Opinión
Ver día anteriorDomingo 20 de octubre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tocando fondo
L

os tambores siguen tocando y ahora no sólo se defiende a la clase media que cubre a los que ganan hasta tres millones de pesos, según dijo la mañana del viernes uno de sus próceres, sino a las mascotas que, pobres de ellas, tendrán que emigrar al atún desde las ahora prohibitivas croquetas. Con la eliminación del IVA a las colegiaturas se evitó que la caída clase mediera fuera más pronunciada, se dice, pero junto con ella lo que parece haberse impuesto es una revisión más que generosa de la revisión propuesta al régimen de consolidación fiscal, que ha favorecido a las grandes empresas y lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos, según el evangelio de los templarios de la Coparmex y del Consejo Coordinador Empresarial.

Todo un espectáculo. Un zoológico de nuestras fantasías que se vuelven pesadillas cuando hacemos las cuentas de haberes y deudas públicos y caemos en otra cuenta: que no somos los dueños del mercado internacional del crudo y que jugar con sus precios futuros para fines presupuestarios puede llevar a emergencias indeseables, recortes intempestivos y sobre la marcha, que sólo podrían conjurarse con un concepto de banca central del todo distinto del que el lunes celebraron rumbosamente los miembros jóvenes y viejos de la self recruiting class, como la llamara el maestro Emilio Mújica.

Total: que la proeza conceptual detrás de la reforma tributaria podría quedar no sólo mermadita, sino trunca y contrahecha, sobre todo si las ofertas edulcorantes del secretario de Hacienda ante los cúpulos invitados a celebrar al Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), se traducen en política económica contante y sonante. Eso de ser prudentes con el manejo contra cíclico no suena a promesa, sino a amenaza.

Los avances, tímidos pero indudables, de la propuesta del gobierno, en temas como la progresividad en el impuesto a la renta de las personas físicas, el gravamen a las ganancias de capital en bolsa o el abandono, condicionado pero alentador, del mandamiento del déficit cero, han quedado sepultados por la cacofonía mediática y no harán mella en los convencidos de que todo impuesto de más no hace sino aumentar el latrocinio. Tampoco habrá habido tiempo para encaminar la opinión pública a asuntos fundamentales pero muy complicados, como el del gasto del Estado, su evaluación, control, monto y composición.

Lo sustancial de una reforma hacendaria está ahí, por un lado en la progresividad y justicia tributaria pero, por otro, en la calidad y cuantía del gasto público. No son equivalentes ni homologables, pero la demagogia facilista se echó a andar y a ver quién la para: nada de impuestos hasta que no se demuestre que se sabe gastar, dicen unos hombres y mujeres justos de la ribera derecha. Nada de cobrar ni de gastar hasta que no se eche del templo a los herejes y fariseos, incontenibles en su avidez e incuria, se advierte desde el monte izquierdo.

De mañana, escucho otra versión de esta ola libertaria que nos trae el libre comercio: la reforma fiscal del gobierno nos regresa a un gobierno que se instala por encima de la sociedad, como factótum de la política económica, como en el desarrollo estabilizador. Pobre liberalismo éste, si no tiene más destino que emular al tea party estadunidense o a los pobladores de los bosques de Estados Unidos que se preparan para asestarle el golpe final al Leviatán gringo.

Triste final de esta primera entrada reformista. Para algunos, no es sino el final de una empresa que no se supo vender a tiempo y en forma, no quiso o no pudo convencer, no se atrevió a anteponer el atreverse, como decía Mao. Pero bajo cualquier hipótesis, sea cual sea o vaya a ser el desenlace, lo que queda es un gobierno débil en un Estado vulnerado no sólo en sus finanzas, sino en lo que las sostiene: los acuerdos en lo fundamental que dan sentido y carne a la legitimidad y a la gobernanza.

Ninguna de estas fallas geológicas, expresión inequívoca de un sistema político destartalado, se va a subsanar con la venta de garaje que proponen los empleados y voceros oficiosos de las grandes petroleras del mundo. Para que algo como esto pudiera funcionar, habría que hacer lo contrario de lo que proponen: fortalecer a Pemex y no debilitarlo; convertirlo en jugador de clase mundial para producir, vender e invertir, contratar y elegir tecnología y formas de gerencia, en vez de despojarlo de esos atributos para trasladarlos a fantasmales comercializadoras y fideicomisos bajo la tutela del gobierno o el secretario en turno.

En la orden del día para la reconstrucción y fortalecimiento del Estado debía estar una deliberación comprometida del Congreso y la sociedad en su conjunto, que nos permitiera exorcizar la precipitación y la dictadura del corto plazo, para poner orden en una seudoeconomía política que justifica todo, en especial la parálisis política so capa del predominio y astucia de los llamados poderes fácticos.

Pero primero es lo primero: ¿se quiere contar con un Estado habilitado para navegar en mares profundos y agitados? ¿Queremos y podemos decidir un rumbo y trazar la ruta para arribar a puerto? Después de este carnaval regresivo, en patético homenaje a Poujade o, peor, a los pioneros del fascismo corriente, hay que empezar con la duda… y dudar de los que no dudan, como aconsejó Unamuno.