Opinión
Ver día anteriorMiércoles 11 de septiembre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Fracking cerebral
E

n el año 1968 de nuestro Señor hubo grandes momentos de dicha. Los vietnamitas se llenaron de optimismo con la Ofensiva del Tet, y los castellanos de gozo con el advenimiento del infante Felipe de Borbón. Pero los argentinos cayeron en honda depresión luego de que en la disputa por el título mundial de los pesos pesados, Joe Frazier le asestó un perfecto knock out a la esperanza blanca nacional, Ringo Bonavena.

En el cuadrante de las ideologías, algunos giraban más y más a la izquierda para terminar, sin darse cuenta, en la derecha. Algo confundido, el presidente Enver Hoxha abandonó el Pacto de Varsovia, y pocos años después envió un saludo fraternal a los marxistas premanufactureros y preagrarios, que en la mitad del mundo inauguraron la Casa de la Amistad Albania-Ecuador.

¿Que la ocupación de Moscú en Checoslovaquia representó un conflicto ético para las izquierdas? Quizá. Pero León Tolstoi, Arnold Toynbee y José Stalin ya habían dado pruebas de cuán todopoderosa era la Santa Madre Rusia. O, más fácil: que desde la época de Pedro el Grande, ninguna sirenita occidental podía ponerse a cantar gratis en sus fronteras (¿Siria hoy?).

Los revolucionarios de la época tenían claro el origen de sus luchas y (sin proponérselo) tres películas denotaron la ética disímil que los animaba: Dios y el diablo en la tierra del sol (Glauber Rocha, 1964), 2001: odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) y una que llegó más tarde: Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972).

Las de Rocha y Tarkovski desbarataron el fracking cerebral de los astronautas de Kubrick, que en aquel misterioso monolito clavado en la superficie lunar (hecho de un material que resistía cualquier tipo de análisis de estructura) intuyeron el principio extraterrestre de nuestra civilización. ¿Y por qué no, de su origen?

Fracking es un término derivado de una agresiva tecnología petrolera de perforación, que puede ser extensivo para describir las trastornadas facultades de algunos intelectuales autopersuadidos de que ética y principios son sinónimos, confundiendo con liviandad el origen de ambos conceptos.

Por ejemplo, los que simpatizaban con la teología de la liberación (creyentes) razonaban como los astronautas (científicos): creían que la ética de Cristo y Marx eran iguales. Cuentos del 68 que, vaya uno a saber, inspiraron posiblemente el poema No me contéis más cuentos, de León Felipe, fallecido en México pocos días antes de algo que no fue cuento: la masacre de Tlatelolco.

Uno de aquellos, quizá el más puro y humilde pretoriano de la ética esencialista (que por definición es como la filosofía de Parménides, paralizante), viene desde hace años tergiversando el origen de los gobiernos progresistas de América Latina. Días atrás nuestro héroe publicó un artículo titulado “ Fracking progresista”, que le sirvió para conjeturar, sin más recursos que la ética, los alcances de la referida tecnología en la explotación petrolera de Argentina. Y de paso, pegarle al diario Página 12 de Buenos Aires que a más de corajudo es oficialista, añadiría un trosco dominical.

El texto empieza diciendo que la debacle ética antecede a la material (¡bien dicho!), añadiendo: “… para las personas de izquierda, la experiencia histórica podría servir de referencia e inspiración, pero sobre todo como impulso hacia la coherencia más allá de las conveniencias del momento, que de eso se trata la ética”. ¡Uf!, no… No se equivoca.

Sin embargo, eso de la experiencia histórica podría suscitar interrogantes políticamente desangelados. Porque si el oro de Moscú ya no existe (como en los 60)… ¿cómo se financiarían las políticas sociales en los países saqueados y empobrecidos por el capitalismo salvaje? ¿Entonando “… con los pobres del mundo quiero yo mi suerte echar”, en alguna escuelita liberada de ideologías totalitarias? ¿Y después qué? ¿Retornar a casa con la frente en alto, la ética a salvo, y desarmados de ideas?

El castísimo teórico agrega: La justificación ideológica de las deserciones de la ética son las peores consejeras, porque ensucian las ideas que dicen defender. ¿Alguna objeción? Hasta acá, todo bien. Pero cuando aceptó que lo entrevistara la revista argentina Ñ, perteneciente a un monopolio mediático cómplice del terrorismo de Estado, y que hoy bloquea en la Corte la aplicación de la Ley de Medios… ¿dónde dejó su ética?

Patético: observantes ideologistas de la primera hora, devenidos en observantes eticistas en las horas que les restan. ¡Viejos! Viejos que decidieron olvidar el origen de sus luchas, para decirnos ahora que sólo los buenos, los justos, los profilácticamente purgados de maldad, llevarán a buen puerto los cambios estructurales que reclaman nuestros pueblos.

La hidrografía política de América Latina muestra torrentes y riberas de variada intensidad y colores. Ríos donde algunos pueblos perfeccionan la democracia real. Ríos que en el día a día de nuestros días se libran múltiples y complejas batallas. Contra los piratas que disparan a las naves que surcan sus aguas y con la invalorable ayuda de los éticos que por miedo a cometer errores duermen con la conciencia en paz.