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De Bergoglio a Francisco: deslindes y continuidades
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n una entrevista concedida al diario italiano La Repubblica, el papa Francisco señaló que los jefes de la Iglesia han sido con frecuencia narcisistas, adulados por sus cortesanos, a los que calificó de la lepra del papado. Criticó el carácter vaticano-centrista de la curia romana, la cual se olvida del mundo que nos rodea, y ofreció hacer lo posible por cambiar esa visión.

Los señalamientos referidos dan cuenta de una inflexión entre el pontificado de Jorge Mario Bergoglio y los de sus antecesores inmediatos en el trono de Pedro, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger. Mientras los dos últimos no pudieron o no quisieron deslindarse de las inercias conservadoras que acompañaron sus respectivas carreras clericales, y fueron incapaces de impulsar los procesos de renovación y modernización que el Vaticano requiere con urgencia, el ex arzobispo de Buenos Aires ha arrancado su pontificado con una clara actitud de denuncia de algunos de los lastres y vicios más palpables de la jerarquía católica y ha investido a su apostolado de un ánimo reformista que ciertamente marca un deslinde respecto de sus propios antecedentes conservadores.

Según puede verse, este afán renovador trasciende el ámbito de las palabras, como lo demuestra el inicio de los trabajos de un consejo cardenalicio convocado por el propio Francisco –conocido como el G-8 Vaticano– que constituye, para efectos prácticos, un contrapeso al control que la curia romana ha ejercido históricamente sobre los pontífices y que, de acuerdo con el actual obispo de Roma, representa el inicio de una Iglesia con una organización no tan vertical sino también horizontal. Otro tanto puede decirse de la decisión adoptada por Francisco de hacer públicas las cuentas del Instituto para las Obras de Religión –conocido popularmente como Banco Vaticano–, una de las dependencias más severamente afectadas por escándalos de corrupción y complicidades delictivas, así como del compromiso de buscar un papel más relevante de las mujeres en la Iglesia.

Por lo demás, el arranque del papado de Francisco se ha caracterizado también por una continuidad saludable de pronunciamientos y actitudes de carácter social. Particularmente claro ha sido el mensaje de Bergoglio contra la frivolidad y el lujo habituales en las altas esferas del catolicismo y su prédica de austeridad, así como su crítica al orden económico y social imperantes: Pienso que el llamado liberalismo salvaje convierte a los fuertes en más fuertes y a los débiles en más débiles y a los excluidos en más excluidos, señaló el pontífice durante su charla con La Repubblica.

Es verdad que Francisco mantiene una defensa inercial de las posturas tradicionales de la Iglesia ante temas como el aborto, así como algunos de los reflejos autoritarios que caracterizaron a sus antecesores. Pero sería injusto no reconocer que lo sustancial de su papado ha apuntado hasta ahora a una renovación, o por lo menos a una moderación, de aspectos nodales de la burocracia clerical que han hecho un gran daño a la Iglesia católica. Dicho viraje –en conjunto con la apertura a los desarrollos civilizatorios de la vida contemporánea y una actitud congruente de su jerarquía con los valores que predica– es una de las condiciones principales para que el catolicismo pueda volver a acercarse a sus fieles y recupere la autoridad moral perdida en las últimas décadas.