Política
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Lecciones del caso Prestige
Iván Restrepo
J

usto al cumplirse 11 años de la mayor tragedia ambiental ocurrida en España (el 13 de noviembre del 2002), el tribunal que debía castigar a los que la causaron no encontró responsabilidad penal de nadie por delitos contra el medio ambiente, daños en espacios naturales protegidos y daños económicos calculados en casi 5 mil millones de euros. La conclusión también priva a los damnificados de indemnización pues no se puede exigir responsabilidad civil a nadie.

Un poco de historia: el barco Prestige derramó 63 mil toneladas de petróleo frente a las costas de Galicia generando 170 mil 700 toneladas de residuos, lo que llevó a suspender las actividades pesqueras durante seis meses, con los consiguientes perjuicios para miles de personas. Los vertidos del Prestige afectaron 3 mil kilómetros del litoral y contaminaron mil 137 playas; 450 mil metros cuadrados de superficie rocosa resultó impregnada de chapopote, 526 toneladas de petróleo quedaron en los fondos de la plataforma continental; mató de 115 mil a 230 mil aves marinas y afectó todos los ecosistemas costeros. El área con daños se extendió desde la costa de Galicia hasta cl canal de la Mancha, el litoral cantábrico español y el de 240 municipios franceses.

¿Quién debería pagar por lo ocurrido? El tribunal sostuvo que no había responsabilidad civil alguna en la tragedia, por lo que el Estado español queda exento de cualquier pago. El petrolero tenía una póliza de seguros de mil millones de euros. La compañía de seguros asumió el pago de los abogados de los capitanes del barco para garantizar su absolución y, de paso, librarse de cubrir las indemnizaciones. La resolución deja sin cubrir los gastos por combatir el impacto de la marea negra que tiñó la costa así como los daños ocasionados por la propia catástrofe. Lo anterior pese a que la sentencia considera que el Prestige obligó al Estado español, a la Xunta de Galicia y al Estado francés a erogar unos 580 millones de euros, y que dejó ingentes daños y perjuicios a empresas y particulares.

El tribunal justifica que no se condene a nadie como responsable civil de “las graves consecuencias económicas del vertido de petróleo del Prestige porque se refieren a los daños por un delito por el que no ha sido condenado nadie. Y al no haber responsables, no ha lugar a reclamación”. Es decir, los daños no existen. Sólo castigaron con nueve meses de cárcel al capitán de esa chatarra flotante, Apostolos Mangouras, de 77 años, por desobediencia grave a la autoridad. Pero el tribunal aclara que él no causó los daños y perjuicios derivados del vertido. Kafka en todo su esplendor.

Los damnificados de España y Francia, la opinión pública, los científicos y las autoridades de las áreas costeras afectadas en ambos países han presentado su inconformidad por los términos de la sentencia y exigen que los dueños del barco y demás implicados en la tragedia paguen los casi 5 mil millones de euros que costó combatir el derrame y las pérdidas económicas y ambientales ocasionadas.

El juicio por el mayor delito ambiental que ha sufrido España termina como si el Prestige nunca hubiera existido. Sienta un grave precedente y deja en la impunidad la actitud del gobierno de entonces, presidido por José María Aznar, que nunca reconoció la realidad de la marea negra. Ahora su partido, nuevamente en el poder, lo arropa. Dice que la actuación del gobierno fue correcta y adecuada. Aznar agrega que con la sentencia quedó al descubierto la gigantesca operación de manipulación contra él. También se protege al actual presidente, Mariano Rajoy, que era el vicepresidente y minimizó la tragedia.

Como bien dice el columnista Manuel Rivas, bienvenidos a la prehistoria de la injusticia ambiental. El barco es el culpable de todo lo que pasó. Pero además, se trata de una oportuna advertencia de lo que en México puede ocurrir cuando las trasnacionales petroleras tengan vía libre para sacar, trasladar y comercializar el oro negro. En tanto a 250 kilómetros de la costa y 3 mil 500 metros de profundidad, reposan desde noviembre de 2002 los restos del Prestige, partido en dos. En su interior aún quedan 20 mil toneladas de petróleo.

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