Política
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¿Vive la izquierda?
Víctor Flores Olea
P

or supuesto que muchos la dan por muerta, sobre todo después de la debacle de las últimas elecciones europeas en las que los partidos políticos tradicionales, sobre todo los socialistas, tuvieron una espectacular caída en favor de la derecha, que muchos analistas consideran mortal y casi definitiva, al menos por muchos años. Desde luego no es fácil generalizar, pero las causas son múltiples, esencialmente el hecho de que el capitalismo, incluso el más rapaz, ha sostenido ciertos niveles de vida para las mayorías, sobre todo en Alemania y en los países del norte europeo.

En los del sur básicamente es otra situación, porque allí las desigualdades se han agudizado o al menos se han conservado como es tradicional. Ricos contados con los dedos de una mano y pobres a granel que no cuentan con lo mínimo, además de que han permitido gobiernos rapaces y corruptos a más no poder ¿Verdad que no es lo mismo España, Grecia o Italia que Dinamarca, Noruega o Suecia? Sin embargo, el conjunto de los países europeos, incluso aquellos con mayores conflictos, han apostado, al menos por lo pronto, por un mínimo desarrollo capitalista, con más oportunidades, piensan ellos, que un abstracto socialismo que ha fracasado demasiadas veces en demasiados lugares. Así va la cosa. Pero otra cuestión muy distinta ocurre en los países antes llamados en desarrollo y hoy directamente países pobres.

Aquí el panorama parece ser doble o triple: por un lado la penetración imperialista globalizada parece ser relativamente eficaz en sus controles, sobre todo de los grandes capitales, y en el respaldo prácticamente incondicional a las clases más adineradas. Para las clases medias y más pobres bastan las promesas y la retórica de un futuro mejor, que nunca llega, lo cual es claro, ya que los beneficios del trabajo social son invariablemente secuestrados por las clases dominantes y apenas llegan como mendrugos a las clases medias más necesitadas. Naturalmente la caída del muro de Berlín, para hablar metafóricamente, afectó profundamente la creencia colectiva en un futuro socialista de realizaciones relativas, pero al final de cuentas realizaciones.

Sin contar con que también a la caída del socialismo surgió y se afianzó una hegemonía imperialista estadunidense que vigila la evolución del conjunto planetario, con especial atención en las posibles desviaciones de izquierda, que está dispuesta a contener radicalmente o incluso a aplastar militarmente. ¡No tengamos ilusiones! Tal es precisamente la principal función de la potencia hegemónica imperialista, conservar el capitalismo y asfixiar desde el origen cualquier virus desviacionista o sospechoso de socialimo. Los huevos hay que aplastarlos desde la cuna.

En la parte pobre del planeta, sobre todo África, la idea misma del socialismo ha desaparecido, si es que alguna vez tuvo relativa vigencia, y la lucha de clases se ha convertido más que nada en una lucha para la sobrevivencia, no sólo de las infames condiciones materiales en que vive la inmensa mayoría, sino que los enfrentamientos se han convertido muchas veces en luchas de carácter tribal a muerte. En tal panorama prevalece el sentido de pertenencia a un grupo étnico definido por la tribu (con raíces religiosas, pero con frecuencia también semimágicas) y no por la posible solidaridad que exige la lucha entre clases sociales diferentes.

Seguramente en Asia es muy distinto, aunque debe decirse que la idea del socialismo posible desapareció casi enteramente gracias a un capitalismo superdesarrollado (sobre todo en China, pero obviamente también en Japón y Corea, cuando menos), con la notable circunstancia de que ese capitalismo es desarrollado (otra vez China), desde el Partido Comunista en el poder, que tal vez presume aquí y allá de ciertas instituciones socialistas que ahora se ahogan en el océano de un capitalismo en el cual apenas viven esas instituciones. El socialismo en la mayor parte de Asia se ha convertido en un sueño muy lejano de la realidad.

Se ha dicho mucho, con razón (entre otros autores por Noam Chomsky y Atilio Borón) que probablemente en América Latina se libran actualmente las batallas más interesantes en contra del capitalismo neoliberal (hacia un mundo posliberal), con base en amplios movimientos sociales (y no de los partidos de izquierda tradicionales). En efecto, con distintos grados de claridad y decisión, los gobernantes de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina han instaurado gobiernos posliberales que batallan en favor de sistemas más humanos y justos.

Es verdad también que, no obstante los éxitos de estos gobiernos (y sus fracasos, relativos o no tanto), y precisamente por ello, se encuentran relativamente aislados de la vida internacional, y es que nuevamente la vigilancia de la potencia imperialista hace hasta lo imposible para que el virus sudamericano no se traslade a otros continentes y países en los que pudiera inspirar nuevas formas organizativas de lucha y nuevos estilos de vida.

Con dificultades, pero también con importantes promesas de futuro, la izquierda vive reducida, pero con una vitalidad innegable. Por supuesto, tiene enfrente una tarea descomunal, pero por lo visto no imposible, aunque sí extraordinariamente difícil. Derrotar a los grandes consorcios neo­liberales (sí, esos que se apoderan ya del petróleo mexicano), neutralizar a la mayor potencia mundial y construir un difícil socialismo en que reinen la justicia y la igualdad. Tarea que debe realizarse para que todos vivamos en un mundo mejor, más libre y más humano.

Ojalá sea posible.

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