Opinión
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Un presidente enojado
Jorge Carrillo Olea
E

l que se enoja pierde, dice el refrán, y el Presidente está enojado, y mucho. Cuando se esperaba que regresara de Australia dolido, externando un ánimo afligido y que narrara cómo durante el viaje la pena lo acosó, pero que eso lo impulsó a tomar las grandes medidas transformadoras y a ejercer su voluntad justiciera, no, llegando decidió sacar el sable. Ese es el verdadero Peña.

Se esperaba un proyecto de renovación del sistema de vida nacional. Nada, una impugnable baraja presentada ante el soviet supremo con que le fascina llenar Palacio.

El enojo es mala cosa en un presidente, como se verá:

1. Para acentuar la beligerante actitud exhibida a su arribo, dos semanas después, desde su estado natal, en improvisado e iracundo discurso empezó a dar muestras de incontinencia, consecuencia de la desesperación, de un estrago sicológico. Su lenguaje facial revelaba a un ser ofuscado. Preocupante.

Ahí expresó su persuasión de que los dolientes y sus muchos miles de solidarios nacionales y extranjeros constituyen una suerte de conspiración que pretende desestabilizar al buen gobierno e impedir que México alcance su brillante destino. Signos de una preocupante alteración emocional.

2. Una cumbre del enojo se dio en el Campo Marte en el emblemático 20 de noviembre. Cinco discursos, cinco. No uno, cinco diciendo lo mismo, aleccionando al mundo sobre la legalidad. Otra vez se intenta resolver con el micrófono lo que no se hace en los hechos.

El presidente de la Corte y los legisladores no son empleados del Poder Ejecutivo, pero igual fueron ceñidos al libreto. Uso extremo de fórmulas retóricas que en el fondo eran obviedades de un calibre injustificable en los oradores.

Reprobaron la violencia como forma de reclamo en el mismísimo aniversario de la Revolución que cimentó a México con un costo de un millón de muertos. ¿Y Villa y Zapata, qué dirían? Ellos quienes por violentos fueron asesinados por el gobierno.

3. Hasta el jueves 27 intentó crear formas relevantes para salir del embrollo, mas eso no pasó. En su fastuoso escenario palaciego privó la ausencia de un gran objetivo trascendente ambicioso, integral, y faltaron los cómos y los con qué.

4. La emprendió contra el municipio, omitiendo responsabilizar a las claves de la impunidad, generadoras de tanto mal: procuración y administración de justicia, y los gobernadores. ¿Ángel Aguirre y su procurador Iñaki Blanco son inocentes?

5. Un día después, inaugurando un hospital, volvió el enojo al percibir lo mal que se recibieron sus propuestas. ¡No me entendieron!, sugirió. Esa actitud de cólera externa un sentimiento de inmolado por culpa ajena y la certidumbre de su inocencia personal.

El enojo presidencial tiene raíces biográficas. Veamos: en su peculiar currículo político y administrativo, salvo Atenco en 2006, la denuncia del diario británico The Guardian de sus alianzas con Televisa, el caso Yo Soy 132 y el desaseo con la Banca Monex, no ha experimentado problemas severos.

Todo le ha sido fácil, aplicando su fórmula de esplendor, largueza y condescendencia extrema con quienes algo, de algún modo, algo le ofrecen. Es un hombre perspicaz para lo corto, efectista, acostumbrado al triunfo fácil de sus intereses sin ver más allá.

Esa sería una explicación de las raíces del enojo. Topó con algo que sí le fue advertido: ¡¡aguas con Guerrero!!, le dijeron. Sí lo supo, pero decidió dejarlo para otro día. Tenía otras prioridades.

Lo que no pudo descifrar es que Iguala era sólo un detonador de crudas realidades nacionales, las que le revelarían que las décadas priístas consumieron hasta la última gota los recursos de la dictadura perfecta. Lo que tampoco pudo advertir fue que también heredaba 12 años de vacío, de destrucción de un sistema sin ser repuesto con otro.

Por dos años no quiso aceptar que su cultura política, su condicionada experiencia, sus horizontes y colaboradores no le alcanzarían para sustituir, ni lo extenuado de las arcaicas fórmulas ni los vacíos del post priísmo. No conoció el verbo innovar.

Por dos años aplicó viejas recetas a nuevas exigencias que no quiso ver. Aplicó el peor de sus credos: postergar, simular, seducir y confiar en la acción disolvente del tiempo.

Por eso está enojado. Está enojado porque sus ensueños se esfumaron de un día para otro al revelarse la magnitud de un cisma nacional, de una redefinición nacional que se daba en ausencia de él y por encima de él. Hubiera bastado con un poco de humildad para entender los horizontes nacionales y advertir la borrasca viniente.

Llegaron juntos un gran riesgo y una gran oportunidad. Despreció las alertas. No quiso ser. Rehusó apartarse de los enojos y desdeñó asumir el papel que la historia le asignó. En el fondo eso es lo que en realidad está pasando.