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Política a la defensiva
S

e han suscitado múltiples debates en el seno de la economía a raíz de la crisis de 2008 y cuyas repercusiones persisten de modo significativo. Quien siga estos debates, que proliferan en entornos públicos y oficiales, puede comprobar que las partes en disputa no han encontrado muchos puntos de coincidencia. Hasta cierto punto ha sido un diálogo de sordos.

En especial, los profesores son muy reacios a cuestionar profundamente y, mucho menos, a modificar lo que hacen. Es comprensible, pues hay mucho en juego. La academia ha sido un campo fértil para la producción y la reproducción de formas específicas de pensar y de hacer Economía, del lado ideológico que se prefiera.

Algo similar ocurre con los organismos internacionales como el FMI o la OCDE, donde el pensamiento convencional sigue reinando y se expresa en una fuerte influencia todavía en el quehacer de las políticas públicas.

Y los políticos han ido igualmente a la zaga, lo que puede acreditarse con las medidas para encajar los efectos adversos generados por la crisis, aplicando ajustes que han profundizado la recesión de las economías y castigado de modo severo a un gran parte de la población en muchos países. Esto incluye de modo notable a los de mayor nivel de desarrollo y acumulación de riqueza. El caso de la Unión Europea es muy representativo y no puede aparcar su deriva.

Hay una cierta obscenidad en todo esto. Se expresa en la manera en que se mantiene la esfera de la economía como un espacio específico y aislado del ejercicio de la política y, también, del intelecto mismo, o sea, de la capacidad de entendimiento. La historia económica de los últimos dos siglos muestra que esto suele ser recurrente, pero también muestra que hay periodos de mayor creación intelectual aunque esta sea luego secuestrada. Hoy esta última vertiente se extraña.

Lo obsceno, me parece, tiene además, una manifestación cabal en el castigo impuesto sobre la gente en términos de la capacidad de satisfacer sus necesidades actuales y el efecto duradero que tiene al desdibujar las expectativas; el horizonte mismo de las posibilidades. Este será un rasgo de larga duración cuyos efectos son hoy difíciles de estimar, aunque se sabe que son parte del escenario previsible.

El criterio dominante de los mercados es implacable. Y la conveniencia que se ha mostrado de aceptar esta condición dice ya mucho del sentido de la política: de sus posibilidades, limitaciones y riesgos. Ahí se ubica el desencanto con la política, quienes la ejercen y los partidos que la controlan. Ahí surgen las tendencias populistas, xenófobas y racistas, así resurge el nacionalismo y fundamentalismo religioso en medio de la avalancha global.

La economía es siempre política en su lógica y sus implicaciones. Es parte esencial de la estructura y el ejercicio del poder público y privado. Hoy, en medio de una crisis cuya misma posibilidad era negada por las teorías más ortodoxas apenas antes de ocurrir, debería ser inadmisible rechazar esta premisa.

Las acciones que se emprenden para la gestión de la producción y la distribución con una injerencia decisiva del Estado no son neutrales. Esa condición se exhibe de modo especialmente relevante, que no única, en el carácter del dinero que es una de los rasgos primordiales del sentido contractual de las relaciones sociales centradas en los mercados.

El rendimiento financiero que se desliga de la producción cuando su nivel se reduce, se cobra de las finanzas públicas. El ajuste aumenta el desempleo y la insuficiencia del ingreso de las familias que lleva aparejada la marginación de las posibilidades de generarlo. La ocupación en el trabajo no puede más que hacerse cada vez más precaria. En este entorno ha renacido la desigualdad como característica esencial. Las brechas se ensanchan sin medidas de contención.

Es curioso, por decir lo menos, cuando desde el gobierno o las grandes empresas o según mucho analistas se separa de modo artificial lo que ocurre en la economía y los negocios, es decir, en los mercados, de un lado y, de otro lado, lo que pasa en la sociedad. Pero es que es lo mismo, son lo dos lados del espejo, como le pasaba a Alicia.

Los ajustes no funcionan pues están articulados de modo perverso con las fuentes que generan ingresos y recursos. Las concentran, no las propagan. Cuando se satisfagan las exigencias de la contabilidad fiscal, cuando se normalicen las condiciones de las políticas monetarias cuyas condiciones siguen centradas en la función del dólar, el terreno no será más fértil para crecer, exigirá en cambio, mucho más energía para generar la misma cantidad de producto y, tal vez, de bienestar.

Los ajustes exhibidos en las cuentas económicas no se corresponden con la recuperación de la fortaleza en la sociedad, en las entidades financieras ni en las instituciones del gobierno, de la justicia y la legislación. Es el desgaste brutal de la política.

Sí, en México, el deterioro social y la violencia impune ponen en entredicho la difundida capacidad de reformas como las recientes para impulsar el crecimiento económico. No puede ser de otra manera; son parte de un mismo proceso. Pero vale la pena reflexionar sobre lo rápido que puede pasarse de la ofensiva política como la que se ha mostrado y pregonado dentro y fuera a una postura eminentemente defensiva. Esto no es producto de la casualidad.