Opinión
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Mar de Historias

Un lunes como todos

E

ntre la dictadura del despertador y la carrera a la estación, se llevaron a cabo las ceremonias domésticas de siempre en todas sus conjugaciones. Un lunes como todos.

En el metro, los personajes nuestros de cada día: niños somnolientos, muchachas maquillándose, vendedores de rosas embalsamadas en sarcófagos de papel celofán, beatas con sus santos a cuestas, solitarios ávidos, mujeres con sus vidas difíciles asomando por sus ojos opacos llenos de sueño y sin sueños, las quejas contra las frecuentes interrupciones del servicio. Aunque lo saben, los pasajeros se preguntan a qué se deberán. Al fin todos comparten la contrariedad y la espera.

En el túnel largo y oscuro, un movimiento del vagón significa para miles de personas la esperanza de presentarse a tiempo al curso de verano, la fábrica, la refaccionaria, el consultorio, la lonchería, el taller, el salón de belleza, el dispensario, el tianguis, el estudio fotográfico, la distribuidora de cosméticos: una inmensa nave mil veces dividida en secciones.

II

Las mujeres que trabajan allí van directamente hacia al reloj. Cumplido el requisito de checar la tarjeta, se dirigen al vestidor improvisado donde están las batas azules –todas inventariadas– con una florecita de lis y sus nombres bordados con hilo metálico: Anahí, Jade, Hortensia, Jezabel, Flor, Águeda, Carmina.

En cosa de segundos las muchachas se apropian de sus batas. La única prenda que continúa en su sitio es la de Carmina. Al verla, sus compañeras se resisten a aceptar que haya muerto el viernes, a punto de cumplir 40 años de edad, por causa de un infarto masivo. Entre Anahí, Jade, Hortensia, Jezabel, Flor y Águeda dibujan el retrato de Carmina a base de recuerdos: “De tan buena estatura…” “Y el pelo…” “Lo mejor eran sus ojos…” “Era frondosa nada más…” “Tenía bonitas piernas…” La muy tonta siempre andaba diciendo que era fea.

Al final sacan a relucir desde sus hábitos en el trabajo hasta su obstinado silencio. Entre esos dos paréntesis queda toda una vida que nadie conoció, excepto que alegraban a Carmina la esperanza de reconciliarse con su madre y la compañía de un perrito: Canijo.

Anahí se pregunta qué será de ese animal ahora que su dueña ha fallecido. Jade siente lástima por la orfandad en que ha quedado el animal. Hortensia dice que si pudiera lo adoptaría. Jezabel lo imagina aullando mientras busca y espera a su dueña. Flor da por segura la muerte de Canijo.

Suena la chicharra que marca el principio de la jornada. En la distribuidora de cosméticos transcurrirá un lunes como todos, excepto por la falta de Carmina. Quedan de ella su bata con una flor de lis, su nombre y su lugar vacío ante la mesa de trabajo. Al verlo, sus compañeras se preguntan quién llegará a ocuparlo. Imaginan, suponen… Sin advertirlo han empezado a olvidar a Carmina, a sepultarla por segunda ocasión. Descanse en paz.

III

El departamento l2 está en el cuarto piso. En su única recámara sigue encendida la lamparita del buró. La luz que se filtra por la ventana entornada minimiza la potencia del foco ahorrador y acentúa la penumbra. Sobre la cama están un suéter, un paraguas y, entreabierta, una bolsa de charol con boletos del Metro, un paquete de pañuelos desechables, una nota de la tintorería, un estuche de cosméticos con una flor de lis y un apunte garrapateado en un trozo de papel: Pasar al súper por huevos, aceite, pan de gluten, pinol y croquetas.

Una mesa lateral ocupa más espacio que el resto de los muebles. Soporta una televisión con funda de plástico, una grabadora, una columna de cedés en riesgo de caer, el periódico del supermercado con las ofertas de la semana y un recetario de bajas calorías. Quedó abierto en el menú del sábado: Sopa de col, brochetas de hongos y pan de gluten.

En la única pared donde no hay ropa colgada en ganchos luce un cuadro con la Virgen del Perpetuo Socorro. La custodian una marina y el retrato, sin dedicatoria, de una mujer adusta. Debajo está el espejo donde rebotan los rayos de sol que entran por la ventana.

Lo único vivo en esa habitación es un perrito de pelo corto, blanco. Indiferente a sus dos tazones (agua y croquetas) camina despacio, da vueltas, se mete debajo de la única silla y reaparece con un hueso de plástico en el hocico, salta a la cama y olfatea la bolsa con los boletos del Metro, el paquete de pañuelos desechables, la nota de la tintorería y el apunte garrapateado: Pasar al súper por huevos, aceite, pan de gluten, pinol y croquetas.

Fatigado, el perro desdeña el paraguas y se echa encima del suéter que aún conserva el olor de su ama. Se revuelca sobre él, le hunde el hocico, le clava las uñas, lo muerde, lo humedece con su saliva. Repentinamente suspende su actividad para seguir atento, con las orejas levantadas, el rumor de unos pasos en la escalera. Brinca al suelo, corre a la puerta, la araña, agita el rabo, espera.

Todo queda en silencio otra vez. El animal retrocede, se rasca una orejita, sacude su pelambre, regresa a la cama, se tiende a esperar, se adormece y lanza breves quejidos. Tal vez el perro de cabello corto, blanco, sueñe que su ama le habla con las mismas palabras de otras tardes al volver del trabajo: “Canijo: ¡ven, córrele! A que no sabes lo que te compré”. Un trueno lo despierta y lo pone en guardia. Sentado sobre las patas mira hacia la ventana. A medio abrir, deja pasar las primeras gotas de una lluvia que se prolongará la noche entera de un lunes como todos.