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Bachelet, cambio de rumbo
José Blanco
U

na de las primeras actividades de la gobernante chilena tras asumir el martes pasado la presidencia, para un segundo mandato, fue su intervención en un encuentro sobre el desarrollo organizado por la Cepal, en Santiago. Nuestro país va a recuperar su rol como promotor de la integración latinoamericana bajo mi gobierno, subrayó Bachelet. Una primera postura a contracorriente notoria. La estrategia de Washington a plazo largo respecto de América Latina es meter a los bien portados en el carril del TPP (Transpacific Partnership), o Acuerdo Estratégico Transpacífico de Cooperación Económica, un tratado de libre comercio multilateral, que involucra por ahora a 13 naciones: Estados Unidos, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, y los latinoamericanos México, Perú, Chile y Colombia. Bachelet no está en contra, pero tampoco esta en favor en los términos de Washington.

Las negociaciones del TPP comenzaron en marzo de 2010, aunque su origen formal se halla en años anteriores: el Pacific Four, acuerdo negociado por Chile, Brunei, Singapur y Nueva Zelanda, que tiene vigencia desde 2006. Es claro que hasta hora la negociación del TPP ha sido secreta, de espalda a la comunidad de los países involucrados. Pero en febrero de 2011, se filtró el capítulo de propiedad intelectual, impuesto por Estados Unidos al resto de los países, lo que generó una alerta mundial en diversos observadores, respecto a temas torales, como los derechos humanos en la Internet, y obstáculos a medicamentos genéricos, al acceso al conocimiento y la cultura, y los derechos de los consumidores. Estos asuntillos han puesto a Bachelet en otra posición.

Bachelet dijo en la reunión referida que los países latinoamericanos comparten una realidad económica y social, marcada por ingresos medios y una urgencia por dar pasos hacia el desarrollo. Hoy podemos rencontrarnos como viejos vecinos para reimpulsar una Latinoamérica integrada, es su posición, y enfatizó que la integración debe considerar a todos los países de la región, sin establecer diferencia entre aquellos que miran hacia el Atlántico o el Pacífico. Puso en duda la premura por avanzar en las negociaciones del TPP, promovido con fuerza por Estados Unidos, y que persigue crear una plataforma de integración económica entre los países de la región Asia-Pacífico. Ese pacto excluye a Brasil, país con el que Bachelet ha expresado su intención de reforzar vínculos. Todo parece indicar que a la mandataria chilena le interesa el desarrollo en serio, y que no ve en el TPP una estrategia central, ni mucho menos.

Pese a las diferencias puntuales que pueda haber, somos todos latinoamericanos. Hoy podemos actuar juntos para impulsar una agenda de unidad de la región, afirmó la mandataria. Agregó que, además de contar con una voz común que defienda los intereses de la región, se necesita de instituciones fuertes y respetadas a escala internacional.

“Nunca hemos creído que [exista] un trade off entre crecimiento y políticas sociales. América Latina debe acabar definitivamente con las injusticias que se arrastran desde hace mucho”, dijo. [No existe una traducción puntual de trade off, pero refiere a una situación en que se gana alguna calidad a cambio de perder otra]. En el caso, Bachelet afirma que es posible conseguir crecimiento y justicia social (redistribución del ingreso) simultáneamente. Una afirmación totalmente contraria al pensamiento dominante –que orienta a la derecha internacional–, según la cual para redistribuir, primero es preciso crecer.

Las afirmaciones de Bachelet, junto a las que expuso en sus discursos de toma de protesta, más lo expresado durante su campaña, muestran a una mandataria que se mueve hacia el pensamiento estructuralista latinoamericano: hoy por hoy el desarrollo consiste en gestionar el conocimiento para incorporarlo al íntegro tejido económico y social, en un proceso acumulativo de largo plazo que involucra no solamente al capital y la tecnología, sino la organización del Estado, la educación, la sinergia entre lo público y lo privado, y la formación del sistema nacional de ciencia y tecnología. Es decir, el desarrollo no se importa, es siempre un proceso que nace en un espacio nacional.

Caminar por esta senda pide a gritos rechazar la visión centrista, desde el libre cambio hasta el Consenso de Washington. Para los países desarrollados del centro del sistema, los países de la periferia son sólo segmentos del mercado mundial y no sistemas nacionales capaces de conformar, dentro de sus fronteras, estrategias para desplegar su potencial de desarrollo incorporando los avances de la ciencia y la tecnología. Lo peor: no pocos gobiernos latinoamericanos tienen el mismo punto de vista.

Desde luego que las estrategias referidas son posibles si se conforma una estructura diversificada y compleja. Un país que se especializa en la explotación de los recursos naturales sin desplegar simultáneamente un entramado complejo de industrias y de cadenas de valor agregado en la frontera del conocimiento, es un país que nunca alcanzará el desarrollo. A la inversa, mediante esas estrategias es posible generar empleo, bienestar, inclusión social y una relación no subordinada al sistema internacional.

La integración latinoamericana encontraría un sinfín de complementariedades que facilitarían y potenciarían crear ese entramado en el que se implantaría en el tejido social y en el tejido económico, el conocimiento científico y técnico, que hacen del desarrollo un proceso autopoiético, tal como ocurrió en los países que salieron del atraso, o que vencieron el subdesarrollo.

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