Opinión
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México y París, capitales del exilio
A

l empezar su prólogo al volumen dedicado a París en este bello libro ideado y coordinado por Philippe Ollée Laprune, y coeditado, entre otras instituciones, por el Fondo de Cultura Económica y la Casa Refugio Citlaltépetl, Pierre Assouline recuerda una frase célebre: París no es una ciudad, es un mundo

Yo viví allí como estudiante de 1953 a 1958, al mismo tiempo que Paul Celan, Eugene Ionesco, Mircea Eliade, Henri Michaux, Emile Cioran, Julio Cortázar, Samuel Beckett, Arthur Adamov, Edmond Jabès, Serge Gainsbourg, Albert Cossery y muchos otros, sin saber que convivía con ellos, que quizá nos cruzábamos en alguna calle o tomábamos café en el Flore o en el Deux Magots, cuando esos cafés eran aún accesibles, cuando en París la gente normal vivía en barrios normales, cuando las librerías abundaban y no tenían que dejar su sitio para que pudiesen ocuparlo las tiendas de los diseñadores a la moda, las cuales pueden verse de manera monótona y regular en todas las ciudades del mundo.

Para escribir mi texto sobre Celan, estuve en París en el verano de 2010, bajo el patrocinio de la Casa Refugio Citlaltépetl, persiguiendo los lugares que el poeta rumano había frecuentado durante su largo exilio parisino, empezando por los hoteles donde se alojó, primero solo y luego con su esposa Gisèle Lestrange, así como los diferentes departamentos que habitó con ella o nuevamente solo, los cafés y los lugares que frecuentó y el puente Mirabeau donde se suicidó arrojándose al Sena, siguiendo la trayectoria de muchos otros suicidas.

En un histórico hotel de la rue Dragon, en el sexto arrondissement, conviví asimismo con Francisco Hernández y su esposa Leticia, con Enrique Serna, con Mauricio Montiel y a veces con Jaime Moreno Villarreal. Todos preparábamos textos sobre algún exiliado o exiliados en esta ciudad, Francisco escribió un bello poema sobre la ciudad como exilio paradisiaco y en ocasiones infernal; Mauricio, una hermosa recreación de la vida del escritor yugoslavo Danilo Kis –porque aún era Yugoslavia cuando ese escritor serbio vivió en París; Jaime, sobre los exiliados de todo tipo, en especial los casi anónimos, los actuales, los que conocemos gracias a él por su nombre, los habitantes de los barrios marginados, quienes, como decía el poeta palestino Mahmoud Darwish, son hombres libres, porque El hombre libre es quien, por la razón que sea, elige su exilio. Hermosa frase que otros, por ejemplo el poeta tunecino Tahar Bekri, contradicen: La emigración ha ido pulverizando mis años.

Me conmueve especialmente la vida de aquellos que tuvieron que pasar por París y se alojaron de manera permanente en hoteles, en esa época en que los hoteles eran refugio permanente de los extranjeros, circunstancia absolutamente imposible hoy día en que el modelo neoliberal ha gentilizado las ciudades, para usar la palabra inglesa que pusieron de moda la Thatcher y Ronald Reagan, gentrify the cities, y mandar a la gente normal a la periferia, a los barrios marginados y encarecer el uso del suelo.

Recuerdo los últimos años que pasaron en París quienes huían del nazismo, como los novelistas nacidos en lo que había sido el imperio austro-húngaro Joseph Roth y Soma Morgenstern. Roth quien vivió nada menos que cerca del Senado y del jardín del Luxemburgo donde jugaba el niño Marcel Proust, en el hotel Poyot ahora desaparecido, y quien hizo del café Tournon la pequeña capital de los exilados que hablaban alemán. Roth quien, como cuenta Assouline, abandonó Viena el día en que Hitler ocupó el cargo de canciller del Reich, el 30 de enero de 1933, y quien en una carta de extrema lucidez le escribe a su amigo Stefan Zweig, también exiliado: “Abstracción hecha de lo privado –nuestra existencia literaria y material ya está aniquilada– el conjunto conduce a una nueva guerra. No va a valer mucho nuestra vida. Hemos logrado permitir que la barbarie tome el poder. No se haga ilusiones. Es el Infierno el que toma el poder...”

Twitter: @margo_glantz