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En esa frontera los aguarda otra sorpresa: la violencia policial

Por Mexicali, nueva ruta de los migrantes que huyen de Los Zetas
Javier Santos
Corresponsal
Periódico La Jornada
Martes 7 de enero de 2014, p. 9

Estación Riíto, San Luis Río Colorado, Son., 5 de enero.

La ruta del desierto o del Pacífico hasta Mexicali, Baja California, se ha convertido en el nuevo camino de los migrantes que antes viajaban a bordo del tren carguero conocido como La Bestia desde Chiapas hacia Tamaulipas. La violencia generada por Los Zetas ha sido el principal factor para que cambiaran la ruta; sin embargo, en Mexicali los espera la violencia institucionalizada de la policía municipal y privada, por lo que tienen que descender en la estación de Riítos.

En entrevista, un policía privado relata que “si para el ferrocarril, aquí los bajamos. En Mexicali los bajan y no los dejan subir, llegan familias de mexicanos, centroamericanos y chinos que buscan cruzar hacia Estados Unidos. Es difícil saber cuántos vienen porque se esconden entre las tolvas de las vagones por el frío.

Me cuentan los migrantes que la violencia es mucho menor a la de Tamaulipas, a pesar de conocer que en Puerto Peñasco son atracados, área también donde opera el crimen organizado. Dicen que vienen muy a gusto porque aquí no hay mucho asalto, los migrantes se echan a correr porque creen que los vamos a delatar, cuenta el agente.

Francisco García, nacido en este pueblo, detalla que en los vagones vienen morritos temblando de frío y todos duermen de noche en el monte entre plantíos de hortaliza y solamente salen a pedir comida, o ropa, sobre todo chamarras en estos tiempos; son pocos los casos de robos que cometen.

Bajo una fogata para paliar el frío, Ramón Rodríguez Salas espera el tren para regresarse a su tierra natal tras haber sido deportado y trabajar en varios campos agrícolas de Sonora y Baja California Sur. Con la cara tiznada, narra que junto con otro amigo de Caborca, Sonora, durante tres días han dormido en medio de sembradíos de algodón y ahora enfilan hacia los campos de Sinaloa, lugar al que teme regresar por la violencia del narcotráfico.

Miguel Zepeda, quien ya radica en esta ciudad, dice que fue deportado hace dos años de Estados Unidos y tuvo que dejar a su esposa e hijos. Por eso los tratamos (a los inmigrantes) como de la fa­milia; me piden agua, comida, cobijas, a veces vienen por una taza de café. Uno no sabe si mañana también vas andar pidiendo taco. El tren también es utilizado por los deportados para regresarse a casa porque los avientan sin nada, relata.

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