Opinión
Ver día anteriorMartes 24 de diciembre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Melón

Cien años

E

n 1928 llegó a Veracruz la primera agrupación cubana organizada con el nombre Son Cuba de Marianao, entre sus integrantes estaban dos hermanos, Arsenio Núñez y el Neno, de quien no recuerdo el nombre, pero lo conocí en Mexicali. Arsenio fue integrante muchos años de la orquesta de Arturo Núñez (no había parentesco).

Otro que tuve el gusto de conocer y tenerlo como compañero en Los Ángeles, California –espero que aún esté con vida–, se llama Eulalio Ruiz de Mantilla, familiar de uno de los integrantes del dueto Los Compadres. Puede decirse que aquí, con estos señores, se inicia la historia del son cubano en México.

Esto fue el preámbulo para platicarle, mi querido bonkó, de la historia viviente de lo que ahora llaman salsa, su nombre: Julio del Razo Tejeda, quien el día 20 del presente cumplió años, si no estoy equivocado son 100, o como dijo Raúl Velasco, aún hay más.

Para mí, Julio es la historia viviente del son cubano en nuestro país, ya que fue testigo de la llegada del Son Cuba de Marianao a su natal Veracruz, y ha hecho de todo dentro del son. Entre sus logros están 20 años con Dámaso Pérez Prado y, de alcance internacional, seis años en Europa, 11 viajes a Japón, giras a Sudamérica, en fin, todo un señor del son.

Debo reconocer que lo de salsa ha hecho que los jóvenes piensen que el son cubano es algo nuevo y lo único novedoso es el nombre. Pero, esto ya se usaba hace mucho tiempo. Remontémonos a la composición de Ignacio Piñeiro, Échale salsita, a las exclamaciones de Machito, ¡más salsa que pescao!, y al programa de radio en Venezuela, La hora de la salsa, y a que lo que llaman salsa utiliza en su estructura el montuno, el mambo y un segundo mambo con el nombre de moña. Así que, ¿dónde está lo que caracterizaría a la salsa? Y, ¿dónde está lo novedoso?

Si nos ponemos a buscar exhaustivamente en el repertorio de lo que hoy está de moda encontraremos que hay muchos números que han tratado de revivir y han ocultado lo que figuras como Tito Puente y Mario Hernández, por nombrar dos, expresaron en su momento. Tito dijo que la única salsa que conocía era la que le ponía a las papas fritas, o sea, catsup, y antes de que Santana grabara Oye como va, Tito Puente, en 1963, ya lo había hecho.

Hace unas noches Sergio Sarmiento, desde Mamá Rumba, por el Canal 13, quiso dar una conferencia sobre salsa, resultando ser más papista que el papa, enseñando el cobre y no tener idea de lo que verdaderamente encierra esta expresión a la que ha prostituido tanto seudo conocedor, que ha engañado impunemente al respetable con tanta etiqueta, como lo de salsa en línea.

Hace muchos años a esta música en las etiquetas de los discos se especificaba de qué ritmos se trataba y por desgracia se le consideraba inferior. A los que la interpretaban les dedicaban numerosos adjetivos, por supuesto, despectivos, pero eran soneros que hicieron una labor digna de elogio, porque aquí por la cocina no pasaba nadie, y entre cubanos y mexicanos que los había muy buenos, que digo buenos, ¡magníficos! El son nacional tuvo exponentes extraordinarios, lo que aquí se grababa era material de exportación.

Ojalá que Sony, que posee el acervo de RCA Víctor, se interesara en sacar a la venta estas verdaderas joyas para que los nuevos aficionados tengan la oportunidad de darse cuenta del engaño que han sufrido a manos de los advenedizos seudoconocedores, que tratan de pontificar y no hacen más que enseñar su ignorancia. Los que ignoraron, vilipendiaron, minimizaron esa época, no saben lo que perdieron. Si ahora se maravillan con la salsa, en aquel entonces lo que había era guacamole, la más fina de nuestras delicias, porque tener a Miguelito, Vicentico, Benny, Cheo Marquetti, Antar Daly en persona, con grabaciones de Cascarita, pues, él llegó hasta 1960. Y, por el lado nacional, Tony Camargo, Lalo Montané, Cabezón Téllez, Lara, Panchito Morales, Chato Flores y, por supuesto, Julio del Razo, al alcance de todas las noches e, incluso, tardes, de la semana, era un agasajo. Esto, dentro de las posibilidades de todos los bolsillos, en un México divino donde usted, monina, podía recorrer la ciudad caminando y tener muy mala suerte para ser asaltado. Le deseo lo mejor de lo mejor. ¡Chévere!