Opinión
Ver día anteriorMiércoles 8 de enero de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Modernización devaluada
L

a misma saña con que desde el poder hegemónico se ataca y, en ocasiones, hasta pulveriza al Estado de bienestar en muchas naciones va generando antídotos formidables. Uno es el acelerado deterioro, la validez de los métodos empleados en la vendetta como la legitimidad de sus inductores principales: gobiernos, organismos multilaterales, bancos, congresos, leyes, conglomerados empresariales, partidos políticos o medios de comunicación. Pero el mayor producto, no esperado por las élites, es la proliferación y ensanchamiento de la conciencia colectiva sobre la injusticia de tal proceso. La desigualdad que acarrea a su indetenible paso el modelo neoliberal está funcionando como acicate en la formación de una ciudadanía que, por afectada, está cada día más atenta.

La embestida no tiene, hasta ahora, límites ni consideraciones humanas, aunque sean laterales o menores. El desprecio que las élites dominantes muestran ante las consecuencias de su embestida delata su poca o nula sensibilidad ante las angustias y el penar ajeno. Lo que rige sus decisiones es una mezcla de incontenible afán de lucro y frivolidad mórbida que se entremezclan con afanes de poder. No hay más claridad, además de sus personales e inmediatas pulsiones. Para conservar sus privilegios, los políticos y agentes de presión están dispuestos a ir al matadero, si éste es el desenlace obligado. Tal imperativo ya se nota sin tapujos; es la mayor y más veloz acumulación de riquezas para unos cuantos y la precaria inseguridad para las masas.

Los datos de tan injusto proceso se suceden casi a diario y uno tras otro. Ni el enorme aparato de convencimiento a escala mundial logra desvanecer u ocultar lo que sucede aquí, allá y por todos lados. Los números brotan en sucesión inacabable por increíbles que parezcan. Ya sea en la forma de enormes cifras adicionadas a las fortunas del uno por ciento (más de medio billón de dólares en 2013) o en el marcado deterioro de la salud y las oportunidades. En Europa, esa enorme integración de naciones llamadas desarrolladas, se acusa el daño ocasionado a sus intentos igualitarios. Consiguieron iniciar, después de la segunda gran guerra entre ellos, un proceso fincado en la justicia distributiva. Y lo iban logrando. Las diferencias entre los salarios menores y los mayores no pasaban de las 10 veces en la mayoría de sus empresas. Ahora, después de tres décadas de políticas contrarias a la igualdad, han aumentado hasta llegar a más de cuarenta veces y, en Estados Unidos (EU), por ejemplo, alcanzan a ser 400 o casi mil veces mayores. El cambio en reversa empezó en la década de los ochenta, justo en el periodo de Ronald Reagan en (EU) y de Margaret Thatcher en Inglaterra. A partir de entonces se ha generalizado la tendencia por casi todos los rincones del mundo. Los intereses de las élites, donde la primacía la tienen los mercados, conformaron el entorno hegemónico. A resultas de ello, los países más afectados de Europa son los del sur: España, Grecia y Portugal, además de Irlanda. Pero también sufren disparidades, y muchas, los ingleses. Los holandeses y alemanes son una endeble excepción. Ellos han podido conservar sus diferencias salariales, pero, estos últimos incluso, ya resienten deterioros a pesar de la abundante riqueza anual que producen. Y no sólo los ingresos han caído, sino que todas las redes protectoras del bienestar, que eran bastante extendidas y de reconocida calidad en el continente, se han visto asediadas y trastocadas para mal. La salud, las pensiones, la educación, el equipamiento urbano, la vivienda, el empleo, el esparcimiento y los bienes culturales ya muestran, a simple vista, un deterioro inocultable.

Hay, sin embargo, ejemplos que pueden citarse (unos pocos) donde, por decisión propia se ha contrariado al pensamiento imperante y se resiste al deterioro. En Sudamérica ocurren fenómenos singulares que, con sus diferencias, luchan por no agrandar sus muy marcadas desigualdades históricas. Estos casos son pocos, en efecto, y padecen el acoso de los centros de poder (externos o locales) Una andanada mediática, constante e incisiva, ejecutada por los numerosos consorcios a su servicio que no cejan en sus campañas de desprestigio. Son aperturas y cambios donde las izquierdas ensayan estrategias contracíclicas o de firme defensa de sus potencialidades y riquezas. Los resultados ya comienzan a notarse y van quedando documentados ante la furia y el ninguneo de las estructuras, todavía dominantes, del resto del continente.

México, por su parte, no cede un ápice en su intentona de continuidad neoliberal y entreguista. Las élites han evitado, contra viento y marea, el ensayar, desde la Presidencia de la República, una conducción parecida a la sudamericana. Las propuestas de izquierda han sido trucadas por tercera ocasión en el lapso que va desde 1988 (Cárdenas) hasta el presente, al impedirle, con trampas y mucho dinero, el triunfo de propuestas alternativas (AMLO). El cambio de paradigmas se debió introducir desde ese ya lejano tiempo (88). Las consecuencias para los mexicanos han sido devastadoras. Aumento de la pobreza y la marginación, nulo crecimiento económico, inseguridad, violencia desatada, corrupción, desigualdad galopante, una infraestructura incompleta, de muy mala calidad y la distancia, ya casi insalvable, de las élites respecto a las necesidades y anhelos populares. Esa ha sido, en pocas palabras, el castigo por aceptar una modernidad poquitera, mentirosa y devaluada al extremo.