Opinión
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La vida en el limbo de Manuel Ahumada
S

i una caricatura es una exageración –deforma, parodia, enjuicia para lograr la complicidad de quien la mira a través del humor– una historieta es una caricatura con antes y después. Más que un arte del espacio es un arte que, como el cine, transcurre en el tiempo.

Podrá decirse que no todo cartón o caricatura es artística. Es verdad. También que no todo cuento, poema o novela lo es por su membrete. Pero, ¿alguien se atrevería a negar el mérito artístico de José Guadalupe Posada y más cerca de nosotros de Rogelio Naranjo?

El pasado 3 de enero murió Manuel Ahumada, uno de los mejores artistas gráficos contemporáneos que lo mismo hizo caricatura, historieta, ilustración, pintura y escultura. Sin embargo, a unas y a otras las impulsó siempre el antes y el después de todo discurso narrativo.

Incluidas, claro, sus obras donde aparece un solo personaje en un solo momento: al mirarlos siempre sabemos que vienen de otra parte; están tristes por algo, taciturnos por alguna razón, lúbricos por algún motivo.

Hombres mirando a sus adentros, ventanas que nos muestran un mundo sólo adivinable en el narcótico territorio de los sueños, personas que despiertan al otro lado del espejo, mujeres que se las lleva el viento, suicidas imposibles por ser espectros, sombras, aire frío, nada. En sus dibujos hasta los muertos padecen la negra enfermedad de la melancolía.

Los espacios narrativos de este dibujante, premiado con el Gran Prix del Salón Internacional de la Caricatura de Montreal, son urbanos. Todas sus historias ocurren en la ciudad, en una ciudad sombría donde el anonimato es ley, costumbre, inercia, destino.

Las narraciones gráficas más increíbles ocurren allí y pasan desapercibidas para los demás. Su mundo es oscuro, triste, quizá cargado de melancolía. Allí podría encontrarse la Tabaquería que imaginó Pessoa o ese sueño colectivo que construye, tarde a tarde, la tribu de los Emo.

La vida en el limbo, esa magnífica serie de dibujos que nos regaló Ahumada en las páginas de este diario, se quedó como una de sus señas de identidad. Ignoro si a él le habría gustado esa idea, pero no está mal que así sea: el recuerdo de una parte de su producción podrá llevar a quien la vea, al resto. Esa historieta fue y es una verdadera provocación delineada por el humor negro: una mirada hacia abajo, como llamó a otra de sus series.

Foto
Rincón cerca del cielo, una de las pinturas al óleo de Ahumada

Una constante en ese mundo del desasosiego construido por Ahumada es la presencia de la mujer. Su ciudad sombría la habitan mujeres con sexos oscuros como la materia oscura presente en el universo y, como ella, llenos de estrellas. Otras mujeres tienen el corazón entre las piernas palpitante y luminoso. Otras más miran por la ventana o entregan su belleza última desde un ataúd.

Pareciera que en el mundo de Manuel casi todo zozobra. Los escritores que dibujan cuerpos de mujer palabra por palabra, se afanan quizá por nada (poseer sólo una mujer de papel), y un hombre que espera sentado en el borde de una taza de café no sabemos si fue arrojado del trasatlántico que navega por la mesa o será embestido por él.

El periodista Carlos Payán, su editor por varios años, encontró poesía en los trazos de Manuel Ahumada. Tiene razón: sólo los poetas pueden mirar desde la otra orilla, soñar con los ojos abiertos, trastocar la realidad, para entregarnos el sueño de una vida.

Sólo así pudo imaginar a esos hombres que despertaron del otro lado del espejo o los tiempos del corazón puestos a secar en un tendedero donde lunas y recuerdos se limpian al rayo del sol.

El humor negro no fue ajeno a ese mundo desolado del que surgió en su momento una Marilyn Monroe impresa en el ayate de un indio y que un par de vándalos hicieron trizas en una exposición, la única a la que sin duda han asistido en su vida.

Manuel Ahumada seguirá vivo en sus dibujos, es cierto. Pero ya no seguirá poblando nuestra imaginación con más ventanas ni vampiros, ángeles tristes o demonios pensativos, mujeres con historias tan increíbles como las que nos rodean, sin duda, pero que no vemos porque no aprendimos a soñar con los ojos abiertos, ni a recordar las cosas que ocurren mientras dormimos y que a veces nos hacen despertar con la impresión de haber estado al otro lado del espejo.