Sociedad y Justicia
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Subir 30% el precio reduciría en 10 años prevalencia de sobrepeso en 29%: INSP

Positivo, aprobar un impuesto a refrescos, admite Mercedes Juan

Más de 40 estudios han demostrado la asociación entre consumo de fructosa y desarrollo de enfermedades crónicas, se dijo en el foro que busca que los legisladores graven las bebidas

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En México y Estados Unidos hay un problema común: las etiquetas no informan si contienen azúcar o fructuosa, se dijo en el foro Los daños a la salud por el consumo de refrescoFoto Roberto García Ortiz
Ángeles Cruz Martínez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 9 de octubre de 2013, p. 41

La titular de la Secretaría de Salud (Ssa), Mercedes Juan, opinó que la aprobación de un impuesto a los refrescos sería positivo, pues habría más dinero para los programas de combate a la obesidad y la diabetes. En tanto, especialistas señalaron que más de 40 estudios han demostrado la asociación entre el consumo de fructosa –endulzante presente en el azúcar de caña y más en el jarabe de maíz de alta fructosa– y el desarrollo de enfermedades crónicas.

Kimber Stanhope, investigadora de la Universidad de California, también recordó que la fructosa es el principal ingrediente de los refrescos y que su consumo promueve el desarrollo de dislipidemia, resistencia a la insulina y grasa en la cavidad abdominal.

Durante el foro Los daños a la salud por el consumo de refresco, organizado por la Alianza por la Salud Alimentaria como parte de las actividades que tienen como finalidad que los legisladores aprueben la aplicación del gravamen a las bebidas azucaradas, la experta señaló que en México y Estados Unidos hay un problema común: las etiquetas de los refrescos no informan si contienen azúcar o fructosa. Esta última proporciona mayor cantidad de endulzante y es de mayor riesgo para el desarrollo de padecimientos, indicó.

Al respecto, Alejandro Calvillo, director de El Poder del Consumidor, dijo que en el país la industria refresquera sustituyó el azúcar de caña por la fructosa de maíz, de tal suerte que dos tercios del endulzante que contienen los refrescos que se venden en México, proviene de dicha sustancia.

En una explicación más detallada sobre los efectos que tiene en el organismo el elevado consumo de bebidas azucaradas, Marcia Hiriart, directora del Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), aseveró que además de la grasa abdominal, estos productos generan citocinas, las cuales, a su vez, estimulan las células beta donde se fabrica la insulina.

Esta hormona tiene la función de hacer que la glucosa sea aprovechada por el organismo, como energía, pero con el tiempo y el excesivo consumo de dulce, las personas desarrollan resistencia a la insulina y el agotamiento de las células beta que se originan en el páncreas. El resultado de este desequilibrio es el desarrollo de diabetes tipo 2, considerada ya como una epidemia por la Organización Mundial de la Salud.

Evidencia científica contundente

La experta recordó que el sobrepeso y la obesidad es un problema grave de salud y en México afecta a 70 por ciento de los adultos. Subrayó que la evidencia científica es contundente en cuanto a la relación entre consumo de azúcar y aumento de peso corporal de las personas, así como del riesgo de padecer diabetes.

Respecto de la posibilidad de aplicar un impuesto a los refrescos, Tonatiuh Barrientos, investigador del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), comentó que con base en un modelo matemático desarrollado por la UNAM y el Instituto Tecnológico Autónomo de México, que si el gravamen se estableciera en 20 por ciento, contribuiría a reducir a 214 mililitros el consumo promedio de estas bebidas y se reflejaría en una disminución de 12 por ciento del sobrepeso y la obesidad en 10 años. En cambio, un gravamen menor, de 10 por ciento, ayudaría a bajar la ingesta y una década después habría un impacto en la prevalencia del exceso de peso corporal de 6 por ciento.

El mayor efecto se lograría con una medida fiscal equivalente a 30 por ciento del precio de los refrescos, pues los consumidores de mayores cantidades diarias –882 mililitros– las bajarían a más de medio litro y en 10 años la prevalencia de sobrepeso y obesidad se reduciría en 29 y 23 por ciento, respectivamente.