Política
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Coronel Aureliano Buendía… ¡presente!
José Steinsleger
F

ue, quizás, el mejor homenaje. Globitos escapándose de un librero, y pasando revista a los héroes que nos dieron patria: Florentino Ariza… ¡presente! Fermina Daza… ¡presente! Rebeca Montiel… ¡presente! Remedios, la bella… ¡presente! Úrsula Iguarán… ¡presente! Nena Damonte… ¡presente! (monero Miguel Rep, Página 12, Buenos Aires, 19/4/14).

Pero la realidad termina por imponerse sobre cualquier tentación mistificadora de la imaginación. Porque el saludo más estremecedor fue registrado en esa fotografía que muestra a un ex presidente de México y sus guaruras frente al domicilio del finado. Observémosla con atención y preguntemos… ¿quién escribió, realmente, Crónica de una muerte anunciada (La Jornada, Cultura, 20/4/14)?

Pongamos las cosas en su lugar. Si el relato que sostuvo a millones a partir del asesinato del Che fue mentira, nada de lo dicho por el autor de Cien años… sería verdad. ¿O una y mil veces no dijo que su interés era escribir un libro para dejar en claro que la soledad es lo contrario de la solidaridad? Ahora bien: ¿estamos más unidos y solidarios desde el día en que el coronel desapareció en su alfombra voladora?

Amigo de revolucionarios y de reyes, visitante habitual del lóbrego Palacio de la Moncloa y de las churrigerescas antesalas de Los Pinos, el coronel fue contertulio del genocida Henry Kissinger, con quien habló de futbol, y de Fidel, con quien platicaba de cine. ¿Su ideología? Aureliano Buendía fue un hombre de ideas originales y vivió persuadido de que la unidad de América Latina era una empresa demasiado grande para sólo dejarla en manos de izquierdistas sin pueblo y derechistas estupidizados por la magia del mercado neoliberal. En todo caso, aquel ex presidente de México dijo una gran verdad: el poder se acercaba al coronel, y no al revés.

Nada de realismo mágico, nada de lo real maravilloso, expresiones que los críticos de segunda extrapolaron de un pintor alemán y un escritor francés. El coronel observó: Yo no saco mis libros de la nada, sino de la realidad de la América Latina, y en particular la región del Caribe, cuya vida cotidiana nos tiene acostumbrados a toda clase de frustraciones humanas, a toda clase de burlas históricas, a toda clase de desastres telúricos, pues hasta los azares geológicos parecen propios del subdesarrollo.

El coronel temía por la lenta agonía del periodismo. Mas no por las tecnologías arrolladoras que lo castran y sofocan, sino porque seguimos creyendo en “…interpretaciones ya establecidas e invariables a las cuales acomodamos los hechos” (1991). A poco de terminar el siglo pasado, el venezolano Boris Muñoz preguntó al coronel: “¿Cómo ve usted la situación de América Latina? Pobreza, drogas, violencia, corrupción… ¿seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida?” Respuesta: Sí, seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida. Así será.

–¿Lo dice de verdad?

–¿Qué quiere que le diga? Para contestar esa pregunta hacen falta tantas horas que el producto de la conversación alcanzaría para llenar una enciclopedia de cuatro tomos. Siguiente pregunta.

El periodismo escaso de recursos, y la falta de imaginación que, matando la comunicación, sacrifica todo en el altar de la información y la primicia. Por no hablar de los odios literarios que, al decir del escritor gallego Manuel Rivas, han pasado “…de una escala precapitalista a otra fase ultraliberal”.

En México, el máximo exponente del odio intelectual escribió chorradas de mierda para desmitificar al héroe de Aracataca y otros redentores. Con estulticia, se preguntó: ¿Qué pensaría Orwell de un escritor que no sólo adopta el punto de vista totalitario sino que, literalmente, lo propone? Y cínicamente, concluyó: “Sería un acto de justicia poética que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, (el coronel) se deslindara de Fidel Castro…” (Redentores, La sombra del patriarca, p. 388, 2001).

Sin embargo, en esas 40 páginas de falsos elogios y mal disimulada adjetivación caníbal, no aparece por ningún lado la justicia poética cometida a finales de 1986 en el-país-más-democrático-de-Medio-Oriente, cuando el Departamento de Educación Religiosa de Tel Aviv prohibió la lectura de Cien años de soledad por ser… muy explícita en cuanto a expresiones (sic).

Es posible concebir a muchos escritores latinoamericanos como autores de origen europeo. ¿Es posible imaginar al coronel Aureliano Buendía fuera de Aracataca? Sin abandonar los estrechos límites de su aldea, Kant concibió un sistema de ideas que pasaron por universales. Hasta que las contradicciones inherentes al dogma lo pusieron en su sitio: la teoría. En sentido contrario, Aureliano abrió al mundo las puertas de Aracataca y nadie se quedó sin paladear el sabor de la guayaba.

La Constitución de Aracataca fue mundialmente conocida en 1982, cuando, en la ceremonia de recepción del Nobel, el galardonado Gabriel García Márquez explicó por qué a pesar de haber perdido todas las guerras, América Latina buscaba una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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