Opinión
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Cien años del SME
Héctor de la Cueva
E

ste 14 de diciembre el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) cumple un siglo de haber sido fundado. Pocas son las organizaciones sociales en México que sobreviven para celebrar un centenario, y menos las que pueden hacerlo sin haber sido prohijadas por el corporativismo gubernamental y presumiendo una vida tan rica.

Naturalmente, son 100 años de historia de México. Nacido en plena Revolución Mexicana, al calor de la entrada triunfante de los ejércitos revolucionarios de Villa y Zapata a la capital en aquel diciembre de 1914, el SME surgió de la autorganización obrera, de las mutualistas y otras formas de organización que no pedían permiso para existir –a las que por cierto está volviendo a remitir a la clase trabajadora la regresión neoliberal– y que darían paso, no sin polémica interna, a la entonces nueva ola de sindicalización y luego a la contratación colectiva. En 1916 sería protagonista de la primera huelga general, se negaría a ser utilizado en los batallones rojos del obregonismo (que a la postre devendría en el priísmo que padecemos) contra los ejércitos campesinos y desde luego estaría a la vanguardia en el desarrollo de las conquistas sociales que se alcanzaron a plasmar en la Constitución del 17, a pesar de la derrota de los ejércitos revolucionarios.

En 1935, el SME promovió la integración del Comité Nacional de Defensa Proletaria para enfrentar al callismo. De ahí surgiría la CTM, que al ser copada por el naciente charrismo y el lombardismo obligaría al SME a romper con ella. En 1936 encabezaría una nueva –y última en el país– huelga general y participaría de las movilizaciones nacionalizadoras. Durante toda una época, el SME sería eje también del encuentro entre el movimiento obrero y lo mejor de la vida cultural del país: pintores, escultores, poetas, directores de música y teatro, intelectuales diversos se conectan con esas filas del proletariado (así, con esa palabra en desuso). Y sería protagonista en 1960 de la nacionalización de la industria eléctrica, hoy camino a la reprivatización.

Ciertamente, están las décadas de consolidación de conquistas sindicales pero también de la proliferación de estructuras corporativas –cada príista quería tener su propio negocio–, que en 1967 terminarían agrupándose en el paraguas del Congreso del Trabajo, en cuya fundación el SME participa, pero conservando siempre su naturaleza democrática y clasista aun en medio de la marea charra. Altibajos y direcciones van y vienen en el SME porque, eso sí, nadie puede cuestionar la intensa vida interna del sindicato, que la tiene hasta la exageración en elecciones constantes. Desde luego, eso incluye, en los 70, darle la espalda a la Tendencia Democrática del Suterm, y a principios de los 90, plegarse al salinismo ascendente, con su entonces secretario general, Jorge Sánchez, para tender puentes después de nuevo con el sindicalismo independiente.

El hecho incontestable es, sin embargo, que durante el siglo XX, el SME constituiría con decenas de miles de trabajadores en el corazón del país un verdadero sindicato en todo el sentido universal de la palabra, para bien y para mal; construiría un contrato colectivo impresionante –que el neoliberalismo logró colocar en la opinión pública como un privilegio–, y representaría un obstáculo formidable a la privatización de la energía y al ataque a los derechos laborales conquistados.

Es contra ese obstáculo que el Estado levantó toda una estrategia hasta que en 2009 consiguió imponer su divisa de dividir, cooptar o reprimir, y montó todo un operativo militar para tomar las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro, echar de un golpe a la calle a más de 44 mil trabajadores y colocar toda su fuerza y los medios de comunicación contra un sindicato. Tiró a matar. Esta historia tendría que haber terminado antes de cubrir un siglo. Enemigos y vecinos distantes, se regocijaban. Y hoy es claro para quien lo quiera ver que ese golpe buscaba allanar el camino de la nueva oleada de reformas neoliberales que desmantelan la nación y al autoritarismo mafioso que desangra al país (Ayotzinapa no es ajena a esta historia).

Pero he aquí que, aunque una mayoría se dobló increíblemente, casi 20 mil electricistas y miles de jubilados y sus familias decidieron resistir, y lo han hecho durante cinco años en un ejemplo de dignidad. No es retórica. Trabajadores de buenos ingresos y condiciones laborales sobreviviendo de la solidaridad, de vender todo lo imaginable en la calle, de autorganizarse para producir, de chambear en lo que sea para aguantar. Y todas las formas de lucha. Manifestaciones multitudinarias, mítines aquí y allá, bloqueo de centros de trabajo, huelgas de hambre y violencia y cárcel; pero también el SME, en esas condiciones, dando solidaridad, brindando sus instalaciones, siendo eje de convergencias sociales unitarias contra el neoliberalismo.

Hoy, el SME está en las filas del clamor nacional e internacional por la presentación con vida de los normalistas de Ayotzinapa, por que se haga justicia en todos los órdenes del país. Es la base de una nueva iniciativa de recomposición del sindicalismo independiente mexicano que es la Nueva Central de Trabajadores, que aspira, además, a organizar a la gran mayoría de no organizados, desempleados, subcontratados, precarizados. Asimismo, por si fuera poco y a despecho de sus enemigos y muchos de los que deberían ser sus amigos, el SME está consiguiendo una salida digna del conflicto. Al final la resistencia paga.

Lejos de desaparecer, el mejor homenaje para el SME al cumplir un siglo de existencia es no sólo haberlo cumplido, sino sobre todo que el SME tiene todavía mucha historia que escribir.