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Voté porque el comisionado se comprometió a liberar a los comunitarios, dice

El acuerdo con el gobierno no establece el desarme, sólo el registro: Mireles

Es difícil imaginar a los autodefensas sin armas, les han asesinado a parientes, señala

Arturo Cano
Enviado
Periódico La Jornada
Sábado 19 de abril de 2014, p. 10

Aquila, Mich., 18 de abril.

A partir del 11 de mayo no habrá bloqueos carreteros si el gobierno federal no cumple los compromisos que hizo con las autodefensas: limpiar todo el estado, restablecer el estado de derecho y liberar a todos los presos de estos grupos, incluyendo a Hipólito Mora y a Enrique Hernández Salcido (dirigente de las autodefensas de Yurécuaro). El comisionado me dio su palabra personalmente, yo por eso alcé la mano, dice José Manuel Mireles, en referencia a la reunión con Alfredo Castillo celebrada el lunes 14 pasado.

Mireles votó a mano alzada, igual que el resto de los dirigentes que asistieron, un documento que nunca habla de desarme sino de registro de armamento; que no habla de libertad de los presos sino del traslado de algunos al penal de Apatzingán; que ofrece garantías indefinidas de seguridad a los líderes del movimiento.

Quizás el único que es más o menos claro es que a partir del 11 de mayo todo autodefensa que no se haya legalizado podrá ir a la cárcel.

Sin embargo, el médico de Tepalcatepec asegura que “Castillo se comprometió conmigo a que todos los comunitarios serían liberados.

Me llamó aparte cuando le dije que él es el enemigo público número uno de Michoacán y me dio su palabra de que liberarían a Hipólito, a Enrique, a todos.

–La palabra de un político.

–Yo tengo palabra. Si él no, le enseñaremos a ser hombrecito.

–¿Cómo ve que el abogado de Hipólito Mora, Eduardo Quintero, es el mismo del alcalde de Apatzingán?

–Ni lo conocía. Pero resulta que es abogado de templarios y de comunitarios. Pero hasta ahora nomás ha sacado a un templario, José Martínez Pasalagua.

Por hoy, el líder de las autodefensas ha dejado el sombrero australiano y el chaleco antibalas para ponerse una gorrita azul con un símbolo masón, un short blanco y unas chanclas croc del mismo color.

Mireles vino aquí aprovechando los días de asueto de Semana Santa, a relajarse en la playa, pero el viaje también le sirve para reunirse –como ha hecho desde hace unas semanas– con los dirigentes locales de las autodefensas: hace un análisis de la coyuntura, disecciona a la clase política, critica los errores de las autodefensas, rememora los intensos días recientes y, sobre todo, rechaza que el acuerdo con el gobierno se interprete como un desarme (palabra que, insiste, no está en ninguna línea de las aprobadas).

Le dan la razón los líderes presentes en tono relajado que se acompaña del susurro de las olas. Alfredo Castillo puede decir misa esta Semana Santa, pero es difícil imaginar desarmado, por ejemplo, a Héctor Zepeda, natural de Coahuayana, quien se alzó en armas apenas en enero pasado, el día que su hermano Julio fue asesinado porque los templarios se enteraron de que era uno de los conspiradores que habían ido a los municipios liberados a pedir ayuda. ¿Dejaría las armas Héctor si nada garantiza el regreso de esos agentes del Ministerio Público que decían mejor ni regrese, cuando alguien acudía a denunciar un secuestro?

Una vez consumado el desarme del Día de las Madres, ¿quién va a garantizar la vida de Semeí Verdía, el único comandante electo en una asamblea de mil 200 comunitarios?

Verdía es el anfitrión. Vuelve a disfrutar el maravilloso mar de Aquila después de cuatro años, los mismos que pasó fuera, luego de que los templarios lo buscaban para matarlo y agarró camino al norte con lo que traía puesto.

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José Manuel Mireles, vocero de las autodefensas de Michoacán, descansa en una playa del municipio de AquilaFoto Víctor Camacho

Verdía es de trato suave. Como si contara los detalles de una fiesta habla de sus rudos intercambios con los mandos de la Armada. Uno de ellos me dijo que le molestaba vernos armados. Y yo le respondí: A mí me molestaba verlos pasar a ustedes, con esas armas tan poderosas cuando nos estaban matando.

Volvió el ahora comandante con otros jóvenes desplazados y con el apoyo de los comunitarios de Aquila y otros municipios vecinos.

¿Dejará las armas el nieto de don Trinidad de la Cruz, muchacho que ahora es comandante de la policía comunitaria? ¿Recordará el gobierno el caso de don Trino, ese viejo desorejado, torturado y muerto delante de miembros de la caravana de Javier Sicilia?

Aquí, en la costa, los comunitarios ya han tenido sus probaditas de desarme. Primero fue en Ostula, donde Semeí Verdía consiguió, a fuerza de necedad, que un mando de la Marina devolviera las armas de los comunitarios.

En la tercera semana de marzo, elementos de la Marina que tienen base delante de La Placita desarmaron a los comunitarios de un retén colocado en esa población costera, célebre porque fue la plaza de uno de los más importantes, y sanguinarios, jefes templarios: Federico Lico González, sanguinario fuera, cacique bueno dentro.

Según testimonios de los comunitarios, unas mil personas de Aquila y de Coalcomán armadas sólo con machetes –otros aseguran que algunos cargaban arman discretamente– rodearon la base de la Marina durante casi tres días, entre el 20 y el 22 de marzo, e impidieron que los marinos ahí estacionados se movieran. Los elementos de la Armada debieron incluso recibir comida por medio de un helicóptero.

La Policía Federal intercedió por los comunitarios. El asunto estuvo a punto de pasar a mayores cuando federales y marinos apuntaron sus armas unos contra otros. Al final, los marinos aceptaron devolver las armas, pero sólo regresaron cuatro de 14, aunque las habían dejado inservibles.

Las playas de la región están llenas de paseantes de Semana Mayor, nacionales y extranjeros. Nomás hasta el domingo, luego volveremos a estar solos, se queja la dueña de una palapa playera. Sólo seguirán aquí los comunitarios que –con sus armas guardadas detrás de las hamacas– revisan vehículos en sus retenes, los policías federales que ocupan hoteles enteros y los marinos, que recorren incluso las playas repletas de trajes de baño y hieleras a tope de cerveza. A diferencia del DF, aquí, con todo y guerra, no hay ley seca.

Sin mencionar nombres, José Manuel Mireles critica a las autodefensas de Tepalcatepec porque han optado, dice, por abandonar a municipios que no han terminado de limpiar sus territorios. Es como decir, háganle como puedan porque yo ya resolví mi problema.

Algunos, sugiere, ya lo resolvieron efectivamente. El que tenía bicicleta ahora tiene dos tráilers; el que cortaba limón con un ganchito, ahora es dueño de cuatro huertas de aguacate.

Es día de asueto, aunque las autodefensas no paran. Mireles pide posar con su club de fans, Emily, Regina y Alexa, tres hermosas niñas que lo abrazan con el mismo gusto con el que antes repartieron vasos de agua de jamaica.

Alexa, de unos siete años, remata con un poema homenaje a Lázaro Cárdenas: Todas las grande riquezas son propias de la nación.

Mireles le pide a Regina que le diga qué quiere ser. La niña responde:

–Cuando yo sea grande quiero ser guerrillera.

–¿O sea que la guerra no va a parar? Tenemos que seguir, ¿verdad mija?