Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 17 de noviembre de 2013 Num: 976

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Scerbanenco,
el escrutador

Ricardo Guzmán Wolffer

Para desmitificar a
Gabriela Mistral

Gerardo Bustamante Bermúdez

Else Lasker-Schüler: tan compuesta y a deshora
Ricardo Bada

Molotov: una bofetada
fiera y perfumada

Gustavo Ogarrio

Pushkin: trueno de cañón
Víctor Toledo

Bailar La consagración
de la primavera

Norma Ávila Jiménez

Leer

Columnas:
A Lápiz
Enrique López Aguilar
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
Orlando Ortiz
Cinexcusas
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La Jornada Semanal

 

Orlando Ortiz

Un incidente decimonónico

El asunto del espionaje al otrora candidato del PRI a la Presidencia de la República y a otros mandatarios latinoamericanos, por parte del gobierno yanqui, trajo a mi memoria algo que leí hace tiempo. La anécdota la narra don Carlos María de Bustamante en El nuevo Bernal Díaz, o sea la historia de la invasión de los angloamericanos en México.Ocurrió en Las Delicias, acuoso recinto que contaba con cinco estanques, dos de ellos destinados a los hombres, uno para las mujeres y otros dos para caballos. El caso fue que el barón Alleye de la Ciprey, funcionario de la legación francesa, ordenó a dos de sus sirvientes que llevaran su cabalgaduras a los mencionados baños; ahí, uno de los pencos le pisó la cola a un perro que reaccionó furioso y le mordió una pata a la bestia; los criados la emprendieron contra el can; el personal del establecimiento salió en defensa del perro y se armó la gorda, hasta que llegó el encargado y puso orden; pero al retirarse los mozos del barón se negaron a pagar alegando que por atender al corcel herido no bañaron los otros. Hubo alegato y dejaron en prenda uno de los equinos.

Los fámulos, a su manera contáronle a su patrón lo ocurrido, que, indignado, armó una expedición punitiva contra Las Delicias, acompañado de los secretarios de la legación, algunos amigos y los lambiscones que nunca faltan.

De nuevo se armó la tremolina, misma que se acentuó porque los curiosos se burlaban de los desfiguros que realizaba el gabacho. Intervino la policía y, según apunta con sorna, ya no recuerdo si Bustamante o don Artemio del Valle Arizpe, poco faltó para que se iniciara otra “guerra de los pasteles” (ocurrida poco antes). No llegó a tanto el incidente, pero la furia del diplomático francés no desapareció; iracundo por algunos escritos burlones aparecidos en la prensa, y que según él eran de la autoría de don Mariano Otero –a la sazón jefe de policía y alcalde de la ciudad–, le escupió  la cara y le soltó un bastonazo que Otero detuvo antes de que le partiera el cráneo y le asestó un puñetazo al franchute, que intentó de nuevo agredir al creador de la Ley de Amparo en nuestro país. Adoptó la actitud de ofendido y retó a duelo a don Mariano, se nombraron los padrinos y no llegó la sangre al río gracias a la intervención del conde José Gómez de la Cortina.

Aprovecharé el viaje para hablar un poco de los ahora en vías de extinción “baños públicos”. Se tiene noticia  de que los más antiguos, con licencia expedida en 1743, se ubicaban en la Cerrada de la Misericordia, misma que me ha sido imposible situar. Pero es en el XVIII e inicios del XIX cuando, en Ciudad de México, comenzaron a establecerse los baños públicos, denominado “placeres”, aunque todo parece indicar que solamente se destinaban a los placeres de la higiene y limpieza del cuerpo.

Las albercas se establecieron más tarde y, por las descripciones que he leído, al menos una de ellas, la afamada Alberca Pane, tenía instalaciones fastuosas, con jardines, fuentes, baños de regadera, pozas diversas, y detalles con reminiscencias orientales. Las más notables eran las albercas Blasio y Osorio, además de la ya mencionada Pane, y las tres se localizaban “en las afueras”, es decir, casi en el vértice del Paseo de Bucareli y Reforma. (Por donde antes se encontraba El Caballito y ahora está El Caballote.) Los tres establecimientos satisfacían sus necesidades con el agua que extraían de pozos artesianos, misma que era muy blanca (tal vez hayan querido decir, transparente), brillante y tibia.

No entraré en los detalles ni en los rituales de este tipo de higiene y diversión; porque vale apuntar que en el área de estos baños, los cronistas consignan que en primavera y verano la concurrencia era enorme y, como es nuestra muy mexicana costumbre: donde hay muchedumbre se arma una verbena, con fondas, restaurantes, antojitos en changarros improvisados, vendedores de todo tipo de cosas, música y desmadre, eso sí, todo en los límites de lo moral y las buenas costumbres. Dicen, aunque es de poner en duda.

Sin embargo, debo consignar que las albercas estaban en “las afueras” y se llegaba a ellas en ferrocarril y posteriormente en tranvías que establecieron la ruta “Baños”. La puntualización obedece a que los baños públicos más antiguos se localizaban en el centro de la ciudad. Había niveles, o mejor dicho, categorías en tales establecimientos, según la clase social a la que perteneciera el bañista. Pero también según la especie, porque, como ya vimos, había baños para los caballos.