Opinión
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Las lecciones de Casitas del Sur
Bernardo Barranco V.
E

n la cabina de Radio Red se percibía extrema tensión. Con Jorge Erdely nos habíamos enfrascado al aire en un tirante debate sobre cómo concebir una secta y, sobre todo, cuándo determinar si ésta era destructiva. Percibí claramente su dura mirada de insatisfacción porque no pudo convencerme, a pesar de que pretendió utilizar argumentos llamativos, pero sin soporte documental ni rigor analítico. Todo giraba en una cinta de testimonios inducidos. Era clara la frustración de un hombre seductor, acostumbrado a imponer y deslumbrar con sus argumentos. Estábamos en mayo de 1997. Jorge Erdely me pidió derecho de réplica a un programa anterior en que se descartaba el carácter tanto sectario como supuestamente destructivo de la Iglesia Luz del Mundo. Con todo, Erdely había sostenido la identidad perniciosa y fanática de la iglesia, primero ante Javier Alatorre en el noticiario Hechos, en Canal 13, y luego en una serie de programas conducidos por el periodista Ricardo Rocha. Igualmente, José Gutierrez Vivó le dio espacio a este gallardo defensor de los derechos de los creyentes ante los inaceptables abusos de pastores e iglesias. La mayor parte de la comunidad académica sostenía, por el contrario, que tanto Erdely como el llamado Centro de Investigaciones del Instituto Cristiano de México no sólo habían ido muy lejos, sino que llegaban a conclusiones sin fundamentos sólidos. A pesar de ello, prestigiados académicos como Elio Masferrer compraron los argumentos erdelianos. La Iglesia Luz de Mundo podría tener muchos defectos, como cualquier organización humana, pero afirmar que podría inducir a sus fieles a suicidios colectivos y destrucciones fanáticas era una impertinencia que rebasaba todo análisis sensato. Sólo el tiempo puso las cosas en su lugar, porque el supuesto especialista en movimientos sectarios, autor de numerosos ensayos sobre sectas destructivas, resultó a final de cuentas un dictador de la fe. Es decir, un personaje con camuflajes académicos pero que en realidad era líder y pastor autoritario de una iglesia que combatía con armas y métodos insólitos, cargados de simulaciones torcidas por la lucha de los mercados religiosos. En suma, Jorge Erdely resultó un impostor cuyo verdadero rostro asemejaba aquellos personajes siniestros que denunciaba en sus escritos y acusaciones.

En ese sentido es de celebrarse el comunicado reciente de la Procuraduría General de la República sobre la recuperación de menores reportados como secuestrados por integrantes de la Iglesia Cristiana Restaurada liderada precisamente por Jorge Erdely. El vínculo entre la red de asociaciones como Casitas del Sur y la Iglesia Restaurada fue develado por uno de sus dirigentes, Sergio Humberto Canavatti, mediante un video, según consta en la investigación de la periodista Sanjuana Martínez, contenida en su libro Se venden niños. Decíamos que la PGR informó de la localización de tres infantes más, de las cuales dos ya son mayores de edad, identificados como Asael Israel, Natanael Isai y Hefziba Magdalena Juárez Ojeda, con lo que llega a 12 el número de menores localizados, de los 15 cuya desaparición se reportó entre los años 2007 y 2009. Es de destacar el emblemático caso de la niña Ilse Michelle, que sensibilizó en extremo a la opinión pública en su momento.

El lector recordará los escándalos del caso llamado Casitas del Sur y una red de asociaciones civiles que recibían apoyos de diversos gobiernos estatales para el resguardo de infantes que por alguna razón de litigio, incapacidad de los padres o desamparo requerían de un refugio provisional. Quedó establecido que esta red adoctrinaba a los menores en los términos y extravíos religiosos que dictaban los líderes de la Iglesia Cristiana Restaurada, llamados Los perfectos. El caso puso en evidencia la negligencia de las autoridades tanto federales como de diversas entidades por dar menores en custodia a organizaciones sin la debida vigilancia ni control. Como en el trágico caso de la guardería ABC en Sonora, sólo una calamidad capaz de llamar la atención pública pone en tela de juicio el irregular comportamiento de la burocracia mexicana. En ese momento se presumía una red de tráfico de menores en diversas partes del país, e incluso fuera de nuestras fronteras. Niños que ante su desamparo de origen eran víctimas de abusos y coerciones religiosas y sicológicas, fruto de una doble desatención: la de sus padres y la de las autoridades. Igualmente, la Secretaría de Gobernación, en concreto la Dirección de Asuntos Religiosos, comparte responsabilidades porque debió estar mucho más atenta a las actividades de aquellas asociaciones religiosas que presentaran comportamientos extraños y sospechosos debidamente documentados, como es el caso de esta Iglesia Restaurada, que desde 2007 en Quintana Roo ya había enviado señales de conductas perniciosas, debidamente documentadas, que justificaran una intervención preventiva o precautoria, que jamás se dio, por falta de presupuesto, según dijo a los medios su entonces director Salvador Beltrán del Río.

Hay muchas lecciones que aún están pendientes. En Occidente, el concepto secta se ha cargado de sentidos peyorativos, pues señalar y hasta denunciar a un grupo adjetivándolo de secta lo lleva un juicio adverso y negativo. En el caso mexicano, su uso ha sido instrumento de lucha, no sólo utilizado por la Iglesia católica, sino hasta entre los grupos evangélicos minoritarios, como lo muestra la trayectoria de Jorge Erdely. Bajo un verdadero sistema de libertad religiosa, el individuo tiene el derecho, incluso, a creer en cuestiones estrambóticas, siempre y cuando no afecte los intereses de terceros o falte a las normas sociales éticas o altere el orden socialmente establecido. Los nuevos movimientos religiosos tienen aún un lugar periférico dentro de la cultura religiosa dominante; las minorías religiosas son una vía espiritual alternativa y guardan tensiones con las grandes instituciones religiosas establecidas. Sus límites, pero también sus derechos, aún esperan una buena redacción de leyes secundarias a la reforma del artículo 24 de nuestra Constitución sobre libertad religiosa.