Opinión
Ver día anteriorViernes 6 de febrero de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Desamparo original
C

onvulsa y confundida, Cuajimalpa se hermana a Ayotzinapa y tiembla de espanto ante los movimientos de las largas lenguas de fuego que iluminaron la miseria. Volcanes de humo que salían del Hospital Materno Infantil y se mezclaban entre las nubes negras de un cielo encapotado por la contaminación. Un olor a hierro que se tuerce y penetraba el habitual olor a gas y mierda, entre ladridos, gritos, gruñidos, carreras y chillidos.

El incendio, vía desorganización, resultó abortivo. Cuajimalpa y su hospital y Ayotzinapa, zona minada, a punto de explotar, expulsó a alguno de sus hijos que murieron despedazados e incinerados y a otros heridos, sin sus humildes viviendas. Más que solidaridad, culpa e indicios de vergüenza por la visión televisiva de lo inenarrable. La intensidad de la tragedia confronta con una población miserable, que vive donde puede, donde cabe y a veces donde no cabe. Los sentimientos de culpa nos integraron nuevamente en la derrota, en la pérdida.

El drama de Cuajimalpa no fue un accidente aislado: es repetición de nuestra depresión nacional. Ante la imposibilidad de elaborar el duelo de antiguas pérdidas, lo hacemos traumáticamente, expresión de nuestra patología social: nuevas pérdidas, cada vez más dramáticas, síntomas de nuestro aislamiento y escisión.

El resplandor de las llamas descubrió las zonas pobres de Cuajimalpa, que escondemos con negación social. El encuentro con este grupo de mexicanos traumatizados es posibilidad de reparar y elaborar duelos que permitan procesos afectivos diferentes: solidaridad.

Ayotzinapa y Cuajimalpa tragedia a partir de una pérdida irrecuperable. Símbolo de imposibilidad, ilocalizable e inasible. Abismo madre e hijo, inaccesible, irremediablemente ajeno. Memoria gris de otra vida que nunca rompe la barrera. Circula el aire inmóvil que cuenta su historia abierta en dos historias: una de las cuales estará en la sombra, inmóvil frente a la represión. Secreto que separa lo conocido de lo desconocido. Inconsciente freudiano, promotor de lo irracional, lo alucinado, la invención angustiosa, inconectable con lo representable, al igual que la muerte.

Escritura interna, inconsciente, irracionalidad y desamparo original. Fantasma inconsciente de signos múltiples y significados diversos que van de acuerdo con los escenarios móviles de la vida y son transcripciones y reordenamientos, traducciones, enlaces falsos y repeticiones, jeroglíficos a descifrar: Ayotzinapa y Cuajimalpa, en la temporalidad del inconsciente, basada en el rastreo de los orígenes interminables, sin origen que diría Jacques Derrida. Palabras siempre lejanas para ese fuego sonoro, incolorido, subterráneo de segundos, que se pliega en espacios inimaginables, redes de pensamientos inatrapables, visiones fragmentadas inarticulables, metáforas de lo invisible, que la palabra delirante descubre y trata de integrar.