayoritario. Cómo debió de haber complacido al general Sisi, quien habla un excelente inglés estadunidense, ese pequeño conjunto de palabras en clave.

Y resulta extraño que los periodistas supuestamente maliciosos hayan estado minimizando las acciones asesinas de las fuerzas de seguridad egipcias. En repetidas ocasiones Al Jazeera se ha referido a ellos como hombres armados, como si no estuvieran uniformados ni dispararan desde la azotea de un cuartel de policía. Los editoriales en Occidente han descrito las matanzas perpetradas por policías egipcios como mano dura, como si Lewis y Hathaway hubiesen aporreado en la cabeza a algunos chicos malos. Un amigo digno de confianza me dijo el otro día que nuestros líderes occidentales están tan hartos de los manifestantes que infestan las reuniones del G-8 –donde siempre se aplican las acostumbradas advertencias contra el terror–, que tienen simpatía innata por los policías y un odio implícito a todo aquel que protesta. ¿Cómo olvidar la simpatía de Blair hacia los brutales policías antimotines italianos, hace unos años?

Pero el ejército y la policía de Egipto pueden confiar en la ayuda de nuestros queridos amigos los sauditas. El propio rey Abdalá ha prometido miles de millones de dólares para el pobre Egipto ahora que la generosidad de Qatar se ha secado. Sin embargo, los egipcios harían bien en desconfiar de los obsequiosos sauditas: la casa de Saud no se interesa realmente en ayudar a ejércitos extranjeros –a menos que vayan a salvar a Arabia Saudita–, pero sí participa mucho en apoyar a los salafistas del partido Noor, los fundamentalistas que ganaron un extraordinario 24 por ciento en la pasada elección parlamentaria egipcia, y que sin miramientos decidieron aliarse con el general Sisi cuando Mursi fue derrocado. Los conservadores salafistas son mucho más del agrado de los sauditas que los miembros potencialmente liberales de la Hermandad. Es a ellos para quienes el rey abre su bolsillo. Y si por desventura pudiesen formar una mayoría con los miembros desencantados de la Hermandad en las próximas elecciones, el califato de Egipto estaría un paso más cerca.

Ahora, el otro lado de la historia. Es cierto que hombres armados han abierto fuego desde las filas de partidarios de la Hermandad. Un puñado cuando mucho, y eso no justifica que la prensa egipcia llame terroristas a decenas de miles de personas; pero tanto mi colega como yo los hemos visto. Los ataques a los templos son reales. Se han incendiado iglesias. Hogares cristianos han sido agredidos por vándalos; la víctima más reciente fue una niña de 10 años, Jessi Boulos, cuando regresaba de su clase de Biblia en un barrio pobre de El Cairo.

La furia anticristiana es ahora política e ideológica. Es una persecución. Tal vez el papa Tawadros lamente haberse tomado la foto con los partidarios del golpe. Pero el jeque de Azhar estaba en esa misma fotografía… al igual que los salafistas.

Oh, sí, y ahora el gobierno matraquea con la necesidad de disolver la Hermandad. Puesto que sus miembros ya son capturados por la policía, no estoy seguro de lo que se pretende lograr con esta disolución. ¿Acaso los británicos no declararon ilegal al Ejército Republicano Irlandés? ¿Lograron acabarlo con eso?

El viernes pasado, después del toque de queda, cruzaba yo el puente 6 de Octubre sobre el Nilo cuando vi más de 30 jóvenes con túnicas tipo galabia, sentados en el pavimento con las manos sobre la cabeza. Entre ellos caminaban a zancadas policías de uniforme negro, con escopetas, y bandas de beltagi –los muchachos rudos empleados por la seguridad del Estado (supongo que podríamos llamarlos terroristas buenos–, y de pronto supe lo que significa el estado de emergencia. Temor. Cero derechos. Cero órdenes de aprehensión. Cero ley.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya