Política
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Márgenes de Gaza
Ilán Semo
J

ust Vision, el grupo de cineastas árabes e israelíes que se ha dedicado conjuntamente a testimoniar la tragedia humana del conflicto militar, filmó hace un tiempo Encounter Point, el documental que data el encuentro entre padres palestinos y judíos que han perdido a sus hijos en la guerra. Más que un documental es un documento que registra el grado más sensible de la conmoción que vacía de sentido cualquier sentido que se le pueda atribuir a una situación –la vaga palabra con que la sociedad israelí describe todo lo que tiene que ver con la guerra– que no parece tener fin: la historia de quien se ha quedado sin historia. ¿Qué significa la muerte de un hijo, sino el fin de cualquier historia?

Padres y madres israelíes y palestinos se dan cita un par de veces al año, casi de manera clandestina, asediados por la denostación de los medios, para compartir su dolor y exponer un duelo irresoluble. Pero sobre todo, para mostrar a ambas sociedades que la posibilidad de una solución no violenta se encuentra en la simple decisión de allanarla, en la convicción de que la precariedad de la vida es sencillamente común. No es, por supuesto, una razón que el Estado israelí esté dispuesto a escuchar actualmente. Por el contrario, no obstante las exigencias de una parte cada vez más considerable de la población judía de soluciones negociadas, las maquinarias de guerra actúan –o, mejor dicho, siguen actuando– como han hecho desde hace décadas: no una guerra para crear un estatus quo que garantice la paz a ambas naciones, sino una política de confinamiento (o sofocamiento) espacial, destinada a propiciar condiciones tan irrespirables en los territorios palestinos, que obliguen a sus pobladores a emigrar o abandonar la región –tal y como ha sucedido en las últimas tres décadas– o bien a ceder sin condiciones frente al régimen israelí. De ahí, en parte, la forma extenuante en que se ha prolongado (y se podría prolongar) el conflicto. En rigor, se trata de la guerra más larga del siglo XX y ahora del XXI, ya de más de 60 años. Veamos.

1. Como describe con detalle David Grossman, uno de los intelectuales medulares hoy en Israel, la franja de Gaza fue convertida en una prisión al aire libre. Es decir, ni siquiera en un gueto como los que separan a diversas geografías con demarcaciones informales. Aquí las demarcaciones son radicalmente formales: muros de contención, campos minados, patrullajes, torres vigías y control de todo lo que sale o ingresa a la franja.

2. No es casual entonces que los palestinos construyan túneles para moverse libremente sin ser vigilados, túneles que han sido el blanco de la actual campaña del ejército israelí. Cierto, en ellos Hamas almacena los cohetes que dispara contra el vecino, pero la destrucción de Gaza ha alcanzado ya a escuelas, hospitales y edificios de gobierno. No hay duda de que un cohete de Hamas mata igual que un cohete de la armada de Jerusalén, pero la comparación entre las fuerzas de ambos contendientes –argumento de Israel para declararla una guerra justa– es grotesca. Israel posee uno de los ejércitos más tecnologizados del planeta. La asimetría es más que evidente. El dilema, sin embargo, reside en que la resistencia palestina ha sido secuestrada por el radicalismo islámico, que se halla en conflicto con las autoridades civiles palestinas. Lejos de poder identificarse en un auténtico movimiento civil, la sociedad palestina está fracturada por sus órdenes religiosos.

3. El mismo Grossman contó alguna vez que cuando escuchó en 1967 que las tropas de Egipto y Siria estaban decididas a echar a los judíos al mar, lo primero que se le ocurrió fue contratar a un maestro de natación porque no sabía nadar. Traducido como metáfora política, este paralaje que recuerda tanto a la conversación de K. frente al juzgado en El proceso de Kafka, se ha convertido, aplicado en la dirección opuesta, en el drama palestino. El ejército israelí cuenta, como cualquier ejército moderno, con batallones especializados en ingeniería. La particularidad es que estos batallones están dotados con palas mecánicas, excavadoras y bolas gigantes que derriban las casas que construyen los palestinos. Si se siguiera con detalle, la lucha central en el conflicto palestino-israelí –ha sido– es no sólo una contienda por el espacio, sino por el espaciamiento: por la relación entre el espacio y la vida. Si bajo esta relación entendemos, como Husserl, el lugar donde se respira, se habita, se trabaja, se ama, se come... se vive. Esta es la política que cabría denominar como sofocamiento espacial.

5. No comparto la opinión, a diferencia de muchos historiadores críticos israelíes, de que los acuerdos de Campo David fueron un simple acto de simulación, y menos el camino que los condujo a la presidencia de Rabin. En las viejas élites europeas que gobernaron a Israel existía una sensibilidad, una auténtica intención de encontrar una solución negociada. Esa sensibilidad fue clausurada con el asesinato de Rabin. Hoy existen cientos de movimientos moleculares que buscan la paz en oposición el establishment político, como Just Vision. Su significado es todavía simbólico, pero, bajo otro contexto internacional, podrían adquirir un significado político.

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