Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 25 de agosto de 2013 Num: 964

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Dos estampas
Gustavo Ogarrio

Candados del amor
Vilma Fuentes

El gozo del Arcipreste
Leandro Arellano

El Rayo de La Villaloa
J. I. Barraza Verduzco

Mutis, el maestro
Mario Rey

Los trabajos de
Álvaro Mutis

Jorge Bustamante García

Mutis y Maqroll
Ricardo Bada

Leer

Columnas:
A Lápiz
Enrique López Aguilar
Jornada Virtual
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Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
Orlando Ortiz
Cinexcusas
Luis Tovar


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El gozo del
Arcipreste

Leandro Arellano

Un modo de gozar de la lectura del Arcipreste es no hacer demasiado caso a la crítica, pues si nos atenemos a lo que pregonan los especialistas como requisito en toda obra literaria, no vamos lejos. Bajo esas normas, la unidad no sería atributo de varios grandes autores. Un ejemplo antiquísimo es Los persas, de Esquilo, al que no faltó quien acusara porque la acción tiene lugar en la corte del rey persa y no en territorio griego. ¿Qué decir del Tristram Shandy, que contiene capítulos en blanco, encabezados sin texto, espacios cubiertos de tinta, además de abundantes puntos y asteriscos? ¿O de Jacques el fatalista, que desde el punto de vista narrativo y temático no es más que un conjunto de historias dispersas, un libro hecho a base de digresiones del autor, casi como si no tuviera propósito? ¿Y Chéjov? Se sabe que cuando escribía cuentos no pensaba en libros. La lista puede ser extensa.

En esa línea, un ejemplo mayor lo constituye el primer gran lírico de nuestra lengua, Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita. Su Libro de buen amor es todavía asunto de polémica entre estudiosos y especialistas. Porque dicha obra es, ciertamente, un complicado recorrido poético en el que el argumento lo va construyendo el protagonista mientras narra la historia de sus amores, y en el camino entremezcla sin misericordia verso y prosa, sentimientos religiosos y profanos, e intercala cuentos, fábulas y sátiras.

En coplas o estrofas invoca a la sagrada escritura y a Aristóteles, a Catón y a San Pablo, igual que intercala razones de amor y desamor con fábulas morales y reflexiones en rima sobre las consecuencias del vicio. También contiene una recopilación vasta de poemas sueltos y, como todo gran libro, va armando su trama mientras se halla en movimiento el personaje central.

Uno de los muchos estudiosos del Arcipreste, José María Aguado, en su Glosario sobre Juan Ruiz, propone la división del Libro en cinco partes, en tanto que Menéndez y Pelayo consideraba al menos ocho temas: una novela picaresca de corte biográfico, cuyo protagonista es el mismo autor; una colección de apólogos o “enxiemplos”, como los usados en El Conde Lucanor; una paráfrasis de El arte de amar, de Ovidio; la comedia latina medieval de Phamphilus parafraseada y en forma narrativa; el poema burlesco de la Batalla de don Carnal y doña Cuaresma; una colección de sátiras, indignadas unas, festivas o inocentes otras; una serie de poemas líricos, sagrados y profanos sobre una diversidad de asuntos, y cualquier cantidad de digresiones morales y ascéticas.

Todo eso encuentra el lector, además de un caudal de referencias profanas, que hacen del Arcipreste un precursor de La Celestina y El Buscón, de Cervantes y de La lozana andaluza. Y como otros grandes ejemplos de nuestra literatura, el Libro habría sido concebido y algunos de sus materiales fueron escritos en prisión. Según eso, el Arcipreste padeció cautiverio durante trece años por órdenes del arzobispo de Toledo, por razones nunca del todo aclaradas.

Adelantándose a Sancho, el Libro bien constituye un refranero popular. Uno de sus impresores (de 1913), Julio Cejador y Frauca, suma 281 refranes en el libro. Algunos ejemplos: “A mal hecho, rezo y pecho”. “El bien decir no cuesta más que la necedad.” “Los refranes verdad son.” “El que pregunta no yerra.” “El que pide no escoge.” “El estudio a rudos faze sabios e prestos.” “A pan de quince días, hambre de tres semanas.”

El Arcipreste no es sólo el primer gran poeta de la lengua castellana, sino también el más personal de la literatura medieval española. Con ser clérigo y hombre del Medioevo, asombran sus observaciones sobre el amor profano, así como su conocimiento de la mujer. Buena parte del Libro lo ocupa el diálogo del autor con Don Amor, y las respuestas y consejos de éste. En la respuesta que da Don Amor al Arcipreste, el autor anota las características que debe poseer la mujer amada y previene así al porfiado: “Guárdate que no sea vellosa ni barbuda;/ ¡de tal semidiabla el infierno te aparte!;/ si tiene la mano pequeña, delgada, y voz aguda,/ de mujer así, si puedes, apártate de buena gana.”

No falta quien asegure que el Arcipreste tuvo influencia de El collar de la paloma, de Ibn Hazm. Cierto es que el Libro abunda en aventuras amorosas. El Arcipreste se lanza a catorce episodios de ese género, con la ayuda de la Trotaconventos, un personaje que pronto tomará carta de naturalización en nuestra literatura. Y a partir del verso 950 Juan Ruiz sale a la sierra. Sin miramientos, el Arcipreste invoca a San Pablo para señalar que el hombre ha de probarlo todo. Las aventuras con distintas serranas son ocasión para la creación de las cantigas. Varias coplas de la Cantiga de la serrana nos las hacían recitar a coro en secundaria, luego de enseñarnos que la cantiga era una composición poética destinada al canto.

Era Juan Ruiz arcipreste ‒dignidad canóniga de una catedral‒, conocía el latín y a los clásicos y citaba recurrentemente a Ovidio. Aunque fue coetáneo del Infante Don Juan Manuel, sus estilos son asaz diferentes. Juan Ruiz tiene gran dominio de la antigüedad, pero el plasmar su propia experiencia existencial lo ubica en la modernidad. Habla a menudo de sí mismo a lo largo de su obra: “Yo, Joan Ruiz, el sobredicho Arcipreste de Hita...” Bien que Alfonso Reyes previene que no todo lo que cuenta el libro se ha de creer que le sucedió al Arcipreste, el humor que contiene es inusual en un clérigo, en España y en el siglo XIV.

Con todo lo rico y complejo que es el Libro, ni siquiera lleva un título impuesto por su autor. Mas deja en claro cómo se ha de interpretar: “De la mucha santidad es un gran doctrinal/ mas de bromas y burlas un pequeño breviario.” Julio Torri explica que buen amor debe entenderse en su connotación profana: amor que se conforma con las delicadas reglas de la cortesía.

Aún se disputan las fechas de su nacimiento y muerte, así como su lugar de origen. Lo que parece cierto es que nació en la segunda mitad del siglo XIII y debió morir en la primera mitad del siguiente. Válidas todas, son múltiples las interpretaciones que del Libro se hacen. Pero en literatura el estilo no es un atributo aislado de lo escrito, es lo escrito mismo, un reflejo del temperamento en las palabras. Por lo que de todas las cualidades del Arcipreste nos quedamos con la única que vale en literatura: la gracia.