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Actividad en el centro del DF niega pérdidas del comercio por plantón de la CNTE

Como cualquier sábado Distrito Federal
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Integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación mantienen el bloqueo a la Cámara de SenadoresFoto María Meléndrez Parada
 
Periódico La Jornada
Viernes 23 de agosto de 2013, p. 7

Si el lector se metiese en una burbuja y escuchase sólo algunas estaciones radiofónicas de la capital mexicana, tendría esta imagen del Centro Histórico de la ciudad de México: muchas cuadras bajo sitio, comercios cerrados, restaurantes sin comensales, cantinas sin borrachos y vendedores ambulantes echados de sus territorios.

Las caras de los pasajeros del Metro se arrugan cuando las bocinas de los vagones escupen el anuncio: Las estaciones Zócalo y Allende están cerradas. El gusano naranja expulsa una multitud en Pino Suárez. Los transeúntes echan a andar y, como siempre, esquivan con saltitos las chácharas que ofrecen los toreros y, aquellos que rebasan 1.70 metros de altura, se agachan cada tres pasos para sortear los mecates de los techos de plástico.

La indignación de los locutores de radio se empata con la estrategia propagandística del gobierno y va más allá. Se informa, por ejemplo, que incluso dos grandes tiendas departamentales han cerrado sus puertas.

El recorrido por la avenida 20 de Noviembre dice otra cosa: todas las tiendas de ropa tienen las cortinas arriba y el andar por la banqueta es como siempre: hay que sortear ríos de gente, diablitos y bultos al por mayor.

Esto no quiere decir, claro, que el plantón de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que ocupa por entero la principal plaza de la República y algunas otras calles pase desapercibido para la gente que hace su vida en el ajetreado centro de la ciudad.

Los maestrines están en paro, dice la encargada de un puesto de periódicos. Tienen razón, responde una clienta. Pinches maestros, suelta un joven al pasar.

Los automóviles llegan hasta una cuadra antes del Zócalo. A unos pasos de las casas de campaña de la CNTE, las tiendas departamentales siguen abiertas. Aquí nunca se cierra, jefe, dice el policía bancario a cargo de una puerta.

Muy cerca, los aparadores de la competencia ofrecen delicias italianas y chucherías para celebrar el halloween. En la sección de perfumería, tres señoras clasemedieras hacen fila para pagar exfoliantes D’Orleans y esencias Channel. ¿Cerrado? No, aquí abrimos los 365 días del año, dice una dependienta.

–Oiga, pero en la radio dicen que los clientes no pueden llegar aquí.

–Pues quién sabe por qué, la verdad es que nunca hubo tanta gente.

¿Cómo explicar entonces que el líder de comerciantes de la ciudad de México diga que las pérdidas ocasionadas por el plantón magisterial suman 150 millones de pesos? ¿Cómo que, con la mano en la cintura y el mismo día, el dirigente nacional de la Cámara Nacional de Comercio cifre los daños en mil millones de pesos?

No que no haya enojo ciudadano ni mentadas de madre a claxonazos. Las hay, pero iguales a las de cualquier sábado Distrito Federal.

El ejercicio de autoridad y la disciplina gremial

La Cámara de Comercio de la Ciudad de México exige al gobierno del muy fotogénico Miguel Ángel Mancera un simple ejercicio de autoridad para desalojar el gran hotel que los maestros –la mayoría de Oaxaca– han instalado en el Zócalo.

Andar por las habitaciones de ese hotel es toda una proeza. En la esquina de Madero, un hombre que trabaja de estatua viviente, todo pintado de plateado, se queja: Todo está muy triste, no hay nada, dice, y le pasa la palabra al bolero que está a su lado: Pues sí, todo está abierto, pero asómese, no hay gente. Y además todas las personas por aquí andan estresadas, y cómo no, si esto es un pinche laberinto.

Como han hecho desde la década de los 80, los maestros tienden sus plásticos y hacen su colorido refugio temporal en la plaza mayor. Una diferencia es obvia: ahora todos traen tiendas de campaña, pequeños hongos bajo los techos de plástico. Cambian también los nombres de los adversarios, como se lee en un cartel pegado en todas partes: Rechazo total a la reforma de Peña Nieto.

En la esquina de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, agentes de la policía capitalina informan a los peatones que el Metro está cerrado. Son apenas dos uniformados. En las esquinas del plantón, los maestros han colocado pedazos de cartón con más detalles: Metro cerrado. Alternativas: Bellas Artes y Pino Suárez.

A un costado de la catedral está la sección asignada a los estudiantes del Centro Regional de Educación Normal de Oaxaca. Un grupo de muchachas charla alegremente mientras otras cocinan en braceros. Rechazan hablar para la prensa. Es otro de los cambios evidentes con las antiguas movilizaciones magisteriales. La disciplina gremial se impone y las muchachas remiten a la persona indicada que está allá, en la mesa central.

Pese a todo, algo dicen sobre el ambiente de intimidación laboral y el proyecto del gobierno de privatizar la educación. Si se incursiona en el laberinto de casas de campaña, pueden mirarse letreros que identifican la delegación sindical y el lugar de origen de los profesores. También, el nombre del documento que resume una de las contrapropuestas, en este caso de la sección 22 del SNTE, frente a la reforma del Pacto por México: el Proyecto estatal para la transformación de la educación de Oaxaca.

Media calle adelante, las tiendas de los maestros roban espacio a los vendedores de Internet gratis, de memorias para computadora, mallas térmicas y mangas tatuadas. Un hombre con bata blanca de médico se gana unos pesos. No mide la presión ni hace ningún otro examen clínico: lee las líneas de la mano, con una lupa.