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Costumbre

A

lbert Einstein: el mundo es un lugar peligroso en que vivir, no por la gente que hace el mal, sino por la gente que no hace algo al respecto.

Los políticos elevaron las alertas aquí y en Europa ante amenazas de más atentados terroristas después de lo de París, anunciaron nuevas iniciativas para lo que llaman las ciberguerras (como si las guerras físicas no fueran suficiente, ahora hay virtuales) y advirtieron de posibles enfrentamientos militares contra Rusia, Irán, Corea del Norte, entre otros países, y todo esto se acepta como normal. Ya acostumbraron a todos a vivir con el temor constante de enemigos que están dedicados a destruir todo lo bueno: la democracia, la libertad y los valores.

A la vez, estos mismos políticos continúan ordenando bombardeos a aldeas en Afganistán, Irak y Siria, mientras drones siguen generando pavor cotidiano en Pakistán, Yemen y algunos países africanos al cruzar los cielos desde donde de repente hacen llover la muerte. Nadie pregunta cuántos caricaturistas y periodistas perecieron ahí, ni qué implica esto para la liberté, fraternité et egalité. Ya acostumbraron a todos a vivir con esas guerras.

Ya acostumbraron a todos a entender que sus gobiernos están dispuestos a resolver las cosas con la barbaridad más primitiva del mundo. Mientras tanto, estos mismos gobernantes exigen que opositores a todo esto, víctimas de la violencia oficial aquí y allá, no usen la violencia. Vale recordar que uno de los grandes proponentes de la no violencia, el reverendo Martin Luther King, Jr., denunció en medio de otra guerra, hace medio siglo, que él ya no podía pedir a jóvenes aquí no recurrir a la violencia sin primero condenar al mayor provedor de violencia en el mundo: mi propio gobierno.

Aun con continuas revelaciones de que el gobierno torturó, o que espió masivamente a su pueblo, o que violó libertades civiles y derechos humanos, o sea, todo lo que dice que está defendiendo, y a pesar de expresiones de protesta e ira contra esta violencia oficial dentro y fuera del país, el repudio a esta normalidad aún no es suficientemente masivo.

La amnesia es ingrediente esencial para este tipo de anestesia.

Por ejemplo, se acaba de proclamar un cambio en la política hacia Cuba, afirmando que las medidas impuestas durante más de medio siglo no han brindado resultados, pero ningún funcionario u otros integrantes de la cúpula –incluso los grandes medios– ofreció detalles de lo que fue desde 1960 una serie de atentados terroristas, complots de asesinato, estrangulamiento económico e invasiones.

Y así con Medio Oriente, donde cada noticia sobre las ofensivas, ataques y crisis casi nunca es acompañada del contexto histórico (por eso uno agradece tanto a un periodista como Robert Fisk). Muy pocos recuerdan cuántas invasiones previas, complots de la CIA, asesinatos y derrocamientos fueron impulsados por éste y otros gobiernos. Ni cuántas atrocidades se cometieron a lo largo de las invasiones recientes.

Y vamos para atrás. Vietnam, con el millón de vietnamitas que fueron muertos, junto con 58 mil estadunidenses, y mucho menos las rebeliones contra esa guerra, no sólo en casa, sino entre los soldados. Barbara Dudley, quien fue abogada defensora de soldados estadunidenses que se amotinaron o desertaron, cuenta que la guerra se terminó en parte por la desmoralización y hartazgo entre las tropas, con un creciente número de incidentes donde los soldados empezaron a voltear y matar a sus propios oficiales, pero eso está ausente de toda versión oficial de esa historia.

Y aún más atrás. El 6 de agosto de 1945, Washington dio una orden y 100 mil civiles perecieron de inmediato mientras otros 100 mil morirían en los días y meses siguientes al estallar una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. El gobierno afirmaría que era un objetivo militar, pero 95 por ciento de las bajas fueron civiles. La bomba estalló sobre un hospital en el centro de la ciudad. Es hasta hoy día el único acto de uso de armas de destrucción masiva en la historia. Después se confesó que todos sabían que Japón estaba por rendirse sin ese ataque.

Hasta los orígenes del país están bañados de sangre y engaño. Tal como cuenta Hermann Bellinghausen en su reseña de un nuevo libro sobre una historia de Estados Unidos desde la perspectiva indígena en Ojarasca/La Jornada, la historia insoportable y negada de dos siglos de aniquilación de esos pueblos sobre los cuales fue fundado este país es hoy día un pasado inconfesable que es relegado, a propósito, al olvido en la memoria nacional.

Este es un país donde pocos desean recordar, y donde casi nadie cuenta a nuevas generaciones las dimensiones de actos tan atroces que aún hoy día es difícil comprenderlos y mucho menos asumirlos. No es que el pueblo fue consultado, ni fue su decisión hacer todo esto; de hecho, casi siempre la opinión pública se opone, al inicio, a las guerras y por lo tanto la cúpula tiene que buscar, a través de técnicas de relaciones publicas y propaganda, establecer las condiciones para hacer todo esto. Para acostumbrar a todos a esto.

Por ejemplo, hoy la amenaza de un atentado terrorista se promueve como el peligro más inminente, a pesar de que un estadunidense corre 9 veces más el riesgo de ser ultimado por un policía que por un terrorista, y 2 mil 59 veces más por su propia mano con una arma de fuego, reportó TomDispatch. Hay más de 300 millones de armas de fuego en manos privadas en este país, las cuales se emplean cada día para matar, en promedio, a 32 estadunidenses y herir a otros 140 reporta el Brady Campaign to Prevent Gun Violence. Pero aparentemente eso no es asunto de seguridad nacional.

Todo esto está a la vista si es que alguien desea verlo. Pero tal vez la ceguera es voluntaria, y tal vez uno simplemente no puede aguantar saber de tanto horror. Para que lo inaguantable no sea tolerable, para que no se reduzca al así es, lo más urgente es desacostumbrarse a todo esto.