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Bajo la Lupa

Tsunami demográfico/electoral de Naremdra Modi en India: primacías y peligros

Alfredo Jalife-Rahme
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Narendra Modi, quien fue electo primer ministro de India, muestra una carta que recibió del president Pranab Mukherjee después de una reunión en el palacio presidencial de Nueva DelhiFoto Reuters
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uizá haya concluido la gran etapa del hoy agónico Partido del Congreso de la dinastía del Mahatma Gandhi/Nehru que marcó la vida política de India, amputada en la etapa colonial por la ruptura de los dos brazos islámicos de su cuerpo entero: al este Bangladesh y al oeste Pakistán.

Desde su independencia distócica, el notable Partido del Congreso, de figuras idílicas (Nehru y su hija asesinada Índira Gandhi, sin relación familiar con el inconmensurable Mahatma) –que gobernó 54 años de sus 67 años postindependencia con una interrupción de 13 años en favor del partido ultranacionalista hindú Bharatya Janata–, sin llegar a ser laico, tenía una inclinación proto-hindú (alrededor de 85 por ciento de la población de mil 270 millones de habitantes) y ostentaba una acrobática relación con la poderosa minoría islámica (primordialmente sunita): 13.4 por ciento (165 millones) de la población total, lo cual coloca a India como el tercer país islámico más poblado del planeta, detrás de Indonesia (204 millones del total de 250 millones) y de Pakistán (190 millones), pero antes de Bangladesh (142 millones).

Quizá el Partido del Congreso haya fenecido de muerte biológica cuando los sucesores de la dinastía Nehru/Gandhi, amén de haber sucumbido a una hipertrofiada corrupción, exhibieron una dramática catatonia al no saber responder al anhelo de la avasallante juventud hoy desempleada y sin horizonte (los ninis de India).

El triunfo del ungido primer ministro Narendra Modi –soltero de 63 años e hijo de un humilde vendedor de té, proveniente de la baja escala de los ghanchis– refleja en el país de las castas y la metemsicosis (emigración de las almas) un tsunami demográfico (2/3 partes tienen menos de 35 años de edad) que opera una profunda revolución social al haber defenestrado a la élite que forjó la independencia, hoy reducida humillantemente a 44 escaños del total de 545 de la Lok Sabha (su Parlamento).

El Partido del Congreso, nominalmente laico, había colocado a India en el tercer lugar de la geoeconomía mundial al haber desplazado a Japón, según las proyecciones de este año por el Banco Mundial.

En un país tan complejo como India, que he tenido la fortuna de visitar varias veces, no proceden las perentorias fórmulas simplistas, por lo que sería más conveniente abordar su asombrosa dinámica telúrica en forma multidimensional y en varios niveles.

Dependiendo de cómo se aborde la hipercompleja ecuación de India en sus múltiples dimensiones y niveles, se pueden sacar conclusiones susceptibles de ser ventajosas o peligrosas para el orden local/regional/global.

Llama poderosamente la atención el estruendoso silencio de la prensa rusa y china, mientras la prensa británica, desde The Economist hasta The Financial Times, festeja ruidosamente la odisea neoliberal de Modi, seguida sigilosamente por The New York Times y The Washington Post, que expresan el punto de vista de la administración Obama, que desea reparar las dañadas relaciones con India, debido, en parte, al reciente maltrato de una funcionaria consular en Nueva York expulsada sin miramientos.

Es relevante que la administración Obama busque desagraviar las relaciones con un personaje como el futuro primer ministro Modi, a quien canceló su visa de entrada a Estados Unidos debido a la imputación por su participación teledirigida en la carnicería de más de mil musulmanes en la hoy célebre provincia de Guyarat (63 millones de habitantes y la parte más noroccidental), que ha sido propulsada como el paradigma neoliberal a seguir en toda la federación.

La elección de Modi devuelve la esperanza a su vibrante juventud desempleada, pero al mismo tiempo arroja grandes interrogantes sobre el destino de India, en especial su frágil equilibrio con la poderosa minoría islámica.

El paso de Modi por el grupo paramilitar islamófobo Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) provoca trémulos en todo el sur y sudeste asiáticos, donde viven más de mil millones de musulmanes: 62 por ciento del total global de mil 600 millones.

La prensa occidental ha derramado mucha tinta sobre el modelo Guyarat, donde Modi experimentó su neoliberalismo de característica hindú, que ha cautivado a un amplio sector de la población gracias a su gran manejo de la mercadotecnia política que ha permeado en la burguesía, en la pujante clase media y en un sector de la subsidiada clase rural (otrora bastión electoral del Partido del Congreso).

No faltan quienes resalten en forma negativa que el crecimiento de India haya caído al 5 por ciento, la mitad del pico del 2004 al 2008, lo cual es relativo porque tampoco es lo mismo la macroeconomía global antes de la quiebra de Lehman Brothers en 2008 que en la fase actual.

Para The Economist, la ardua tarea de Modi comporta tres rubros en el sector económico: 1. La limpia de los bancos podridos, que puede alcanzar 4 por ciento de su PIB y que en términos relativos es ligeramente mayor al rescate bancario de Wall Street. Viene una advertencia para los ditirámbicos neoliberales a ultranza: no habrá recuperación hasta que los bancos sean lo suficientemente fuertes para financiar un nuevo ciclo de inversiones; 2. Se debe romper el ciclo de estanflación desestabilizadora. La revista británica coquetea con la ominosa abolición del mercado agrícola manejado por el Estado con el fin de reducir los altos precios alimentarios; y 3. La creación de más empleos decentes: más de 10 millones de personas al año entrarán al mercado laboral en la próxima década (debido al estallido demográfico juvenil).

A nivel regional, India es una genuina potencia del océano Índico y vecina de dos potencias nucleares, la islámica Pakistán (con la que ha tenido tres guerras) y China (con la que libró una guerra), mientras ha mantenido excelentes relaciones militares con Rusia y ha exhibido altibajos en su relación tormentosa con EU, que busca desprenderla de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) para crear un eje con Japón y Australia en Asia para cercar a China.

Pese a las sanciones contra Irán, India –tan dependiente en importaciones de petróleo– ha sabido conservar excelentes relaciones con la teocracia chiíta. ¿Mantendrá Modi dicha relación contra los vientos y mareas del hinduismo militante?

El tsunami electoral del ultranacionalista hindú Modi se escenificó en víspera de la visita histórica del zar geoenergético global Vlady Putin al mandarín Xi Jinping a Shangai, lo cual seguramente merecerá la específica atención de ambos mandatarios.

Con el aplastante ascenso de Modi al poder ¿se fractura o se consolida el de por sí laxo bloque de los BRICS?

Todo dependerá del camino que seleccione Modi, quien ha colocado a India en la bifurcación entre el huntingtoniano cuan ominoso Choque de Civilizaciones y el creativo Diálogo de Civilizaciones.

La cumbre de los BRICS en Fortaleza (Brasil) en julio significará una de las varias pruebas inaugurales de fuego de la nueva India.

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