Opinión
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Tlalpan: ¿hay pinturas?
Teresa del Conde
E

l Taller de Arte Contemporáneo (Taco) desde hace varias semanas se ubica en una casa del centro de Tlalpan, admite exposiciones inopinadas o ineesperadas y se imparten allí clases principalmente de grabado; se organizan discusiones con artistas, críticos de arte y promotores, conferencias sobre diversos temas en torno a las especificidades artísticas y además su director Sergio Ricaño, quien cuenta con una mesa colegiada, manifiesta mantener vinculación con las autoridades culturales de la delegación. Lo cito: La secretaría de cultura de la delegación ha permitido a Taco mantener una participación en las actividades artísticas. Se han mostrado proclives a buscar asesorías que permitan mejorar el perfil de los recintos culturales.

Una de tales incursiones, no la única pero sí la más conspicua, tiene lugar actualmente en el antes llamado Museo de historia de Tlalpan, que nunca ha funcionado como tal, sino más bien como Centro Cultural con recinto para exposiciones. Es una amplísima residencia con jardines en el centro de Tlalpan, conocida como La casona, enorme inmueble con varias crujías, una de las cuales se ha acondicionado y remodelado a fondo como galería de exposiciones.

Este digno espacio es lo suficientemente amplio como para presentar una colectiva de varios participantes, profesionalmente museografiada, sin atiborramientos que impidan la adecuada apreciación de las obras, resulta también apto (y se ha empleado así antes, pero no en las buenas condiciones actuales) para exposiciones individuales.

La actual se titula Coordinadas compartidas, obedece a una curaduría, pero sobre todo a la anuencia y entusiasmo de quienes la integran: Maribel Portella, Franco Aceves Humana, Francisco Castro Leñero, el propio Sergio Ricaño, Alain Villavicencio, Elisa Lemus , Ernesto Morales y Eric B. Meyer.

De Maribel es una instalación a techo titulada Cúmulos, no es un trabajo ex profeso, ya antes se había exhibido, pero aquí luce al máximo como si se hubiera realizado específicamente para tal sala. Es el único de los trabajos que no resulta susceptible de leerse como pintura, pues aunque esté realizado en papel, es un tridimensional monócromo, en extremo atractivo y me interesa señalar su condición en vista de las discusiones que se han dado recientemente respecto a posible curaduría de la Bienal Tamayo. En efecto, la pintura puede no ser bidimensional, pero funcionar como pintura, tal y como acontece con la atrayente instalación de Franco Aceves: varias piezas estratificadas un poco siguiendo el pattern constructivo de Frank Stella, El túnel del tiempo consiste en placas de acrílico cortadas con láser, su impecable técnica tiene mucho que ver con el buen efecto que provoca el conjunto y si bien el artista ha manejado las diferentes piezas como obras individuales, es la instalación la que provoca una visión de muy alto impacto colorístico.

La participación que depara Francisco Castro Leñero es un ejemplo típico de clasicismo contemporáneo reflexionando sobre su propia estructura, la comparación entre un conjunto y otro permite discernir que el trabajo de Franco Aceves resulta susceptible de ser considerado a nivel pictórico aunque las piezas aisladamente no sean pinturas.

De modo distinto, lo mismo ocurre con Espuma, de Ernesto Morales, una instalación configurada a partir de pequeñísimas piezas de cartón comprimido pintadas con esmalte de dos colores y expandidas, como un estallido, a lo largo y ancho de la mampara. Aquí es su expansión sobre el plano lo que trae como consecuencia su percepción pictórica y dibujística y cada pieza aislada es sólo un minúsculo elemento. La única obra con la que participa Elisa Lemus, que es en realidad un tejido en tafeta en diferentes tonalidades y texturas en oscuros y claros, orna o puede disfrutarse como pieza bidimensional adherida a un muro, no es propiamente un tapiz, pues no puede colocarse en un mueble o en el suelo, no admite la superposición de otro objeto o adminículo encima de lo que en sí depara, no se exalta su calidad textil, es como un bello relieve en tela.

Ricaño participa con monotipos de su especialidad, retomando temas que van entre el pop y un kitch totalmente asumido y el joven Villavicencio es un cumplido pintor que persigue el óleo sobre tela, la mejor de sus piezas, con afortunada apariencia inacabada es Videódromo y sus pequeñas pinturas, todas figurativas, van alcanzando niveles de perfección dentro de ese medio tradicional.

Si bien la exposición que he intentado reseñar me esclareció ciertas cuestiones, no experimenté entendimiento en la exposición individual del sonidista Jorge Borja Basante en honor de Dámaso Pérez Prado presentada en la Casa Taco. Se trata del posible resurgimiento de un ícono mediante la puesta en escena de un culto mudo, transmitido a través de elementos gráficos, tipográficos y de objetos coleccionables en tianguis. Con sonido sería otro el resultado.