Economía
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Momento mexicano 2
León Bendesky
H

ay un viejo teorema en la doctrina económica convencional que propone que existen ganancias del intercambio en el mercado tanto para quien vende como para quien compra. Esto se hace extensivo al comercio internacional. Con ese criterio, la revista The Economist, en su primer número del año, dedica un par de notas al 20 aniversario del TLCAN. En ellas apunta que el comercio de Estados Unidos con México creció 506 por ciento entre 1993 y 2012, comparado con 279 por ciento con otros países fuera de la región. En 2011 el intercambio con Canadá y México superó el realizado en conjunto con Japón, Corea, Brasil, Rusia, India y China.

De acuerdo con el semanario británico, México ha sido el país más beneficiado con el tratado, pues la mayor competencia con las importaciones habría aumentado la productividad en las manufacturas y elevado la afluencia de inversión extranjera directa. Esto es suficiente para hacer el argumento relevante para la revista, el mismo que ha expuesto tenazmente desde que empezó a publicarse en septiembre de 1843: que el TLCAN ha impulsado el compromiso político interno para abrir los mercados, y si bien no se ha logrado cerrar la brecha del ingreso con los otros dos socios, sí es un país más estable y próspero.

Así se ven las cosas desde Londres y en otras partes también, ahora que se quiere revivir la imagen del vapuleado Mexican moment y llevarlo a su versión 2. Para ello, las reformas fabricadas con gran productividad legislativa el año pasado se han vuelto el asidero. Sobre todo, en el campo de la energía. De modo explícito se inserta la amplia apertura del sector energético como modo de impulsar una nueva fase del TLCAN con acceso a mayores recursos y a menor costo.

Los editores de The Economist admiten que la situación de pobreza en que está más de la mitad de la población en México es similar a la que había hace 20 años. No destaca el hecho de que el crecimiento del producto interno bruto ha sido muy bajo en todo ese periodo y con fuertes fluctuaciones, y tampoco que buena parte de las inversiones son de carácter financiero y asociadas con la deuda del gobierno. Tampoco dice nada del control extranjero del sector financiero, incluido de modo notable el del sistema de pagos de la economía.

Señala, sí, que la producción de escala regional se ha concentrado básicamente en el sector automotriz. Esto tiene que ver con la definición del contenido nacional de los componentes y representa un elemento relevante en el caso de esa industria, lo que atrae la inversión y localización de plantas en México de empresas europeas y japonesas para aprovechar las ventajas de la exportación a Estados Unidos. Lo mismo está pasando con el sector aeroespacial, situado por ejemplo en Querétaro, que está unido con Montreal y Wichita (Kansas) en la construcción del Learjet 85.

En ambos casos la revista admite abiertamente que la principal ventaja que ofrece el país son los salarios más bajos, lo cual lo hace más competitivo que China, además de las diferencias en el costo del transporte. Pero son precisamente los salarios bajos y la insuficiente creación de empleos los atributos del mercado laboral, junto con la explosión de la informalidad.

Por supuesto que el patrón del crecimiento económico y el desarrollo social en México en la era del TLCAN es un asunto complejo y de claroscuros, y el pragmatismo británico puede defender con tesón los principios del libre cambio, como ha hecho desde el último cuarto del siglo XVIII. Puede así enfatizar la necesidad de dar un segundo aire al tratado mejorando las condiciones del transporte y el paso en la fronteras. Pero no puede afirmar que las ventajas para la población en México hayan sido decisivas. Le da la vuelta a eso manteniendo incólume la fe en el mercado y, sobre todo, apuntando decisivamente –y hasta eso que con cierta discreción– al significado de la apertura del petróleo y la electricidad, con la que el gobierno pretende recrear el estímulo del crecimiento y una nueva inserción en el mercado regional.

Hay una cuestión que se asocia con el periodo de la apertura comercial de México que se remonta a la segunda mitad de la década de 1980, la cual tiene que ver con la gran desigualdad social. Este rasgo no ha sido atemperado por el libre comercio regional y no hay garantía alguna de que lo sea con las condiciones de su relanzamiento en el marco de las reformas hechas en el país. Para ello, obviamente, hay que establecer el entramado político e institucional que abra las oportunidades y difunda el acceso ingreso.

El asunto de la desigualdad puede ilustrarse de manera patente en el ámbito regional con el caso de Estados Unidos. Desde 1982 y la aplicación de las políticas neoliberales, la concentración del ingreso ha ido en constante aumento. El 10 por ciento más rico de la población tenía entonces poco menos de 35 por ciento del ingreso (antes de impuestos). En 2007, en el momento de la crisis financiera más reciente, esa proporción llegó a casi la mitad y tras una caída leve ha superado de nuevo ese último nivel.

El momento mexicano dos, si es que ocurre en sentido positivo, tiene en esta campo una prueba verdadera. Mientras tanto, el entusiasmo por México se ha renovado y hay mucho en juego en términos de negocios y ventajas políticas. No es la primera vez que así sucede.

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