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Relativismo de la violencia
L

a violencia no tiene fronteras. No las tiene en cuanto a las ideologías que se defienden, tampoco en cuanto a las religiones que se profesan. ¡Vaya, que se mata en nombre de Dios!, el que sea, desde hace siglos y hasta hoy mismo. Por supuesto que la violencia no conoce fronteras en lo que hace a la política y los intereses económicos. En ocasiones se constriñe a un cierto espacio, en otras, como ahora, cunde por toda la geografía y con manifestaciones de todo tipo. La violencia puede justificarse por cualquier medio, así de cómodo se ha vuelto.

Nadie, repito, nadie puede pretender un entendimiento cabal de los procesos actuales de la violencia. Situémonos, para circunscribir el asunto, en lo que ocurre tan sólo desde los ataques en París de hace apenas unos días: periodistas, ciudadanos de origen judío, policías y atacantes muertos y luego, sigue más violencia. Bruselas ya sucedió.

Lo que se puede hacer para pensar todo esto es sólo una labor de pespunte y, así, armar un escenario e intentar alguna comprensión para adoptar una postura desde la distancia que se tenga, siempre incompleta, con respecto a los hechos. Lo que tenemos es una serie de aproximaciones y, por supuesto, que unas son más lúcidas, más informadas, más coherentes, aunque siempre insuficientes. Otras, y no precisamente, las menos, son chillonas e inútiles para contribuir a una mejor comprensión de lo que pasa. Esto no es cuestión de meras opiniones –no todas son respetables–, o de preferencias particulares, requiere ir mucho más allá para no trivializar.

Contamos con pedazos de información y con análisis parciales. No puede ser de otra manera. Pretender tener un conocimiento completo y claridad sobre los fenómenos sociales y políticos es fatuo. El orden, la jerarquía y la articulación que les damos a los hechos y los trozos de entendimiento no es irrelevante, al contrario, es un elemento esencial.

Se puede ser todo lo antiimperialista que se quiera, todo lo nacionalista que se pueda, también, se puede ser de izquierda o de derecha con los matices que haya disponibles y construir interpretaciones y agendas individuales o colectivas. Igualmente se puede ser todo lo antisemita que se quiera, todo lo anti musulmán o cualquier anti que quepa, que opciones no faltan. Total que siempre el otro es el que tiene la culpa. Y, ¿qué se hace con todo eso? La cuestión no puede ser irrelevante o se convierte en maniqueísmo barato.

Todo eso contribuye muchas veces a alimentar eso mismo que se dice tratar de combatir; provoca más antagonismos y más violencia. Entonces ¿cómo plantear alternativas posibles? Tal cuestión es la materia diaria de la existencia social. El poder es una fenómeno real y también los son sus expresiones políticas.

Algunos dicen que las cosas son como son, pero siendo eso cierto, no se resuelve con la pasividad o con valemadrismo. Eso no deja fuera la voluntad, pero la cuestión es cómo la configuramos y la usamos. En estos asuntos las sumas y restas no son de índole aritmética. Ésta es la materia de la historia y de sus repeticiones, como tragedia y como farsa, según advirtió Marx. Puede ser un choque de civilizaciones o, de modo más centrado tal vez, un choque de fundamentalismos que es, finalmente, muy explosivo.

Las secuelas de los ataques de París eran esperables. Cómo serán y qué consecuencias tendrán es un asunto abierto y es, admitámoslo, potencialmente espantoso. Los estados recurren cada vez más a la fuerza armada: ejército y policía. La tendencia que se va marcando marcha hacia un mayor control y dominación y más restricciones de las mismas libertades que se dice defender. Todos estamos expuestos. Los episodios de violencia y la manera en que se expresa desde que empezó el siglo XXI ponen al descubierto los mecanismos del poder, antiguos o nuevos o, debemos decir, de los poderes, que los hay de todos tipos.

Pero París es un punto en el horizonte de la violencia. Se ha señalado ya y con razón que en la geografía de la violencia unos hechos se anteponen a otros como si fuesen más relevantes. Y me refiero a nuestro propio caso, el de México y el terror que se ha establecido en los últimos años y del que sólo conocemos la punta. Miles, cuántos no lo sabemos, de muertos y desaparecidos, una descomposición social profunda que en ciertas regiones es ya una forma de vida para sus pobladores. Todo eso y los emblemáticos 43 desaparecidos de Ayotzinapa no son sólo una estadística. Y dónde está la profunda indignación moral por el caso. ¿Unos muertos son más condenables que otros, se les puede llorar más que a otros? Pues así parece y esa es parte de la hipocresía reinante.

La globalización de la violencia, la manera como la concebimos, la relevancia que le asignamos y el mismo significado de la muerte son hechos muy desiguales. Las fobias que alimentamos son parte del mismo fenómeno. Savater lo dice de modo lúcido al plantear la fobia a las fobias. Hay un relativismo del terror que acaba siendo parte misma de la violencia reinante.