Política
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Los libros de la historia
Gustavo Duch Guillot*
C

apítulo 3. Vida

Así se explica en los libros de historia que estudian nuestros nietos y nietas. Las mejores páginas se reservan para hablar de aquellos momentos de adelantada lucidez, que 10, 20 o 30 años antes, sólo somos capaces de presentir.

“Cuando la sociedad capitalista del libre mercado buscaba entre las venas de la Tierra, como un vampiro, las últimas gotas que le permitieran sobrevivir algunos segundos más en su crecimiento perpetuo e imposible, aparecieron, en su línea alba, en el ombligo de nuestra madre, en su ecuador, dos señales, dos poderosos reflejos de un pensamiento humano que finalmente comprendió que la dominación de la naturaleza era un gesto torpe, insensato y machista que empobrecía nuestra existencia, que afeaba los días y las noches, que rompía relaciones y armonía, que, en definitiva, imposibilitaba la vida.

Dos instantes para reaprender que la riqueza de la vida es la vida misma.

Capítulo 2. Muerte

Fueron muchos años de construcción de un diálogo profundo y sereno, como esos pequeños y antiguos insectos alados que, antes de volar sobre canales y estanques los días de verano, han pasado tres o cuatro años bajo el agua, en fases juveniles, preparándose para el gran momento. Así nacieron, como un ser de dos cabezas, dos vibrantes propuestas que, igual que les ocurre a las efímeras, quisieron finiquitar antes de la siguiente puesta de Sol.

La incorporación de los derechos de la naturaleza en la Constitución de Ecuador y la decisión de no explotar el petróleo que habita bajo el Parque Nacional del Yasuní, al poco de haber alzado su vuelo quisieron ser aplastadas por un manotazo patoso y avaricioso de un presidente llamado Correa. Algunas cabeceras de prensa, al explicar su decisión de abrir pozos en el Yasuní, titularon, sin saber que acertaban, que ambas iniciativas ya han pasado a la historia.

Capítulo 1. Nacimiento

Fue en el último instante, se agotaban los tiempos y parecía que no habría consenso para incorporar en la nueva Constitución que se les había encomendado redactar, el capítulo que recogería los derechos para la naturaleza –en lugar de tratar a la naturaleza como propiedad para satisfacción humana, nosotras y nosotros nos declaramos parte de ella–. Entonces ocurrió que el presidente de la Asamblea, Alberto Acosta, hizo uso de su varita mágica y entregó, la mañana de la votación, un texto que Eduardo Galeano cocinó pocos días antes, sabedor de lo que en el pequeño pueblo costero de Montecristi se estaba discutiendo. Varios asambleístas leyeron extractos de La naturaleza no es muda.

Y ella, se hizo oír.

(Para salvaguardar al Yasuní de las petroleras: http://www.yasunidos.org/)

* Coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas

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