Opinión
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La corrupción de los políticos, según Francisco
Bernardo Barranco V.
U

no de los grandes reclamos al actual gobierno es poner freno a la creciente corrupción de la clase política. La corrupción entendida como el abuso y mal uso del poder público para beneficio de un grupo, camarilla o personal, es un mal endémico y estructural que ha perseguido al sistema político mexicano, que ha sido adoptado por las alternancias y diversas generaciones de políticos.

El presidente Peña Nieto ha desdeñado este cáncer. Lo ha incrustado en la cultura; así, la corrupción somos todos, por tanto, todos somos culpables. No sólo la clase política, sino la sociedad, porque los políticos reflejan lo que es la sociedad. Y sólo con el tiempo, con educación y varias generaciones podremos superar este lastre. El discurso del Presidente tendiente a fortalecer la ética y los valores como soluciones a la corrupción suena hueco y sin convicciones. Y es que todos sabemos que el grupo Atlacomulco, al que pertenece el Presidente, se ha forjado con varias generaciones de políticos que sincretizan el ejercicio del poder público con los grandes negocios. Son políticos que hacen negocios y empresarios que hacen política. Hank González es el paradigma mexiquese del modesto profesor que se convierte mediante la política en magnate; Arturo Montiel es otra vía más cínica, anticlimática, pero válida en el imaginario de los jóvenes políticos.

La corrupción como alter ego de la cultura mexicana es una excusa simplista y una salida ramplona. Esta narrativa es subterfugio, enmascara la red de complicidades que los políticos en el poder adquieren. Se solapan y se protegen entre ellos; si uno cae, todos también. Y el drama de la corrupción parece no tener fondo ni fronteras, porque reina la opacidad y la impunidad. Sólo los escándalos continuos nos revelan, que la corrupción es sistémica y que la verdadera responsabilidad recae en los liderazgos de la sociedad. Afrontar la corrupción es admitir, efectivamente, que existe en todos los niveles de la sociedad. Sin embargo, la mayor responsabilidad recae en las autoridades, en las instituciones de gobierno, en los dirigentes políticos y empresariales y en los medios de comunicación. Culpabilizar sólo a los políticos no basta, pero se debe reconocer que son los que mayor responsabilidad poseen. Y esta cultura del cochupo trasmina a las familias, a las empresas, las escuelas, las iglesias y las organizaciones de la sociedad civil. El problema se agudiza con el menosprecio de los dirigentes de los partidos políticos. Gustavo Madero, en lugar de hacer autocrítica, culpa a los medios de la imagen corrupta que ha adquirido el PAN; en lugar de iniciar investigaciones que clarifiquen la conducta de sus militantes, recurre a la vieja tesis de la conspiración. ¿Tenemos que aceptar fatalmente que los mexicanos somos por naturaleza corruptos? Tenemos que celebrar que el edil en Nayarit, Hilario Ramírez, reconozca su podredura, diciendo: Sí robé, pero poquito.

Naciones Unidas destinó el 9 de diciembre como el Día Mundial contra la Corrupción, argumentando que la corrupción, además de ser un complejo fenómeno social, político y económico, socava las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, pervierte el imperio de la ley y crea atolladeros burocráticos legaloides, cuya única razón de ser es solicitar sobornos o beneficiarse de favores. La corrupción no sólo son sobornos, sino una manera de operar en función de intercambios ilícitos de favores y privilegios. La corrupción también atrofia los cimientos del desarrollo económico, ya que desalienta la inversión y a las pequeñas empresas nacionales les resulta a menudo imposible superar los gastos iniciales.

El papa Francisco dedicó una homilía para cuestionar la corrupción como un pecado grave. Durante su misa matutina del 8 de noviembre de 2013, que presidió en la capilla de su residencia, Santa Marta, el pontífice centró su reflexión en el pasaje bíblico del administrador deshonesto, cuya viveza fue alabada por su patrón. Algunos administradores públicos, algunos administradores del gobierno tienen una actitud del camino más breve, más cómodo para ganarse la vida. Agregó el Papa con un tono fuerte: Quien lleva a casa dinero ganado con la corrupción da de comer a sus hijos pan sucio. Por eso pidió a todos rezar por tantos niños y jóvenes que reciben de sus padres el pan sucio. Ellos también están hambrientos, ¡hambrientos de dignidad, insistió. Esta pobre gente que ha perdido la dignidad en la práctica de la mordida solamente lleva con sí, no el dinero que ha ganado, sino la falta de dignidad, expresó.

Para Francisco la corrupción es una forma de vida distorsionada que conduce a la sociedad a perder el respeto por la responsabilidad social y por las autoridades. Los principales afectados son las propias familias de los funcionarios, políticos, consejeros, legisladores, magistrados y administradores. Y sus hijos, quizás educados en colegios costosos, quizás crecidos en ambientes cultos, habían recibido de su papá, como comida, porquería, porque su papá, llevando pan sucio a la casa, ¡había perdido la dignidad! Esto es un pecado grave. Advirtió que primero se comienza en la corrupción con un pequeño sobre, pero después se convierte en una droga y la costumbre de la mordida se vuelve una dependencia. Sostuvo que si existe una astucia mundana, existe también una astucia cristiana de hacer las cosas, no con el espíritu del mundo, sino honestamente. ¿Quién paga la corrupción? La corrupción política y económica la pagan los hospitales sin medicinas, los enfermos que no tienen cuidados, los niños sin educación, los jóvenes sin empleos, los ancianos sin cuidados, las madres solteras; en suma, los pobres. ¿Cómo erradicar dichas prácticas? se pregunta Francisco en su homilía de junio de este año: “El único camino para vencer la corrupción, para vencer la tentación, el pecado de la corrupción, es el servicio; porque la corrupción viene del orgullo, de la soberbia, y el servicio te humilla: es la ‘caridad humilde para ayudar a los demás’”. Es el sentido y la vocación de responsabilidad social que la clase política ha extraviado.