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¿Dónde tienen a mi nieto? ¿Lo hacen sufrir?, pregunta Juan Bautista Melchor

El gobierno busca a los normalistas de Ayotzinapa en donde sabe que no están

Habitantes de Tixtla e integrantes de la Policía Comunitaria brindan apoyo a familiares de las víctimas

Blanche Petrich
Enviada
Periódico La Jornada
Martes 21 de octubre de 2014, p. 7

Ayotzinapa, Gro.

Juan Bautista Melchor sólo tiene un pensamiento desde hace tres semanas: ¿Dónde tendrán a Benjamín? ¿Quién lo tiene, dónde? ¿Le darán de comer? ¿Lo hacen sufrir?.

Benjamín Ascencio Bautista tiene 19 años, es su nieto, el más cercano a su corazón. El abuelo prefiere ya no escuchar ni oír tanta información sin confirmar que llega desde el exterior de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa; tanto chisme, dice, que sólo perturba el estado de espera angustiosa en que se encuentra sumido el grupo de familiares de los 43 estudiantes desaparecidos.

El sufrimiento de este campesino apacible es doble: no saber dónde anda metido ese nieto tan querido, y ver tan desesperada a su hija Cristina, la mamá de Benjamín, el normalista desaparecido en Iguala la noche del 26 de septiembre, junto con 42 compañeros.

“El gobierno se está haciendo tonto. Aquí nos tiene espere y espere, y ellos mientras andan buscando donde saben que no están. Si de verdad quisieran encontrarlos, de volada nos los traerían de regreso, o nos dirían algo que sea verdad comprobada, no todas esas cosas que andan inventando.”

La última vez que Juan Bautista Melchor vio a su nieto Benjamín fue en junio de este año.

Me vino a ver al ranchito, allá por Alpuyecancingo. Repasa, palabra por palabra, la conversación:

–Abuelito, ya me voy a estudiar a la universidad.

–¿Pues con qué, si sabes que no hay dinero?

–En Ayotzinapa, abuelo. Ya averigüé. Ahí no se paga nada.

–¿Estás seguro?

–Seguro. Voy a hacer el examen, y si paso me quedo. Ya le dije a mi mamá.

Y pues, yo creo que pasó el examen, porque ya no regresó, agrega Juan Bautista.

La mamá de Benjamín, Cristina, estuvo de acuerdo, ilusionada de que alguien en la familia pudiera al fin cumplir el sueño de tener estudios. Ella y su marido habían emigrado al otro lado, buscando ganar un poco más de dinero para sus tres hijos. Los dejaron muy niños a cargo de los abuelos. Cuando regresaron, los hijos ya eran adolescentes. La familia dejó la ranchería y se fue a instalar en la cabecera municipal, Ahuacuotzingo, región de La Montaña. Benjamín, el de en medio, es el único varón.

Como quien dice, yo los crié, agrega el abuelo. Ahí se tejió el fuerte lazo de amor con el nieto.

“Desde que estaba así de chiquito, mire, me llevaba agua a la parcela. Ya que pudo con el azadón le empecé a enseñar las cosas de la tierra. Pero a Benjamín lo que le gustaba era escribir. Todo el tiempo, hasta que caía la noche, se la pasaba duro y dale con el lápiz en el cuaderno.

Y me enseñaba:

–Mire abuelito, lo que puse aquí.

–Ah, ‘ta bueno. Bien bonito que quedó…

Como yo no sé leer, sólo eso le decía, comenta el campesino.

A Benjamín siempre le ha gustado eso de la enseñanza. El abuelo recuerda: Estuvo metido en lo de Conafe (Consejo Nacional de Fomento Educativo). Esos muchachos, como promotores de educación, se van a meter ahí donde los maestros no llegan. Iba a las comunidades del municipio de Chilapa. Esto es lo que a él le gusta. Por eso quiere ser maestro.

Solidaridad ante la espera agónica

Una bandada de batas blancas dispone desde temprano su consultorio ambulante en la cancha techada de la Normal Rural de Ayotzinapa. Preparan la farmacia, el área de signos vitales, los pedacitos de papel donde plasmarán los expedientes de sus pacientes, la zona de fisioterapia. Y empieza la consulta. Madres, padres, abuelos, hermanos de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala pasan por sus manos. Insomnio, pérdida de apetito, ansiedad, dolor de cuello y espalda. Todos presentan estos síntomas.

Foto
Benjamín Ascencio Bautista, de 19 años, estudiante de Ayotzinapa desaparecido

Son 50 estudiantes de la carrera de medicina alternativa de la Universidad Intercultural, con sede en Atliaca, región de La Montaña, un viejo proyecto del Movimiento Popular Guerrerense que hace apenas unos meses culminó con la victoria de su registro oficial. En sus batas se lee, bordado, su lema: Hacia una ética genuina de la humanidad.

Los futuros médicos rurales acuestan a los padres de los jóvenes desaparecidos en colchonetas y les dan terapia antiestrés, les truenan los huesos al estilo tradicional, les aplican ventosas en el dorso para relajarlos. Luego los sientan en unas sillas y les masajean la cabeza. Los apapachan, pues.

Nos cuenta José Alberto Riqueño, estudiante de primer grado, indígena nahua de Cuautenango, que ellos sienten a los de Ayotzi como sus hermanos, aunque la normal rural data de los tiempos de Lázaro Cárdenas y estos últimos son hijos de las recientes luchas populares de Guerrero.

“Cuando las inundaciones de Tixtla, hace un año, por el huracán Manuel, los normalistas y los estudiantes de medicina de Atliaca nos encontramos trabajando juntos. Dragamos la presa, sacamos cuerpos, curamos heridos, pusimos a salvo a los damnificados… todo eso, mientras los funcionarios del gobierno de Ángel Aguirre simulaban frente a las cámaras de televisión.”

Riqueño está a cargo del equipo de estudiantes que toman los signos vitales. Nosotros vamos a ser de esos médicos que van adonde está el pueblo, no al revés, esperar a que el pueblo llegue adonde estamos nosotros. Esa es, dice, la filosofía de su universidad. Lo mismo que la de las normales rurales: son los maestros campesinos los que van adonde hay necesidad de educación.

La Policía Comunitaria “también es compa

A la entrada de la escuela se ha instalado una comisión de seguridad que controla el acceso a las instalaciones. Casi todo mundo requiere identificarse, menos los vecinos de Tixtla, que no dejan de llegar, como hormiguitas, con alguna pequeña donación: un paquete de papel sanitario, una bolsa de pan, una mínima despensa, pilas, un cobertor… la solidaridad que fluye.

Por el camino empedrado sube una pickup con hombres armados, uniformes y el rostro cubierto. Es una patrulla de la Policía Comunitaria, con sede en Tixtla. Hacen su rondín habitual. Nadie se sobresalta con su presencia; al contrario, los saludan con familiaridad. Observan, constatan que todo está en orden, vuelven a abordar su unidad y regresan al cuartel, a pocos kilómetros.

Los estudiantes de Ayotzinapa y los integrantes de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) de esta zona –a la que pertenecen los presos políticos Nestora Salgado, de Olinalá; Gonzalo Moreno; Arturo Campos, y Bernardino García– son hilos de una misma red del movimiento popular, que hace tiempo vienen enfrentando juntos a las autoridades estatales y federales. El año pasado les tocó hacer frente, a estudiantes y comunitarios, la embestida del gobierno federal, que apresó a sus dirigentes. Después, la ofensiva del gobierno estatal de Ángel Aguirre, que con golpes y dinero logró corromper y dividir a lo que prometía ser un sistema de seguridad autónomo, capaz de contener la ola de criminalidad que ha engullido a Guerrero.

Ahora se encuentran juntos en la nueva coyuntura. Son parte de la historia de Ayotzinapa. Son parte del corazón del abuelo que se pregunta en la agónica espera: ¿Benjamín y los demás estarán vivos? ¿Estarán muertos? ¿Los van a entregar o no? ¿Hasta cuándo?