Opinión
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Tierra Caliente: lectura en clave antropológica
Claudio Lomnitz
Q

uisiera intentar una lectura de algunos aspectos formales que se entrevén en la historia del conflicto en la Tierra Caliente michoacana. Espero que el ejercicio contribuya en algo a identificar y nombrar la profundidad de la herida que será necesario atender para comenzar a sanar esa bella región.

Lo primero que salta a la vista para una lectura antropológica de las noticias de Tierra Caliente es una tensión recurrente entre formas sociales inspiradas en el orden militar y formas inspiradas en el orden familiar o comunitario. La historia, hasta donde se alcanza a entender desde fuera, es que, tras el ingreso del Ejército federal en la región en 2006, la Tierra Caliente fue dominada a escala informal primero por Los Zetas, luego por La Familia, y de ahí por Los caballeros templarios. Ahora el control de la región está siendo recuperado o reclamado por las llamadas defensas comunitarias y por el Ejército federal.

La secuencia Zetas-Familia-Caballeros templarios-defensa comunitaria sugiere una espiral recursiva entre estrategias de control informal inspiradas en la imagen del Ejército (es decir, en la imagen de una estructura de mando vertical, racional y separada de la sociedad) frente a otras estrategias fundadas en la imagen de la familia y de la comunidad (es decir, en un orden basado en la complementariedad –hombres y mujeres, padres e hijos del pueblo, iglesia y feligreses– y en la oposición comunitaria al orden estatal, burocrático y militar, que es entonces representado como una fuerza depredadora que viene del interior).

Me explico. Los Zetas son una organización que nace como una escisión del Ejército y que, según dicen los conocedores, se organiza con una cadena de mando cuasi-militar, y ocupa una estrategia también cuasi-militar para controlar. Esa estrategia comienza por despedazar al enemigo de forma visible y pública, y de ese modo sembrar el miedo necesario para poder operar con plena impunidad. Eso ocurrió en Tierra Caliente. El lado flaco de esa estrategia –como lo muestra la larga historia de campañas militares fundadas en la brutalidad contra comunidades campesinas, desde la de Victoriano Huerta contra Emiliano Zapata hasta la del ejército estadunidense en Vietnam– es que en la medida en que se consigue inhibir o incluso destruir las relaciones comunitarias, se genera también un problema de gobernación. El miedo genera abusos de todo tipo, más allá de los que comete la fuerza militar (o cuasi-militar) de Los Zetas. Cualquier vivales se puede hacer pasar por zeta, a partir del rumor y del miedo que ha extendido por todas partes la presencia de una organización aterradora, y a partir de esos rumores, y del pavor que causan, resulta fácil hacerse del control de una esquina, invadir un predio, violar la normatividad urbana, abusar del pobre, violar a la mujer, etcétera.

El resultado es que se genera un descontento amplio y difuso, que al final no es fácil de controlar. Los Zetas supieron domeñar la Tierra Caliente, pero no pudieron gobernarla. Y en medio de aquellos estertores surge una segunda organización, la llamada Familia michoacana, que se alía con lo que iba quedando de relación comunitaria servible para echar a Los Zetas de la región. Vale la pena fijarse en que el movimiento de expulsión de zetas es liderado por una organización financiada por el narcotráfico y por el negocio de la protección, pero que se identifica ante todo como local, es decir, como manada de la comunidad –de La Familia michoacana.

El problema que se va desarrollando a partir de la toma del poder de La Familia es que, como modelo, la familia (con minúsculas) puede ser una forma de organizar el abuso tan terrible como el Ejército. Después de todo, tanto Los Zetas como La Familia eran organizaciones armadas y organizadas para el lucro. Un orden así, pero que se imagina y se figura como un orden cuasi-familiar, deriva en todos los abusos de jerarquía patriarcal, pero multiplicados exponencialmente por la falta de afectos reales en el interior de ese orden, y por el uso de las armas como instrumento de dominación. Así, los miembros de La Familia favorecían a unos y extorsionaban a otros como padres arbitrarios, y violaban mujeres de la comunidad como padres abusivos, y fueron indignando, de nuevo, a lo que iba quedando del orden familiar y comunitario local.

Es el contexto en que surge el tercer grupo de control narco-local, que toma para sí un símbolo ya no directamente del orden familiar, sino de la defensa de los principios morales que se supone que la sostienen: por eso se llaman Los caballeros templarios. Vale la pena recordar que todo esto se inventa en una región que fue cristera (especialmente los poblados de la costa-sierra, como Aguililla, Coalcomán, etcétera). Así, la nueva organización narco-local toma para sí la bandera de la defensa de la fe cristiana, frente a una familia que había violado la normatividad de los pueblos. En otras palabras, el desorden producido por una invasión militar (Ejército federal) y por una invasión cuasi-militar (de Los Zetas) fue generando primero un movimiento y organización armada ligados al orden comunitario ( La Familia), cuyos abusos fueron aprovechados por una tercera organización que se presentó como redentora del orden moral de la comunidad ( Los caballeros templarios).

Ahora ha surgido un tercer movimiento local contra los abusos, las violaciones y los asesinatos de Los caballeros templarios: las defensas comunitarias. Su movimiento ha sido tan amplio y tan extenso, que ha metido de nueva cuenta al Ejército federal al negocio de controlar la región. Y en esas estamos.

La tensión entre un orden fundado en una imagen de poder racional-burocrático (que tiene al Ejército como su símbolo más puro) y un orden fundado en la imagen del poder comunitario (que encuentra su símbolo en la familia y en la religión) pareciera reflejar no sólo la contaminación del Estado con narcotráfico, sino también la disolución o desmembramiento de los lazos comunitarios.

Esto hace pensar que el trabajo de reconstrucción de esta región michoacana pasa no sólo por una organización más efectiva y más justa del estado, cosa que ha sido ampliamente comentada, sino también por una recomposición de las relaciones comunitarias. Para conseguir esto último se va a necesitar de un movimiento social amplio de recomposición y de reintegración, que quizá podría empezar por intentar recomponer el significado de los lazos de amistad.

Las mafias abusan no sólo de la imagen de la comunidad (la familia, la comunidad religiosa), sino especialmente de la imagen de la amistad: los miembros de la organización se ven entre sí como iguales, como amigos. Pero, como hace tanto tiempo ya explicó Cicerón, un amigo no debe nunca pedir un favor deshonoroso, porque hacerlo viola la esencia misma de la amistad. Asesinar, violar, raptar o extorsionar son actividades que no tienen nada de honrosas. Los amigos que piden esos favores no son verdaderos amigos. La complicidad que se da en una relación así es una unión de interés, y los jóvenes que lo hacen todo por una unión de interés se entregan enteros a una relación efímera, que no tiene futuro aparte de la ignominia.

La recomposición de las comunidades michoacanas va a necesitar de un movimiento cultural amplio, que comience por la recomposición de la amistad. Sólo un amigo digno podrá un día ser un esposo digno, un padre digno y un miembro digno de su comunidad.