Opinión
Ver día anteriorLunes 3 de marzo de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Protagonistas y protagonismos
Gustavo Esteva
D

icen que fue la más bella de las revoluciones. Quizás. Fue sin duda la más concurrida. Era difícil encontrar una familia nicaragüense enteramente ajena a la lucha contra Somoza. En casi todas había algún miembro, así fuese un primo lejano, que participaba de alguna manera. Muchas familias completas estaban metidas hasta el cuello.

Los comandantes eran muy impresionantes. Cuando invitaron a los internacionales, poco después del triunfo, nos pusieron a trabajar en distintas cosas. Me tocó en un grupo con tareas urgentes. El último año de la guerra no se cultivó mucho. Podía cundir el hambre. Pero estaban llegando barcos cargados de alimentos. Se preguntaban cómo distribuirlos. No estaban seguros de emplear una pequeña empresa creada por Somoza, como mala copia de Conasupo.

Después de larga discusión, nuestro grupo hizo ver que esa empresa sería muy incapaz e ineficiente y corría riesgo de corrupción. En cambio, dijimos, ustedes tienen comités sandinistas en cada manzana de Managua, en cada barrio, en cada pueblo… Encomendarles la función de abasto les daría una función social que se enlazaría a la política… y podría ser muy eficaz. La gente confía ciegamente en ustedes, les dijimos. Es el momento de traducir esa confianza en hechos que pueden llevar a construir la nueva sociedad.

Después de un par de días nos informaron de su decisión: utilizarían la pequeña agencia creada por Somoza. Borge nos explicó por qué: No podemos confiar en la gente. No me detengo en la trágica evolución posterior. El fracaso de la agencia fue sólo el primero de una cadena de errores que llevó adonde llevó. Cuento la historia para subrayar la contradicción: la gente confía ciegamente en sus dirigentes, pero éstos no confían en ella. Quieren llevar adelante su revolución desde arriba, con la ingeniería social.

Es una vieja tradición, que descalifica a la gente para justificar la necesidad de las vanguardias, los dirigentes, la construcción de arriba hacia abajo. Teodor Shanin nos planteó el problema en términos muy claros hace algunos años:

“Cuando se crea la oportunidad de expresarse democráticamente, la mayor parte de la gente tiende a votar en favor de cosas que los buenos socialistas considerarían preferencias pequeño-burguesas por el bienestar; un poco de pornografía, un poco de deportes –más o menos lo que aparece en un periódico popular, que da una imagen aproximada de lo que la gente parece querer–, más televisión que lectura, etcétera.

La solución elegida por los socialistas, por lo menos en Europa, fue la de que una élite condujera a la gente hacia una mejor comprensión del problema. Tal respuesta parecía satisfactoria y era apropiada en cosas muy concretas y simples, por decidir de un solo golpe. Pero en las demás cosas, las elites inevitablemente se corrompen. La única manera de controlar esa corrupción es dejar de ser elite, abrirse a la gente, y entonces la gente trae al régimen de decisiones actitudes que resultan ética, estética y filosóficamente inaceptables. ¿Cómo escapar de este ciclo?

Shanin contó una larga historia para sustentar la reflexión que antes se hacía: Quienes están dispuestos a morir por una causa tienen derecho a colgar a otros. Y agregó:

Es una forma de resolver el problema. La élite tiene el derecho absoluto: se trata del bien de la gente, se le ha dado el poder para que haga lo necesario por el bien de la gente, y debe usar ese poder para resolver todos los problemas. Ese fue por mucho tiempo el apotegma de los socialistas.

“Pero ahora sabemos que todas las elites se corrompen, que no ha habido un solo caso de una élite socialista que no se haya corrompido. ¿Radica entonces la solución en que no haya elites? ¿Que las masas se hagan cargo del asunto? No sé la respuesta.

La respuesta puede ser que no entendemos bien a la mayoría de la gente, que ella es portadora de las semillas de transformación de la sociedad, las cuales florecerán una vez que a la gente se le permita ejercer su voluntad por suficiente tiempo, sin que se le esté empujando de un lado para otro. Pero esto, como todas las cosas, debe ser enseñado; puede ser una creencia general, pero debe ser enseñado: populismo puro, el mejor populismo. Pero el populismo no funcionó, incluso el mejor populismo. Así es como pienso que llegamos a un desastroso vacío. Nos empantanamos.

En la escuelita zapatista aprendimos que ya no estamos en el pantano. Que se puede confiar en la gente, sin populismos ni otras etiquetas o tierras prometidas. Que se trata de libertad: que la gente pueda actuar libre y responsablemente. Y que el resultado es enteramente asombroso.