Opinión
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No a la política de Nicolás Maduro
Claudio Lomnitz
D

esde tiempos de Hugo Chávez, el Estado venezolano ha optado por una política inspirada en Carl Schmitt: o eres su amigo o eres su enemigo, y si las cosas van mal, el presidente puede declarar un estado de emergencia y gobernar con poderes dictatoriales. Hoy, Nicolás Maduro, que gobierna con poderes de emergencia, tilda a quien se le oponga de fascista. El signo de ser fascista en la Venezuela de hoy no es ya el fascismo (que es una ideología o una forma de organizar el Estado), sino la oposición a Maduro (cosa que no es en sí una ideología), o la protesta por la situación actual (que no es, tampoco, una ideología, ni mana de una sola ideología).

Maduro no actúa como presidente de una república –es decir, no actúa como presidente de todos los venezolanos–, sino que postula que existen venezolanos buenos, dignos de recibir la benevolencia de su gobierno, y que son quienes lo apoyan (amigos), y venezolanos manipulados desde fuera, fascistas, parasitarios e indignos de consideración alguna. El insulto cotidiano a la oposición desde el Estado se ha vuelto costumbre, desde tiempos de Chávez, y con la deificación de Chávez –que fue clave para el ascenso al poder de Maduro– el insulto se ha vuelto un artículo de la religión del Estado venezolano.

Por otra parte, nada de este discurso bipolar, nada de esta construcción de un estado de emergencia que define a la mitad de la población de la república como fascista, sin que haya siquiera un partido fascista abanderando la oposición, elimina ni atenúa la contradicción central venezolana, que es pretender construir un socialismo del siglo XXI a partir de la venta de petróleo a las principales potencias capitalistas del siglo XXI: Estados Unidos, China y Europa. La economía venezolana aumentó su dependencia en las exportaciones petroleras desde la asunción de Hugo Chávez. El socialismo del siglo XXI es un socialismo rentista, por lo cual, lejos de ser una fórmula universal, es imaginable sólo para países como Venezuela: rentistas.

Por otra parte, el socialismo rentista venezolano es regenteado por un Estado que define como enemigo a quien se le oponga, y que cuenta con poderes de emergencia cuando se le ofrezcan. El resultado es que el socialismo del siglo XXI resulta ser lo que el presidente diga. O lo que el presidente, saliendo de su conciliábulo de aliados claves, diga. Pero transparencia no hay, ni tampoco respeto por las reglas mínimas de equidad en la competencia electoral. En México los partidos de izquierda se han quejado de falta de equidad en el plano electoral, pero la falta de equidad electoral en México es un chiste junto a la que existe en Venezuela.

Ahora bien, nada de esto obsta para que el socialismo del siglo XXI haya hecho cosas importantes. Es verdad que Hugo Chávez hizo cosas bien –incluso muy bien–. En primer lugar, había en Venezuela un estado social que había normalizado el clasismo y el racismo, aquello era ya natural. La revolución chavista transformó esa realidad, y el gobierno de Maduro vive aún del rédito de esa transformación. También se redujeron los índices de pobreza de manera muy importante, así como los índices de desigualdad. Ahora bien, esto sucedió en un contexto en que los precios petroleros habían aumentado en un factor de más de mil por ciento. La insistencia machacona en darle todo el mérito de esta transformación importantísima de Venezuela al comandante Chávez, que convierte a la figura en un ícono religioso, no es digna de un pensamiento genuinamente socialista. La diosificación de Chávez es el sometimiento del pueblo venezolano al Estado.

El fetichismo de Hugo Chávez, representado de mil maneras, no es una característica del pensamiento socialista, y se emparenta, ella sí, al totalitarismo. Hay que recordar, en esto, cómo los teóricos del totalitarismo –pienso en Hannah Arendt, por ejemplo– mostraron el parentesco, la hermandad, entre el totalitarismo soviético y el fascista.

Hay una forma de esta representación que me parece especialmente relevante para entender el modo en que la ideología madurista tiende al totalitarismo: la de los ojos de Chávez.

El retrato de los ojos de Chávez aparece por todas partes. Cosa de picar ojos de Chávez en Google, y la pantalla se inunda de imágenes. En el cristianismo de Bizancio, los íconos (los llamados íconos rusos, por ejemplo, o los de Bulgaria, o los bizantinos griegos) eran pinturas de santos que tenían peso mágico: se suponía que el ícono lo veía a uno. Los ojos del ícono lo veían a uno. Eran representantes de Dios, vigilando a los creyentes. Los ojos de Chávez, hoy, tienen una función paralela: ven y vigilan al pueblo venezolano. Son los representantes del Estado, vigilando a los fieles. Vigilando que la gente que en algún momento de su vida apoyó a Chávez siga fiel, ahora a Maduro.

Sólo que en Venezuela hay muchos motivos para protestar –y esos motivos no son fascistas: la tasa de homicidios, que más que duplica la tasa mexicana; la tasa de inflación, que es una de las más altas del mundo; la escasez de productos, la incompetencia y la arbitrariedad del gobierno–. Las bases de apoyo de Maduro alegan que el presidente es nuevo en el puesto, que está aprendiendo a gobernar, que hay que tenerle paciencia. No dudo nada de eso. Pero así como habrá que tenerle paciencia al presidente, darle la oportunidad de aprender su oficio, hay que permitir que la gente proteste libremente, que la prensa se exprese libremente, que haya un nivel de seguridad mínima, transparencia en el gasto público y respeto a los derechos humanos.

No hay que olvidar que Carl Schmitt fue, él sí, el teórico del fascismo.

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