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El gobierno le retiró el apoyo cuando empezaron las protestas por el ataque en Iguala

Al dolor por los muertos y desaparecidos, en Ayotzinapa suman la pobreza extrema
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Si metemos una solicitud al gobierno para comprar semillas, herramienta y abono, ni siquiera nos responde, aseguran alumnos de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, GuerreroFoto Sanjuana Martínez
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 2 de noviembre de 2014, p. 5

Ayotzinapa, Gro.

El tallo del cempasúchil ya mide un metro de altura, la flor de terciopelo llega a los 80 centímetros, ambas están listas para ser cortadas y vendidas hoy Día de Muertos, pero los pelones, estudiantes de primer año de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, con machete en mano, se lo piensan, retrasan el momento de la cosecha, alargan la siega, el momento de la vendimia. Luis Flores García, de 20 años, está triste: Se siente feo. Fueron sembradas por nuestros compañeros desaparecidos.

El significado de las flores de muerto resulta melancólico en este momento. La cosecha, que debería ser síntoma de alegría, se ha vuelto congoja, abatimiento, desolación por los 43 desaparecidos, un duelo que no termina por llegar ni irse, un suspenso interminable, agónico.

En las cinco hectáreas de milpas, los alumnos de primer año también sembraron maíz, que aún no concluye su ciclo. Los surcos están perfectamente delineados. Fueron hechos a mano por los normalistas. Los dos tractores están averiados y no hay dinero para comprar refacciones. Tienen sólo una carretilla y apenas media docena de herramientas. El escaso abono utilizado lo deben aún. Las mangueras son prestadas por los vecinos.

Gerardo de la Cruz Martínez, de 18 años, corta el pasto con machete para darle de comer a las cuatro vacas que les quedan. Además del área de cultivo, tienen a su cargo el cuidado de los corrales, donde crían alrededor de 16 cerdos, la mayoría recién nacidos, un par de caballos y un burro. Del centenar de gallinas sólo quedan alrededor de 20. Las codornices ya se las comieron todas. La reciente escasez de alimentos les ha obligado a ir matando los pocos animales que tienen. El gobierno les retiró el apoyo económico cuando los normalistas empezaron a protestar por la desaparición forzada de sus 43 compañeros.

Lo mataron muy feo

El gobierno siempre dice lo mismo. No quiere decir dónde están nuestros compañeros, dice Gerardo sin dejar de azadonear en medio de la milpa. Cuenta que compartía habitación con Julio César Mondragón, El Chilango, a quien le arrancaron los ojos y el rostro: Lo mataron muy feo. Lo extraño, él siempre llegaba al cuarto echando relajo. Le gustaba mucho dibujar y escribir poemas.

La milpa está vigilada por grupos de alumnos de primer año, que se van turnando. Temen que se roben la cosecha. Colocan sillas y, frente al verdor del cultivo, echan las horas, tristeando, contando sus cuitas, recordando a sus compañeros desaparecidos, sintiendo que aún están con ellos, pensando que andan aquí regando, abonando, trabajando la tierra, cuidando las flores.

Son campesinos; sus padres y abuelos lo eran también. Los 540 alumnos son hijos de campesinos pobres de la Montaña, Sierra y Costa Chica de Guerrero. Ellos están orgullosos de su origen. En estas horas de incertidumbre sobre el destino de los 43, ordenan ideas, construyen sueños, lamentan proyectos truncos, rumian su pobreza, su endémica pobreza arrastrada por generaciones; un ciclo de marginación que esperan romper cuando obtengan su título de maestro. La educación como tabla de salvación.

Todos los días aquí nos la pasamos porque la normal no está cercada, no tenemos tela, cualquiera puede entrar, dice Antonio Ruiz. Los dos tractores están descompuestos, las piezas son muy caras, trabajamos con el pico nomás. No hay presupuesto. Tenemos más tierra, pero no podemos sembrar porque la semilla está cara. El costal de cinco kilos de semilla de sorgo curada cuesta 500 pesos. Si es de otra semilla no nos sirve, porque se la lleva la hormiga.

Explica otros inconvenientes de la tierra, como el gusano misticuil, que come la raíz de lo sembrado, y se requiere veneno, que tampoco tienen: Si metemos una solicitud al gobierno para comprar herramienta, abono y veneno, ni siquiera nos responde. Rentamos la bomba con los vecinos, que también nos prestan las mangueras. Si nosotros tuviéramos todo no andaríamos protestando. Pero tampoco podemos dejar que se pierda la cosecha.

El maíz estará listo en tres meses, pero mientras tanto la supervivencia de los normalistas está en riesgo por la falta de recursos, Agrega Antonio: ¿Qué vamos a hacer? Esperar. ¿Y hasta dentro de tres meses vamos a comer? Ahorita nos estamos apoyando con gente del pueblo que nos trae alguna despensa. Vienen familiares, activistas, gente que quiere apoyar, pero también ellos comen y todos de aquí. ¿Cómo le hacemos? El gobierno dice que nos dedicamos al narcotráfico. Nos da coraje tantas mentiras. Que vengan, que se den una vuelta por la escuela para que vean cómo está. Si así fuera, todo tendríamos. No tenemos nada.

Los corrales están casi vacíos. Las gallinas cacarean buscando comida. Los pocos huevos son esperados con ansia: Llevamos un mes comiendo sopa y frijoles en almuerzo, comida y cena. Un pollito de vez en cuando no está mal. Lo malo es que ya nos los vamos a acabar. Vamos agarrando de poquito. Si seguimos así, se va acabar todo lo que tenemos, dice Enrique Fuentes, de 21 años, encargado del gallinero y la porqueriza.

Un caballo y un burro se pasean entre las aulas buscando pasto. En el plantel abundan los murales. Hay una gran imagen del Che Guevara: Volveré y seré millones... La normal exclusiva para hombres es un internado donde los estudiantes reciben una beca que, además de sus estudios, incluye las tres comidas diarias.

En la cocina, media docena de jóvenes sirven el desayuno. El menú se repite a falta de variedad. Los frijoles, base de la dieta de los mexicanos, son la estrella de la carta. Nunca faltan. El sabor de la carne es un vago recuerdo. No hay cocineras. El centenar de trabajadores de la normal entró en paro de labores hace unos días por falta de pago.

Esta mañana, toca salchicha a la diabla, frijoles negros, pan tostado, café y atole. En el amplio comedor hay un mural con imágenes de Stalin, Marx y Engels: Los filósofos de hoy en día no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes maneras, pero de lo que se trata es de transformarlo.

Oliver Vargas, de 24 años, quien cursa el cuarto grado y está a cargo de la cocina, lleva varios días sin dormir: “Desde que desaparecieron nuestros compañeros estamos todo el tiempo aquí, desvelándonos, llegan organizaciones sociales a las dos tres de la mañana, y tenemos que esperarlos. Aquí está abierto las 24 horas. Los pelones de primero nos ayudan a servir”.

La cocina es el centro de los milagros, ya que cuando no hay comida Oliver encuentra una forma creativa de combatir el hambre. La deficiente alimentación es visible. La mayoría de los alumnos son delgados, algunos muy escuálidos, desnutridos: Cuando no hay suficientes víveres, nosotros buscamos la manera. Si tenemos pan, hacemos sándwiches de lo que sea.

En la alacena hay bolsas con despensas recién donadas. El llamado de solidaridad ha generado que lleguen cargamentos de comida, aunque sin ningún orden. Hoy por ejemplo, los cocineros están contentos porque algunos compañeros fueron a pescar al río más cercano. Algunos sueñan con el pescado frito. A las dos horas regresan con las manos vacías: Ni modo, haremos arroz y frijoles, señala Oliver.

Los egresados de la normal recolectan víveres y hacen lo posible porque no nos falte nada, comenta entusiasta, a pesar del antojo frustrado, y sirve a las normalistas recién llegadas de otras escuelas del país. Los estudiantes de primero también siembran rábanos, col y cilantro para el consumo interno, aunque la producción está agotada.

Todos los alumnos tienen asignadas tareas en la administración y sustento de la escuela. Las dificultades para sobrevivir son permanentes. La estrategia del gobierno federal está dirigida a ir cerrando las normales rurales. Quedan 17. Y de los 140 egresados el año pasado, sólo 11 obtuvieron plaza de maestro.

Recorrer los pasillos y aulas de la normal es entrar en un mundo de pobreza extrema. Los improvisados tendederos están cubiertos de ropa recién lavada. Los salones viejos, sin mantenimiento, apenas tienen pizarrón y algunos bancos. Los jardines, descuidados. Los dormitorios carecen de todo.

La algarabía del cotidiano ritmo estudiantil ha cambiado por un silencio sepulcral en cada rincón. En los lavaderos Joel Castro, de segundo año, originario de Tixtla, lava sus tenis y un pantalón: Aquí siempre había relajo, risas, pues. Eso se acabó. Ahora se vive en completo silencio, ya no hay diversión. Yo me salvé. A mí me bajaron del autobús esa noche porque ya no cabíamos, cuenta con tristeza.

Es mediodía y en las canchas se está sirviendo la comida de las tías, vecinas de Tixtla que solidariamente se acercan a ofrecer apoyo. Las ollas grandes contienen sardinas con tomate, frijoles y agua de jamaica.

Frente a las aulas, Florencio Sandoval, de 25 años, pinta un retrato de Abel García Hernández, uno de los 43 normalistas desaparecidos. El proyecto incluye a cualquier artista que esté dispuesto a plasmar las imágenes de los estudiantes.

Esta es una causa. No es sólo el rostro de los desaparecidos, es mostrar el impacto que esto ha tenido en el arte y en la sociedad. No es un retrato como cualquiera, como cuando tienes presente a la persona. En este caso estoy pintando a un ausente, a alguien desaparecido que desconozco dónde está. Es un niño. Tiene 17 años y muy tierna la mirada. Me está doliendo pintarlo.

A unos pasos está la Casa del activista del 12 de diciembre, en honor a sus compañeros asesinados en la Autopista del Sol, pintada de rojo, con las imágenes de Stalin, Lucio Cabañas y el Che Guevara. Hay una leyenda en la parte inferior que define la conciencia social de esta normal rural: A nuestros compañeros caídos no los enterramos, los sembramos para que florezca la libertad.