Opinión
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Engendros propios
Luis Linares Zapata
E

l PRI enfrenta, con cinismo y vaguedades torpes, las consecuencias del actuar delictuoso de los que en efecto son sus auténticos e innegables engendros. Personajes legendarios unos (el Alazán tostado), consentidos por Los Pinos otros (R. Salinas), comisionados ante desesperadas situaciones (Ulises Ruiz), llevados hasta la puerta de una precandidatura presidencial (T. Yarrington), disculpado a pesar de su debacle moral y electiva (Mario Marín), permitiéndole usurpar posiciones políticas con abierta violencia y chantajes (C. Gutiérrez), o sospechoso de colaborar con el crimen organizado (Jesús Reyna), forman en conjunto toda una galería de sujetos impresentables. Ninguno salió de la nada, cayó del cielo, careció de apoyos o apareció de improviso. Todos labraron sus negros historiales paso a paso. Las acusaciones, rumores y denuncias abiertas no cesaron. Una y otra vez se les tachó de delincuentes, fueran exhibidos como funcionarios abusivos, ladrones enriquecidos hasta el delirio o integrados a una pandilla de pedófilos. De esa peculiar manera tapizaron, en ascendente serie de fechorías nunca castigadas a cabalidad, sus nada envidiables registros públicos.

No son, ciertamente, los únicos de tal colección de sujetos despreciables o francos reos de juicio y prisión. Hay un montón adicional de ellos. Algunos refugiados, con la cabeza gacha, en la turbulenta Tamaulipas de hoy día, mientras pasa su tormenta (Hernández), otros añorando la plácida Quintana Roo desde la cárcel estadunidense (M. Villanueva), destacado miembro de un dúo de (Granier) gobernantes que, por distintos azares, habitan en crujías. A ellos debían añadirse varios que han desaparecido de la escena pública en espera de mejores tiempos, como F. Herrera. Cuadro especial debería otorgarse al señor de Coahuila, el profesor Moreira, por el fraudulento desvío de inmensos recursos del erario, pero que, a pesar de las duras evidencias, cursa, con lujos inocultables, dilectos cursos catalanes que, sin duda, enriquecerán su currículo.

Amplias y generosas regiones del país han sido gobernadas, con especial fruición y arbitrariedad, por arquetipos del cacique atrabiliario, bragado y paternalista. Señeros adalides de la estirpe priísta que trasmiten, con orgulloso sello indeleble, sus compulsivos genes: en Nayarit con sus cultos líderes obreros, Sonora con sus terratenientes y empresarios de corta estatura (E. Bours), Durango con sus torvos políticos de cepa criminal o Veracruz, la más sufrida de las entidades aquí mencionadas, por una hilera de jarochos depredadores, Puebla y su línea sucesoria de despóticos generales (Ávila Camacho), Sinaloa, donde merece especial mención Toledo Corro, aquel patrón de negocios y capataz de adelantados narcotraficantes. Tan distinguida lista no es terminal, sino, dirían los expertos, sólo recordada a guisa de ejemplo para ilustrar orígenes, estirpes y narrativas políticas.

Lo interesante del escandaloso caso actual, representado por el ahora ex presidente del Comité Directivo del PRI en el Distrito Federal, lo exhibe su intrincada ramificación social y familiar. Empezando por recordar que su trayectoria parte del mero sustrato social que da sustento, con sus oscuridades propias, a la gran capital de los mexicanos. Viniendo desde esos basureros, se le tiene que disculpar, al menos en parte, sus rijosas compañías. Nada a esa calaña de personas les ha sido regalado, y poco alarde puede hacer con tales pergaminos heredados. Aunque, idealmente al menos, sobre esos orígenes es factible cimentar una vida de estima y valor. Lo curioso viene después, cuando el señor Gutiérrez transita por la dilatada escala burocrática del priísmo y la nada azarosa y sí bien remunerada vida legislativa federal y local. En esa tierra yerma bajo cruenta disputa nunca oculta sus mañas y esforzados métodos de ascenso. Todo lo puso sobre el tapete de la negociación frente a sus correligionarios que, con seguridad, vieron en su figura, socios y antecedentes algo utilizable. Gutiérrez, como los demás priístas anteriormente nombrados, no es una excepción, como dicen, con torpe simpleza cómplice, los que intentan salvar la cara a su partido. Esa claque vive, goza las mieles del poder y se reproduce dentro de un caldo de cultivo que ha llegado a definirse como la subcultura priísta. Esa chiclosa esencia, amoral y carente de ética, que conforma, después de tantos años y décadas de vigencia, parte sustantiva de su quehacer público actual.

El proceso ya muy prolongado de decadencia que padece el país pasa, indefectiblemente, por esa subcultura que implica la rampante impunidad que todo lo toca y cimenta. De la galería de malos hijos del PRI, la abrumadora mayoría ha quedado sin rendir cuentas ni recibir castigo por sus fechorías. El mismo organismo político no tiene instalados eficaces, activos mecanismos para solventar y depurar sus desviaciones. Navegan los priístas de élite y también de base dentro de una enorme y débil barcaza, nada traslúcida. Muchas decisiones se discuten sotto voce, dentro de sombrías, exclusivas y medrosas oficinas o en los pasillos de palacio, pero, casi por regla general, alejadas del escrutinio público. El PRI no es un instituto que con valentía cotidiana pueda apuntar sin resquemores el dedo hacia sus propios infractores. El espíritu de cuerpo pesa más que la honra, la dignidad y casi todo lo demás. La luz es un medio indeseado, peligroso por sus consecuencias: pondría sus múltiples, cotidianas y onerosas complicidades a descampado. Y eso duele, mete miedo, hace tambalear carreras y frustra los buenos y grandes negocios.