Opinión
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Isocronías

Quedarse sin palabras

Ricardo Yáñez
N

o mudo, sin derecho al habla.

Es muy curioso, pero ese mismo no derecho al habla, el sentir que uno ha nacido sin derecho al habla es lo que, probablemente, a algunos lanza al grito, a otros a la escritura.

Generalizo demasiado, diré algo más o menos concreto: durante algunos años me dediqué a preguntar a artistas, en especial de la palabra, muy en particular a poetas, si no en algún momento de su vida se habían quedado sin lenguaje, si no en algún momento de su vida habían sentido que el lenguaje que habitaban y en el que venían, desde siempre, confiando, para nada servía. Si no a partir de ello es que se habían propuesto crear un lenguaje, el de su propia obra. Habré tenido suerte, quizá: todos me dijeron que así era.

No mudo, sin derecho al habla. No sin capacidad de comunicación, sino incomunicado. Preso en un laberinto de lenguaje que nada dice. Esa sensación que refleja muy bien en sus momentos críticos la película Ginger y Fred.

Pero de pronto uno se queda sin palabras, también curiosamente, por un exceso de verbalidad. No de verbalización, de verbalidad. Como en lo que en francés se llama escena (¿Barthes, Merleau-Ponty?) y entre nosotros más bien escenita. Presos los personajes en un dirimir lo indirimible, siempre, por forzada fuerza, a favor de uno de ellos. No poner en palabras sino hacer destrozos con (el desgaste de) ellas pudiera ser un modo de decirlo.

No mudo, pero sin derecho al habla. ¿Caso de los suicidas? Al respecto sería mejor: no mudos, sino sin opción de habla. ¿Y qué mejor manera de poner en presente esa no opción que exponerla en cadáver?

Claro que entre no tengo más opción que el grito –y aquí el tan silencioso como atronador del suicidio– y no tengo más opción que la creación es claramente preferible lo segundo…

Mas, como en la película mencionada, ese exceso de verbalidad (o si se quiere de recurso a los muy diferentes medios de comunicación, sin comunicación efectiva) no sólo es asunto de uno (¿síntoma de un sistema?), sino de más de cuatro.

Lo que me dicen las palabras no que diga, sino que grite, ¿lo dicen las palabras así como así o las palabras de precisamente uno donde todos los fuegos son el fuego? Lo ignoro. Lo que no ignoro es lo que siempre he dicho: los poetas escriben –o cantan o recitan, o (Ricardo Castillo, por ejemplo) actúan– porque (y en el caso de Castillo da la impresión de que sus performances, otra vez curiosamente, hablan de eso) no saben hablar.