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Sociedad y cultura en el siglo XX, según Hobsbawm
M

agna última obra de Erik Hobsbawm, Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo X X. (Editorial Planeta, México, 2013), da cuenta del estado de la cultura y el arte de la sociedad burguesa, una vez que ésta se desvaneció, con la generación posterior a 1914, para no regresar jamás. Escrita mayoritariamente a partir de conferencias impartidas en el Festival de Salzburgo, Austria, entre 1964 y 2012, el historiador sostiene que pese a la globalización actual, el gran arte sigue siendo eurocéntrico, modelado en lo esencial en la Europa decimonónica, “que creó no sólo el canon fundamental de los clásicos –sobre todo en cuanto se refiere a la música, la ópera, el ballet y el teatro–, sino también en muchos países, el lenguaje fundamental de la literatura moderna.” Este es el mundo que el autor denomina civilización burguesa europea, que le tocó vivir en su juventud, que se impone en el siglo XIX y se expande en el ámbito mundial por la vía de la conquista, la superioridad técnica y la globalización económica.

Se reflexiona de manera realista sobre la situación de las artes al principio del nuevo milenio, que no podemos comprender si no nos remontamos al mundo perdido de ayer. Se responde a la pregunta: ¿Cómo pudo el siglo XX afrontar la descomposición de la sociedad burguesa tradicional y los valores que la mantienen unida? Se observa el impacto de las ciencias del siglo XX en una civilización que, por muy entregada que estuviera al progreso, no podía comprenderlas y se veía socavada por ellas.

Cierra el texto con capítulos que refieren a la necropsia del artista y la cultura, utilizando la metáfora del caballo, noble animal que fue indispensable para la vida corriente, que hoy ha sido sustituido por el automóvil, el tractor y otras máquinas, y sobrevive como un bien de lujo. La situación que viven las artes en el siglo XX es análoga.

El último capítulo trata de responder a las razones y vicisitudes del surgimiento y permanencia del mito del cowboy de Estados Unidos, que se ha propalado universalmente.

El recorrido temático y el abordaje minucioso de los contextos que determinan el estado de las artes y la cultura de la sociedad burguesa son extraordinarios, y hay que reconocer la genialidad de Hobsbawm, su singular sentido de la crítica y la observación profunda. No obstante, desde de las miradas del mundo periférico, se deja sentir el peso del eurocentrismo y el occidentalismo, que el propio autor reconoce y critica en muchos de los capítulos.

Por más que es una realidad que Europa y Estados Unidos imponen su hegemonía cultural en el resto del mundo, es notable la ausencia de un análisis más allá de lo producido en las metrópolis capitalistas: el intento siquiera por identificar algunas influencias y entrecruzamientos culturales del nuevo mundo en la vieja Europa que desarrolla el capitalismo durante los siglos XIX y el XX; las aportaciones, por lo menos secundarias del mundo árabe, Asia o África. Podría sostenerse, en defensa del autor, que el tratamiento de estos temas no constituye el objetivo de su trabajo, pero entonces habría que especificar, incluso en el título de la obra, que ésta hace referencia a la sociedad y a la cultura… europea y estadunidense.

También, aunque el autor se fundamenta en un concepto de cultura no antropológico, y en esa dirección se trata de la alta cultura, por definición elitista, uno se cuestiona: ¿las clases subalternas europeas fueron omisas en el desarrollo de ese mundo de las artes que construyó la sociedad burguesa durante los siglos XIX y XX? ¿Fueron sólo receptáculos pasivos de acciones y determinaciones de las clases dominantes?

Asimismo, salvo alusiones tangenciales y casi siempre satanizadas a lo que derivó en el estalinismo, tampoco se profundiza debidamente en las aportaciones culturales del cataclismo social que representó la Revolución Rusa de 1917 ni se hace mención a la contribución decisiva de la Unión Soviética en la derrota del fascismo, el que constituyó en el terreno cultural la expresión misma del antintelectualismo, el saqueo y la destrucción de obras de arte y el aniquilamiento de una generación de creadores.

Por último, para un historiador de la talla de Hobsbawm es sorprendente que en el análisis del mito del cowboy no se mencione el contexto histórico específico del expansionismo estadunidense sobre los territorios de los pueblos indios, el viejo imperio español y la naciente República de México, contra la que lleva a cabo una guerra de conquista, acompañada de las ideas del destino manifiesto.

El Lejano Oeste no era un espacio vacío de una frontera sin límites, ni el mito del vaquero estadunidense fue una reacción racista sólo por la presencia creciente de inmigrantes: históricamente el enfrentamiento contra mexicanos e indios, y la práctica de su linchamiento, eran cotidianos desde la terminación de la guerra mexicana en 1848. Habría que recordar que de-sesperados de esos años, como Billy the Kid, en los territorios que fueron mexicanos, marcaban en sus armas con una raya el número de muertos que llevaban en su carrera como pistoleros, sin contar a los mexicanos. También, es necesario tomar en cuenta la aparición de los primeros revólveres Colt en 1838, que cambiaron la correlación de fuerza en el enfrentamiento del anglo con indios y mexicanos, quienes eran proyectados en las dime novels como traicioneros y cobardes por el uso magistral del cuchillo. Américo Paredes, Carey McWilliams o Rodolfo Acuña dan cuenta con mayor rigor de la historia y el mito del cowboy, su origen directo a partir del vaquero mexicano y su relación estrecha con la confrontación y el racismo de los anglos hacia la población india-mexicana.

Con todo, el libro es indispensable para comprender los temas expuestos y estas críticas no demeritan la contribución postrera de quien podemos divergir, pero siempre valorar como uno de los grandes pensadores de nuestra época.