Opinión
Ver día anteriorLunes 21 de julio de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ajuste social
L

a exuberancia irracional del capitalismo financiero a escala global llevó de modo directo a la disciplina del ajuste. Tal disciplina se presenta como si se aplicara a los gobiernos y tuviera un sustento técnico insuperable. Pero es una disciplina que se impone sobre la población y de modo severo, con criterios de corte inmediato pues esa es la esencia de la austeridad como medida económica y como justificación política.

A fines de 1996 Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, describió las condiciones de los mercados financieros y sus consecuencias con la expresión de exuberancia irracional. Exuberancia significa abundancia suma o plenitud. Y, en efecto, los inversionistas y los consumidores y el gobierno también, se comportaban de modo exuberante y, sobre todo, de manera irracional. Creían que esas pautas continuarían sin límite.

Las tasas de interés se mantenían artificialmente bajas para alentar el consumo y la inversión. Los precios de los activos reales –como los bienes raíces– y de los activos financieros –como las acciones de las empresas de tecnología– crecían y la ilusión se fue afianzando.

Greenspan se cuestionó desde finales de 1996 sobre lo que ocurría: Cómo sabemos cuándo la exuberancia irracional ha escalado en exceso los valores de los activos, mismos que luego estarán sujetos a contracciones inesperadas y prolongadas. Concluía diciendo que los banqueros centrales sólo deben preocuparse de colapsos en los precios de los activos que amenazan con perjudicar la economía real, su producción, empleos y la estabilidad de los precios. Eso fue precisamente lo que ocurrió. El resto es historia.

La burbuja se rompió primero en 2001 y se contuvo aplicando políticas monetarias y fiscales que sostuvieran la expansión, eso sí, cada vez más con una resistencia más débil. Luego se reventó de modo contundente en 2008. Las repercusiones de la crisis no han terminado. Las economías de Estados Unidos y Europa se han ajustado de modo severo y terco. Los criterios utilizados han sido los más ortodoxos disponibles. Y los efectos se extienden por todas partes.

El ajuste esconde aún condiciones de gran fragilidad. Se prepara el terreno para que surjan burbujas que apuntalen una magra recuperación productiva con renovados espacios para la especulación. Los bancos no están saneados, como muchos dicen. Eso lo saben bien los que manejan la banca (véase el discurso de Jaime Caruana, administrador general del Banco de Pagos Internacionales: Saliendo de la sombra de la crisis, 29/6/14). Ahí está como muestra el caso del Banco Espíritu Santo de Portugal (no confundir el nombre de la familia propietaria con ningún asunto metafísico).

Ha prevalecido un criterio de corto plazo para reducir los déficit fiscales, lo que significa en esencia imponer una fuerte disciplina sobre las familias, los trabajadores y las empresas más pequeñas. Eso ocurre con la escasez de empleos, la caída de los ingresos, la restricción del crédito. Súmese a esto la reducción significativa de la calidad y cantidad de los servicios públicos, la pérdida del patrimonio como ocurre con la vivienda, el aumento de la desigualdad y se tendrá un asomo a las consecuencias esperables en un plazo más largo.

La política fiscal expresa de manera directa los criterios políticos de un gobierno. Nunca es neutral. Eso está en el fondo de lo que ocurre hoy en la economía de México. Dos años de un crecimiento más lento incluso del que ya se registraba en promedio en un periodo muy largo de tres décadas.

Aquí también hubo burbujas, incluso en ese estancamiento productivo secular. En una reciente presentación del Banco de México (2/7/14) se afirma que entre las causas de la reciente desaceleración productiva está la quiebra de las tres más grandes empresas desarrolladoras de viviendas. A esto añade el hecho de que la reforma fiscal ha aumentado los impuestos y eliminado las deducibilidades para las inversiones.

Me parece que el banco central tendrá que seguir adaptando esta presentación luego de la política fiscal que se ha aplicado. Además, está el fiasco legislativo para modificar la Constitución y pasar las leyes secundarias en materia energética. Estas son formas de ajuste disciplinario para la sociedad.

Y la disciplina de la política pública impuesta sobre la población será aún más severa. Las reformas enfrentarán pronto los efectos adversos que van a producir los criterios, el modo y los tiempos en que se han diseñado e implementado. El ajuste que todo esto está provocando se extenderá por un largo tiempo.

Es muy grande la desigualdad de estructura productiva, regional, financiera de esta economía y, sobre todo, de la estructura social. En este marco, las apresuradas medidas de reforma, avaladas por un Congreso que no sostiene ninguna expectativa favorable sobre el proceso democrático, se están sentando las bases para el surgimiento de nuevas burbujas de especulación, de un crecimiento sesgado y con desequilibrios financieros y fiscales.

Se está recreando un escenario de exuberancia irracional ya no sólo entre los agentes más poderosos de los mercados, sino en la manifestación del quehacer político.