Opinión
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El celibato sacerdotal, a discusión
L

as italianas que tienen una relación sentimental con curas le escriben una carta al Papa, donde exponen su sufrimiento y le piden cambios en la Iglesia; su clamor es contundente: Querido Francisco: acaba con el celibato sacerdotal.

En la sociedad moderna hay una creciente corriente que pide el fin obligatorio del celibato sacerdotal, porque atenta contra la naturaleza humana. Las 26 mujeres en la carta imploran al Papa con toda humildad “poner a tus pies nuestro sufrimiento para que algo cambie no sólo para nosotras, sino para el bien de la Iglesia… un hombre obligado al celibato es algo que va contra natura. Si se permitiera que los sacerdotes que así lo deseen puedan casarse se acabaría con muchos sufrimientos y se haría un gran bien a la Iglesia”.

Este llamado conmovedor, que circula por Internet en las redes de todo el mundo, aborda una de las cuestiones más polémicas en la vida de la Iglesia católica desde el punto de vista histórico: el celibato sacerdotal. También pone de manifiesto a la Iglesia bajo la era de la globalización, marcada por una amplia participación femenina en la cultura y en la comunicación.

La discusión sobre el celibato sacerdotal no es nueva en la vida de la Iglesia. El último gran debate se dio a raíz de las aperturas conciliares en los años sesenta del siglo pasado. Hubo ahí un gran quiebre y miles de sacerdotes optaron, ante la cerrazón de Roma, por la vida de pareja. El último Sínodo Mundial de Curas Casados, que se celebró en Roma, ofrece cifras. Existen aproximadamente en el mundo unos 400 mil sacerdotes católicos, y entre ellos hay unos 70 mil casados. Solo 33 mil curas han conseguido la dispensa papal, la mayoría durante el pontificado de Pablo VI. En los últimos pontificados, el Vaticano ha mostrado menor disposición a conceder dispensas, y actualmente hay cerca de 6 mil sacerdotes a la espera de una decisión.

Hay que reconocer que una parte significativa de los sacerdotes son activos sexualmente y llevan una vida de pareja de manera clandestina. No dejan su ministerio, viven plenamente una vida conyugal, incluso con hijos. Reina el disimulo, pues muchas veces existe la permisividad del obispo, y la comprensión de la comunidad les permite seguir con el ministerio, mientras la convivencia se disfrace con cualquier otro supuesto vínculo familiar. En México se registraron tensiones en Oaxaca en los años setenta, bajo la tutela de Ernesto Corripio Ahumada, pues las culturas mixtecozapotecas no confiaban en los ministros célibes. Algo parecido ocurrió en Chimbote, en Perú, en los años ochenta, que propició la aparición de una nutrida agrupación de sacerdotes casados.

El celibato como precepto religioso no sólo está presente históricamente en el cristianismo latino, sino forma parte del patrimonio de porciones del hinduismo y del budismo. En el antiguo imperio romano, tan pleno de excesos, la castidad era concebida como virtud. No así en el judaísmo, pero algunas de sus sectas, como la de los esenios –a la cual, se conjetura, pertenecía Jesús–, exaltaban la espiritualidad, la renuncia a los bienes materiales, la humildad y la castidad. Por tanto, el celibato no es dogma, como tratan de revestirlo los dogmas católicos, sino un hecho social, que refleja en el tiempo y en el espacio las diversas concepciones del cuerpo y la sexualidad humana.

La mayoría de los apóstoles eran casados. La Biblia refiere este hecho. Habla de la suegra de Pedro (Mateo 8, 7). Pablo señala que varios apóstoles eran ayudados por sus esposas (1 Corintios 9, 5). Los primeros papas eran casados y en las primeras generaciones los obispos tenían mujeres e hijos; lo único que exige San Pablo es que vivieran con moralidad y que tuvieran una sola mujer (1 Timoteo 3, 3). Hay que recordar el contexto patriarcal de los inicios del cristianismo. Sobre la soltería de Jesús hay dudas razonables que quedan en el misterio y amparadas en más de 2 mil años de distancia.

Jean Meyer publicó en 2009 un libro titulado El celibato sacerdotal; su historia en la Iglesia católica, de Tusquets. Sostiene que en el inicio del cristianismo no existía el celibato. Algunas leyes empezaron a exigir el celibato sacerdotal, por las tensiones entre laicos versus clero naciente, entre diócesis de rito latino en el siglo IV: se hizo manifiesto en el Concilio de Elvira y se reiteró en el Concilio de Letrán I, en 1123. Aunque no todo el clero asumió automáticamente la continencia sacerdotal como obligación para la impartición de los sacramentos, porque en Francia y España obispos, sacerdotes y diáconos estaban casados y continuaban una vida conyugal y engendraban hijos –incluso se respetó la orden de mantener el celibato en sacerdotes que fueron ordenados bajo tal condición–, según el autor, el celibato se impuso como obligación para todos los niveles clericales de la Iglesia latina en el siglo XII. Se reafirmó en Trento, a mitad del siglo XVI, en respuesta a la abolición del celibato por los movimientos ­protestantes.

A pesar de lo sugerente, estudios serios muestran que no necesariamente existe una relación entre celibato, homosexualidad y pederastia. Es un asunto de sometimiento y poder. La pedofilia se da por igual en otras iglesias cuyos ministros de culto son casados y heterosexuales.

En la Iglesia católica, existen sacerdotes casados en iglesias de rito oriental en comunión con Roma o procedentes del anglicanismo. Es una realidad ya existente, de la que hay una histórica y vastísima discusión. Roma ha reiterado bajo diferentes pontificados que el celibato no es una cuestión a debate ni mucho menos a discusión. Pese al llamado de las 26 mujeres, dudamos mucho que Francisco acceda a una reforma profunda que revolucionaría la Iglesia. Sin embargo, queda como una reforma ineludible, si tomamos en cuenta la escasez de vocaciones sacerdotales y sobre todo el inexorable envejecimiento de la complexión eclesiástica. Esta crisis en puerta podría llevar a decisiones hoy insospechadas.