Economía
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México SA

Petróleo sacrificado

Los Niños Herodes

El espejo argentino

Carlos Fernández-Vega
L

os mexicanos pueden estar tranquilos, porque uno de los integrantes de los muy neoliberales Niños Herodes (al país lo chingamos o lo jodemos) ya anunció que el inquilino de Los Pinos, el partido tricolor, sus legisladores y él mismo asumiremos el costo político de aprobar las leyes energéticas, o lo que es lo mismo heroicamente avalaron otro saqueo a la nación, junto con los panistas y la vergonzante complicidad de los perredistas.

Tal frase célebre es de la autoría del ahora coordinador de los senadores priístas, Emilio Gamboa Patrón, quien en eso de las privatizaciones se ha sacrificado a lo largo de seis sexenios al hilo hasta no dejar una sola pieza en la estantería de la venta de garaje inaugurada treinta y dos años atrás por Miguel de la Madrid, su maestro en las artes de la liana política, el hueso y la ubre presupuestal.

Es tal su elevada capacidad de sacrificio, que el siempre generoso Gamboa Patrón deja a los mexicanos, íntegros, el costo económico y social por el nuevo despojo palomeado por los Niños Herodes. Y por si hubiera dudas, el político yucateco redondeó así su notificación: el Ejecutivo sabe perfectamente que transformar al país tiene un costo, un costo político, un costo en su popularidad, pero cuantas veces he estado con él ha dicho que su compromiso es que este país salga adelante. Es de suponer que el ahora senador le recetó al inquilino de Los Pinos una de sus más famosas frases: en materia petrolera, le dijo, “lo que tú digas cabrón, lo que tú digas, por ahí vamos cabrón… Pues entonces va pa’trás, papá”, la propiedad del Estado.

Y mientras los mexicanos agradecen profundamente el sacrificio de Emilio Gamboa y demás Niños Herodes, el rumbo de la tan cacareada reforma energética ni de lejos es al estilo brasileño, sino al de Carlos Saúl Menem en la década de los noventa del siglo pasado, que también comenzó con el pretexto de modernizar y capitalizar al sector petrolero del Estado argentino, en el que México se refleja.

El sacrificio menemista fue devastador (igual que el de los seis gobiernos neoliberales en nuestro país), y la Cepal lo ha resumido de la siguiente manera: la compra de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) de Argentina por parte de Repsol fue una gigantesca operación de concentración de poder cuasi monopólico no sólo en Argentina, sino en toda la región. El gobierno de Cristina Fernández ha revertido tal situación, aunque falta. Pero ahora los sacrificados políticos mexicanos levantan la mano para que la historia no los olvide.

¿Cómo le fue a los argentinos con la privatización petrolera? La Cepal ofrece un paseo por tal capítulo político-económico de la nación sudamericana: el proceso de venta de YPF (modernización y capitalización) tuvo varias etapas hasta concretar la plena propiedad para Repsol. En julio de 1993 el gobierno menemista vendió 43.5 por ciento del paquete de acciones por 3 mil 40 millones de dólares en efectivo y mil 271 millones en títulos de deuda pública, aunque en esta operación el gobierno de aquel país asumió una deuda de la empresa por aproximadamente mil 800 millones de dólares. En esa primera venta, el pastel accionario quedó repartido así: gobierno, 20 por ciento más una acción de oro; estados provinciales, 12 por ciento; personal de YPF, 10 por ciento; sistema previsional, 12 por ciento, y sector privado, 46 por ciento.

Entre 1993 y 1998 la estructura de la tenencia fue transformándose debido a que los jubilados, el personal de la empresa y las provincias fueron vendiendo sus acciones motivados tanto por los mejores precios de las acciones en el mercado bursátil como por las necesidades de liquidez. Estas necesidades se originaron habida cuenta del contexto recesivo de la economía y las dificultades de hallar empleo con posterioridad al segundo semestre de 1994, cuando los ingresos por privatizaciones comenzaron a mermar, y los efectos del Plan de Convertibilidad sobre el nivel de actividad empezó a ser visible.

Para 1998, las rebanadas del pastel accionario de YPF quedaron así: gobierno, 20 por ciento, más acción de oro; estados provinciales, 4.7; personal de YPF, 0.4, y sector privado, 74.9 por ciento (los fondos privados extranjeros, de Estados Unidos mayoritariamente, 63.1 por ciento; los inversionistas argentinos, 11.8 por ciento). A mediados de 1999 comienza la venta a Repsol. El gobierno argentino vende a esa empresa 14.99 por ciento de las acciones, por alrededor de 2 mil millones de dólares, y la trasnacional española (una petrolera sin petróleo en su país de origen) ofrece comprar todas las acciones.

Como regalo de despedida de mandato, el sacrificado Menem da prioridad a Repsol y establece que si aparecieran otros postores por YPF deberían pagar 25 por ciento adicional, con respecto a lo ofrecido por la trasnacional española, la cual termina por adquirir 83.24 por ciento de la paraestatal en oferta. Así, el gobierno argentino se quedó con su acción de oro, el personal de YPF con 0.4 (aunque tuvo que litigarlo en tribunales), el resto del sector privado con 1.37, y Repsol, con 98.23 por ciento.

Resultó obvio que la venta a Repsol se realizó a precios muy inferiores a los de mercado. La evidencia más contundente de la subvaluación de los activos transferidos por el Estado se da con la primera venta de acciones de YPF en comparación con el precio que más tarde obtuvieron los inversionistas originales cuando se realiza la venta a Repsol por 15 mil 169 millones de dólares.

Repsol recuperó rápidamente el gasto realizado en la compra de YPF, no hizo mayores inversiones y sus utilidades crecieron como la espuma, la mayoría de ellas depositadas en su país de origen, España. Por su parte, el gobierno de aquella nación sudamericana sólo vio cómo se desplomaban los ingresos fiscales, mientras los argentinos fueron doblemente asaltados: les robaron un bien que pertenecía a la nación y los salarios del sector energético se fueron al caño.

La Cepal puntualiza: las reformas favorecieron más al sector privado que al Estado. Los productores privados de petróleo se vieron especialmente favorecidos por la posibilidad de aumentar significativamente la explotación de crudo a costos muy bajos, sobre la base de reservas descubiertas previamente (con recursos públicos), con costos marginales inferiores por tratarse de áreas centrales de gran productividad, recibiendo a cambio elevados precios internacionales tanto para el crudo vendido en el mercado interno como para el exportado. La exploración se redujo sustancialmente, y sólo exprimieron los pozos existentes.

Las rebanadas del pastel

¿Así, o más sacrificio marca Menem?

Twitter: @cafevega

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