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El palacio: efemérides
E

ntre las celebraciones del 80 aniversario del Palacio de Bellas Artes, a instancias de Magdalena Zavala tuvo lugar una sesión académica en la Sala Manuel M. Ponce en la que se aceptó la sugerencia de invitar a uno de los mejores especialistas mexicanos, entre otros temas, de lo que concierne a Adamo Boari.

Así mi colega Hugo Arciniega presentó una ponencia impecable alusiva a las diferentes etapas constructivas del inmueble, cuyo subsuelo empezó a recibir inyecciones de cemento para evitar previsible hundimiento desde que empezó a construirse. Contrastó ese hecho con el estado aparentemente perfecto del Palacio de Correos, igualmente obra de Boari.

Meses atrás, en una sesión colegiada, a cargo suyo, se ilustró la historia del Palacio Legislativo, proyecto que resultó frustrado. Lo que queda del mismo, como se sabe, es el Monumento a la Revolución.

En cambio, El palacio fue desde su inicio concebido por Boari (y por Porfirio Díaz) como enjundioso teatro nacional, proyecto que sustituiría lo que era hasta ese momento, 1904, el principal teatro de la capital.

A esa muy pertinente participación de Arciniega siguió la mía, que intentó versar sobre una memoria personal del palacio, que empecé a visitar todavía colegiala, mucho antes de convertirme en espectadora de exposiciones, cosa que se debió a mi pertenencia a una familia radiofónica con acceso continuo a un palco, el número 33, desde el que se realizaban los controles remotos de conciertos y de la ópera de Bellas Artes.

Como narra Carlos Díaz Dupont, el público operístico de nuestro país es simultáneo al público operístico de cualquier otra capital del mundo. Sin embargo, la primera ópera escenificada en 1934 no fue una de las muchas que con más asiduidad se escenificaron, sean La Traviata, Rigoletto, Elixir de amor, La Bohemia, Tosca y Werther entre otras.

La ópera inaugural fue Atzimba, de Ricardo Castro, que estrenada años atrás, contó con la presencia del entonces presidente de la República, Abelardo R. Rodríquez. Existía ya una jefatura del Departamento de Bellas Artes, a cargo de Antonio Castro Leal. Yo empecé a asistir a la ópera y conciertos, cuando la dirección del INBA estuvo a cargo de Miguel Álvarez Acosta, quien fue muy proclive a la difusión radiofónica.

Opté por el recuerdo memorioso no sólo ante la eminencia de Arciniega, sino también porque recientemente tuve acceso a un texto para mí ejemplar, acerca de las etapas y dependencias históricas del palacio. La autora es la investigadora del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap), Ana Garduño. Opté, mediante proyecciones de retratos comentados por el recuerdo de figuras relevantes del canto.

No logré del todo mi propósito, tengo que decirlo, debido a que el cañón de la sala Ponce digamos que no dispara bien (las proyecciones). Traté de demostrar que esos personajes que poblaron la escena mexicana, eran participantes en La Scala de Milán, en la Ópera de Viena, en el teatro de Garnier, en París, o en el Metropolitan, de Nueva York.

Entre los mencionados estuvieron resaltados algunos tenores mexicanos, por supuesto Ramón Vargas, al igual que Rolando Villazón, a través de fotografías dedicadas de archivo, pero de Javier Camarena, joven tenor insigne, no conseguí fotografía, en cambio sí de divas y divos anteriores, como el también mexicano Francisco Araiza, además de las más altas estrellas, como el indispensable Pavarotti, su colega Plácido Dpmingo junto con José Carreras, quien por cierto interpretó al Tony de West Side Story con Kiri Tekanawa, dirigidos por Leonard Bernstein, además de las divas mayormente endiosadas, desde Callas hasta Renata Tebaldi, Giulietta Simionatto o Fanny Anitua, quien hizo una gira latinoamericana completa nada menos que con Caruso, además de que fue fundadora del Seminario de Cultura Mexicana. Por su parte, Irma González hizo su debut operístico interpretando Pamina, de La flauta mágica, por décadas fue maestra del antiguo Conservatorio Nacional, donde están los murales iniciales de Tamayo, precisamente alusivos a la música.

El público participó. Me llamó la atención lo que dijo Maria Fernanda Matos, una de las directoras anteriores del museo, a cargo ahora de Miguel Fernández Félix, quien también asistió, al igual que Miriam Kaiser y Agustín Arteaga. Nos preguntábamos si la población local ingresa o no espontáneamente al Palacio de Bellas Artes en la misma medida en la que lo hace, por ejemplo, al Palacio de Iturbide, que está a pocos pasos. Allí el contenido de la exposición en turno puede percibirse desde la entrada, eso además de que no hay taquilla ni cobro.

Matos consideró que la propia arquitectura pudiera igualmente convertirse en una especie de impedimento o retén, debido a su propia índole, el recubrimiento marmóreo, los ornamentos, etcétera. Dado lo cual tal vez la difusión de los espacios y ornamentación del inmueble, tema exhibido en 1993 mediante las fotografías de Mark Mogilner, integran tema específico. Quizá en ocasión futura pudiera convocarse a un concurso temático de nuevas fotografías sobre arquitectura y ornamentación de exteriores e interiores. La proliferación sin medida ni clemencia, nos guste o no, de la fotografía con celulares, podría arrojar imprevistos escenarios.